«Haciendo lo que hay que hacer»

Por Aldo Ternavasio – Revista Link! n°27, julio 2017

 

A lo largo de los últimos 18 meses el gobierno nacional tomó medidas que sorprenden por su carácter cruel. El castigo a los más indefensos se ha tornado una práctica cotidiana. Dos casos recientes se encuentran entre los más significativos. La eliminación de miles de pensiones por discapacidad y el requerimiento realizado por ANSSES que obligaba a viudas de avanzada edad a presentar nuevamente la documentación de la pensión bajo amenaza de perder el beneficio. En ambos casos produjeron tal irritación social que obligaron al gobierno a dar marcha atrás, aunque no siempre completamente. No obstante, quizás sea prudente no reducir estos hechos a la pura contingencia del error, el exceso o la mera insensibilidad y reflexionar sobre la lógica social afirmativa que subyace en ellos y que hace que la ideología neoliberal sea posible. Ya el ambivalente eslogan de la presente etapa de la gestión macrista da que pensar: «Haciendo lo que hay que hacer». Condensa eficazmente dos ideologemas de la construcción mediática de Cambiemos: eficacia profesional y un cruel pragmatismo mafioso. Un lado visible de transparencia y eficiencia y un lado oculto, obsceno, que no repara en medios para alcanzar los fines que se fija. ¿Qué mecanismos permiten que esta combinación avance más allá de la hipocresía y el cinismo y se transforme en el espejo bondadoso en el que se miran amablemente millones de argentinos? ¿Qué subjetividades produce el neoliberalismo y cuáles lo permiten? Es difícil saberlo. Pero sin lugar a dudas, en todo esto se juega buena parte del ominoso experimento antropológico que el capitalismo tardío parece estar decidido a llevar hasta el final cueste lo que cueste.

Pocas veces como en estos últimos dos años ha sido tan claro hasta qué punto las disputas por el poder político se dirimen tanto en los pequeños dramas del mundo de la vida cotidiana como en la esfera específica de la gestión estatal o en las confrontaciones cuerpo a cuerpo de las luchas callejeras. Es decir, pocas veces ha sido tan claro cómo el poder circula como un flujo viral mutante que se implanta en cualquier forma de vida impregnando la experiencia subjetiva con una multiplicidad de tonalidades afectivas que lo replican. El neoliberalismo no puede ser abordado solamente como un doctrina económica y política. Es necesario reparar en las tecnologías antropogénicas en la que estas políticas se sostienen y en la reingeniería social a la que aspiran. No se puede pensar el neoliberalismo sólo como un conjunto de intereses económicos desatendiendo la idea de humanidad a la que tiende. No se trata entonces de confrontar solamente con ciertas políticas económicas determinadas. Es necesario también enfrentar la potencia antropogénica que detentan. En suma, quizá sea necesario invertir el orden de la crítica ideológica clásica y pensar la economía política como la ideología de las formas culturales neoliberales. Y un primer paso para ello consiste en escuchar en toda su amplitud semántica el prefijo bio en esas palabras tan frecuentes en la teoría contemporánea, biopolítica y biopoder. En este bios es imprescindible que no se pierda el sentido de la vida en general -tal como ocurre con la palabra griega de la que deriva-, y que este sentido no sea asimilado a la concepción científica específicamente moderna de la biología. El problema biopolítico es el problema de las formas de vida no el de la biología de los cuerpos y por ello, es un problema fundamentalmente antropológico. Biopolítica no equivale a somatopolítica. Biopoder sería entonces, ante todo, el poder de cautivar a la vida.
En este sentido, el discurso del (bio)poder se especializó en ocupar los lugares sociales de enunciación en relación a los cuales una multitud de individuos puede reconocerse como una comunidad dada que, no obstante, siempre es imaginaria. Para el biopoder, ya no se trata de persuadir sino de oficiar como la voz de una comunidad de pares que viene a confirmar las fantasías «escénicas» con la que un segmento de individuos se representa lo social. De esta manera, el discurso del biopoder se presenta menos como un conjunto de enunciados que como el conjunto de gestos. Gestos que estima que su interlocutor espera y que apuntan a consolidar una imagen de sí mismo. Con ello, el destinatario de las performances del biopoder consigue validar sus vivencias subjetivas. El éxito del biopoder depende más de su capacidad de validar subjetividades que de legitimar políticas. Apela a un efecto puramente performativo y poco importa el contenido político referencial de esos gestos.
Un claro y tragicómico ejemplo de esto es la práctica macrista del timbreo. Es evidente que nadie puede tomarse en serio el efecto directo de ella. Sin embargo, su eficacia no reside en que haya quienes realmente creen en su sinceridad. Sino en que viene a confirmar que «existe» una comunidad que cree que sus vidas deberían ser valiosas para sus dirigentes puesto que estos últimos se toman el trabajo de montar la escena, por más falsa que ésta sea, en consonancia con lo que los integrantes de aquella comunidad imaginaria habrían deseado. El timbreo confirma así no la sinceridad de los dirigentes sino el derecho de los timbreados a creer que sus vidas son importantes puesto que hay muchos otros que también creen lo mismo que ellos. El timbreo reconforta a quienes de ese modo sienten que no están solos soportando la angustia de la insignificancia porque tienen en común con muchos otros ese sentimiento. Sienten que sus vidas poseen un valor que de todos modos se hunde en la insignificancia porque no es reconocido. El timbreo les permite entregarse libremente al sentimiento de insignificancia puesto que existe esa comunidad de los «muchos otros» a los que también les ocurre lo mismo y que valida la sensación íntima -pero no verificada por la realidad-, del valor de sus vidas. No los libra de la insignificancia salvo por el hecho de que los incluye en una comunidad de los que experimentan esa misma insignificancia. Pero de lo que sí los libra, reencausándola, es de la culpa de sentirse insignificantes, de la culpa de desear que sus propias vidas sean valiosas y no poder darse a sí mismos ese valor. Cruel consuelo: alivia sólo en la medida en que preserva intacta la angustia que lo invoca.
Las tecnologías de la subjetivación que hoy despliega el biopoder no consisten en persuadir sino en liberar a los individuos de sus responsabilidades subjetivas y, por tanto, no necesita proponerles políticas verosímilmente beneficiosas sino en garantizarles esa liberación. Y es por esto que se tratan de tecnologías de la afectividad. Para estas tecnologías es vital poder detectar en cada gesto de la vida diaria, en cada intercambio subjetivo, en cada alegría o en cada malestar las formas que asume el costo de la responsabilidad subjetiva de sostener un deseo, una forma de vida, una pasión, un resentimiento. Es este saber lo que le permite al semiocapital diseñar intimidades de síntesis sobre la base de afectos que encontrarían un fundamento objetivo en los artefactos comunitarios imaginarios comunicacionalmente efectuados. Son estas intimidades sintéticas materializadas en gestos comunicacionales las que toman el lugar del sujeto y eximen al individuo de su responsabilidad subjetiva. «En todo estás vos» afirma el eslogan de la CABA. En todo, principalmente, porque que ya no debes estar en ti.
El discurso del marketing político se concibe a sí mismo como una suerte neurofarmacología inmaterial que elude el engorroso problema del sujeto. Su principal fantasía ideológica es dar a luz una subjetividad sin sujeto. Eugenesia subjetiva. Y si se permite esta fantasía es, fundamentalmente, porque puede. Se trata de un complejo de saberes y tecnologías actuando conjuntamente. Una mezcla de ciencias sociales, Big Data, medios de comunicación y redes sociales. No debe sorprender entonces que en torno a un Duran Barba haya un Alejandro Rozitchner, un Facundo Mannes y un call center con un ejército trolls comandado por el Jefe de Gabinete.
La contracara de esto es, desde luego, la escalada de violencia física e institucional que atraviesa transversalmente todos los planos de las relaciones sociales. Aumento generalizado de la desigualdad, de la coerción física, de la represión policial, de la vulnerabilidad jurídica, de la reclusión, y de la pérdida formal y fáctica de derechos básicos. Y por supuesto, en paralelo a esta escalada proliferan también las figuras ideológicas en sus formas más clásicas. Las letanías apenas verosímiles sobre las dolorosas pero necesarias decisiones que exige el sinceramiento de la economía y la recuperación del camino del crecimiento y el bienestar general. Y la sorprendente sugerencia sotto voce de que quienes toman las decisiones, por más erradas que sean, lo hacen «convencidos» de que son las correctas. Estos discursos no hacen más que encubrir el verdadero sostén ideológico que incesantemente reproduce el neoliberalismo: ninguna vida, por el mero hecho de estar viva, goza de ningún derecho y, por tanto, ninguna vida es portadora por sí misma de valor alguno. El valor de la vida en el régimen neoliberal es un bien que se posee y acumula como cualquier otro. Es valiosa la vida que se impuso sobre otra y, por tanto, la que se ganó su valor. Y también, por tanto, el daño a aquellas vidas remanentes, vencidas, agotadas o doblegadas no constituye sacrificio alguno. Así, la ideología, al mismo tiempo que naturaliza una forma de reparto de la riqueza debe restituir a la economía la dimensión del sacrificio humano. Y lo hace ocultando dos cosas. En primer lugar, oculta lo que es obvio a todas luces, que aquello en nombre de lo que se sacrifican vidas humanas no es otra cosa que una discrecional e imaginaria «objetividad económica» que calladamente demanda ahora su dosis de carne social de la misma manera que antes, estridentemente, los dioses paganos demandaban su cuota de carne humana. En segundo lugar, la antropología meritocrática oculta que las supuestas diferencias de mérito son concebidas como diferencias de naturaleza aun cuando se las muestra como si fueran de grado. El mérito, en última instancia, en el régimen neoliberal no mide el derecho a las recompensas sino el derecho a la propiedad de la humanidad que se le reconoce a alguien.
Este doble ocultamiento ofrece una ganancia ideológica también doble: por un lado, el costo de las políticas económicas adopta la forma te(cn)ocrática de un holocausto y con ello un paradójico rostro humano, por otro lado, la creencia en la objetividad económica libera de responsabilidad subjetiva tanto a los que toman las decisiones como a los que «acompañan» esas políticas. Sin embargo, lo importante aquí es poder observar que esto es posible sólo cuando las doctrinas neoliberales del valor meritocrático de la vida se han constituido en la forma espontánea de ver la realidad. La forma del holocausto económico, como profecía autocumplida, viene a confirmar la autopercepción del valor meritocrático de la propia vida. Por tanto, el ataque a los sectores más desprotegidos de la sociedad, desde los radicalmente excluidos pasando por los indigentes, los beneficiarios de planes sociales, los jubilados de bajos recursos, los desocupados, los enfermos pobres, los asalariados, los estudiantes, etc., es vivida por una cantidad importante de argentinos como un acto de humanitaria sensibilidad que les irradia una inesperada satisfacción subjetiva. Un paradójico y temible plusvalor humanista emerge de la política que separa lo humano de lo no humano, lo sacrificable de lo no sacrificable. El derecho a arbitrar cuales vidas son dignas de ser vividas y cuáles no, cuales vidas son vulnerables y a cuáles se las puede herir sin producir daño tiene el efecto performativo de producir el valor meritocrático de la vida. Para quienes se sienten interpelados por las ideologías neoliberales, no se trata de aceptar los beneficios de las difíciles decisiones político económicas, sino de sustraer la humanidad de las vidas abandonadas y de esa manera, en esa sustracción, restituir la lógica del sacrificio. Al percibir esa sustracción como un acto de sacrificio que obliga a borrar la humanidad del otro, se puede gozar de un plusvalor de humanismo. Un plusvalor del que el sujeto del neoliberalismo se apropia gracias al trabajo de deshumanización realizado por el “inmeritorio” otro. La ideología concilia el borramiento del valor de la vida con un sentimiento de humanidad que se restituye al percibirla a ésta como la portadora de la sacralidad del mérito que los perdedores han profanado. Educar en este goce es una de las claves de las estrategias políticas del complejo mediático-cultural neoliberal.
En las decisiones políticas que el macrismo pretende presentar como decisiones puramente técnicas no siempre se juega una racionalidad económica que ha fallado en calcular el costo comunicacional de esta o aquella medida. Ver en ellas solamente un acto de fría insensibilidad, de escaso cálculo social o incluso de inveterada imbecilidad, es negarse a ver hasta qué punto tales medidas tienen la capacidad de dar a luz una sociabilidad nueva en la que la crueldad ya no requiere ni de la indolencia ni del cinismo porque se transcodifica en tiempo real en candorosas figuras de una autosatisfecha bondad. Evidentemente, lo real siempre impone un límite. No obstante, aún es necesario averiguar qué políticas son capaces de enfrentar a este leviatán antropológico neoliberal y a su complejo mediático-cultural.