Dolarización o Desnacionalización del dinero

Javier Milei inició su mandato con una fuerte devaluación, que está empujando al alza la inflación, y proyectó casi 100% en los próximos tres meses. ¿Es el objetivo provocar una hiperinflación para implantar una dolarización? ¿Se convertirá Argentina en un satélite de una potencia extranjera con la pérdida irreversible de su soberanía?

Por Hugo Ferullo*

La manera más usual de funcionamiento de un sistema monetario moderno se resume en el lema: un Estado-Nación, una moneda. Dicho de manera muy esquemática, el sistema funciona de la siguiente manera: dentro de los límites de su espacio nacional, el Estado define una unidad de medida para todos los intercambios económicos posibles, y lo hace a través de la creación de su propio dinero adoptado como “unidad de cuenta”. Así, de la misma manera que se usa el kilogramo para medir el peso de cualquier cosa, lo que un Estado adopta como dinero (peso, dólar, yen, etc.) servirá como medida de todas las transacciones económicas en el espacio bajo su control, lo que equivale a declarar que con este dinero se puede aquí comprar y vender cualquier cosa; de allí la denominación de “dinero de alto poder” o “dinero soberano”. Con este fin, el Estado emite una moneda (o un billete), al que denomina en la unidad de cuenta ya definida, y lo hace a través de su agente financiero: el Banco Central (o la Reserva Federal, el Banco de Inglaterra, etc.). El Estado gasta después esta moneda en bienes y servicios que les proveen quienes acepten recibirla como medio de pago de la transacción, cosa que se espera que ocurra por distintas razones: porque el dinero soberano tiene un valor intrínseco, como el oro o un papel convertible en algo de valor “metálico”(lo que no es el caso del dinero actual, puramente “fiduciario”, convencional o “nominalista”), o porque tiene “curso legal” (esta “obligatoriedad” de aceptación es prácticamente imposible de hacerla cumplir), o porque despierta “confianza”, o simplemente porque el Estado se compromete a recibirla, a su vez, como medio de pago de lo que él mismo impone a los ciudadanos nacionales: impuestos, multas, tasas, etc. De esta manera, el Estado puede financiar parte de sus gastos con una “deuda” (todo dinero es una deuda de alguien) gratuita, no remunerada, potestad que en la jerga financiera se conoce como “señoreaje” (por supuesto que también puede el Estado endeudarse pagando una tasa de interés, cosa que hace cuando vende “bonos” y “títulos” a través de su agente financiero).

Todo esto dicho, la dolarización de una economía nacional se define como la adopción por parte de una Nación del dinero soberano de otra: una Nación diferente de los Estados Unidos de América adopta al dólar como dinero “propio”, lo que equivale a decir que la Nación pierde el señoreaje o, más precisamente, cambia de Señor.

Dolarizar una economía equivale a dejar virtualmente al Estado sin espacio de política económica a su alcance, puesto que los instrumentos de estas políticas están íntimamente relacionados con la existencia de un dinero soberano cuya emisión es monopolizada por el gobierno. Esto ocurre no sólo con la política monetaria (que se apoya en el señoreaje), sino también con la política fiscal (que se origina en una deuda pública remunerada), la política cambiaria (que regula el precio de la moneda en términos de la divisa internacional) y la política industrial (asociada habitualmente a créditos subsidiados).

“La dolarización de una economía nacional se define como la adopción por parte de una Nación del dinero soberano de otra: una Nación diferente de los Estados Unidos de América adopta al dólar como dinero “propio”, lo que equivale a decir que la Nación pierde el señoreaje o, más precisamente, cambia de Señor.”
 

La “desnacionalización del dinero” ha sido defendida con argumentos teóricos por autores como Frederick Hayek, promotor del dinero “privado” en las economías modernas de mercado. Para este autor, el “orden espontáneo” al que toda sociedad moderna tiene que aspirar sólo se logra respetando a rajatabla las señales económicas que surgen del funcionamiento sin trabas de los mercados, lo que significa que los Estados tienen que abstenerse absolutamente de interferir en la vida económica de una Nación a través de la planificación de políticas económicas de cualquier tipo. Lo que Hayek predica es que nadie puede arrogarse el conocimiento de todos los resortes de una economía de mercado compleja, donde la información extremadamente variada solo puede ser procesada de manera eficiente por el mecanismo evolutivo que conduce a la sociedad de mercado. Pero, más allá de estas consideraciones teóricas un tanto exóticas, todos los casos de dolarización conocidos obedecen a cuestiones prácticas, relacionadas con las dificultades que una moneda nacional encuentra para cumplir con las funciones básicas que una economía moderna asigna al dinero: unidad de cuenta, instrumento que agiliza el intercambio, instrumento de pago de deudas y depósito de valor.

En el caso de Panamá aparece una clara relación de la dolarización con cuestiones geopolíticas de interés norteamericano; en el resto de los casos, lo que se observa es un proceso inflacionario agudo que corroe el poder adquisitivo de la moneda nacional, lo que impide el cumplimiento adecuado de sus funciones (sobre todo la de servir de depósito de valor). Pero la decisión de dolarizar una economía en estas condiciones no resuelve, como puede verse en todos los casos, los problemas económicos más profundos que causan la inflación. Como reza el título de un artículo reciente sobre el tema, “la inflación es conflicto”, lo que significa que se trata de un fenómeno estructural de estas economías periféricas, donde la situación social dista mucho de estar “en equilibrio”. Nada sustituye, en ninguna Nación, a un buen gobierno; y un buen gobierno actúa siempre con responsabilidad fiscal; pero esto no significa “equilibrio fiscal”, como repiten muchos economistas sin ningún fundamento: las grandes economías nacionales actuales, empezando por USA, tienen importantes déficits fiscales. Además, la economía mundial está todavía hoy sufriendo los coletazos de la enorme crisis financiera ocasionada por más de cuatro décadas de financiarización creciente, apoyada en la creación de una gigantesca masa de “dinero privado” que se mostró ser, de pronto, una descomunal pila de “papeles tóxicos” que nadie quería aceptar, dando lugar a la enorme crisis financiera global iniciada en EEUU en 2007.

Proponer en este momento crítico una dolarización es colocarse en la vereda opuesta de lo que el mundo económico está debatiendo hoy: cómo salir de la crisis sistémica de nuestra economía globalizada en la que desembocó la desregulación y el retiro creciente del Estado. En el caso argentino, la propuesta de dolarización resulta tan exótica que el propio Instituto Internacional de Finanzas (la consultora global más influyente en el mundo de las finanzas internacionales, formada por más de 400 entidades financieras de 60 países) señaló, en un reciente informe, que ¡no es una dolarización de la economía argentina lo que el “mercado” se propone apoyar!

*Doctor en Economía. Docente e investigador UNT.

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