¿Qué pasó con el “que se vayan todos”? Cuando “lo personal” se desvanece ante “lo mismo”.

Por Juan Serra*

 

La impactante y novedosa consigna “que se vayan todos” en aquel diciembre del 2001 expresaba más bronca que salida posible. Fue tan cierto que no todos se fueron como que no todos se quedaron. Digamos que, durante la primera década posterior a esa crisis con gran resistencia popular, el partido entre los que se fueron y los que se quedaron terminó en empate. Pero acercándonos al tiempo de hoy, la resurrección piadosa sacó de las catacumbas a varios huidos que volvieron a inclinar la balanza hacia el bando de los dinosaurios, con el debido respeto para aquellos gigantes que sí decidieron irse para siempre.
Si hacemos un ejercicio visceral comparativo, con el estómago, claro, y nos olvidamos de las personas y lo personal, lo que realmente no se fue desde aquel 2001 es el desconcierto, o la incapacidad, o lo demasiado burocrático, o la falta de acuerdos sustentables, o los internismos y súper-egos, o los poderosos condicionamientos, o la enorme capacidad para hablar en nombre de otros, o simplemente el desinterés de los sucesivos gobiernos para hacer que cada vez más argentinos vivan mejor. Todo lo contrario. Y no me refiero a un gobierno sí y otro no, que sin dudas los hay diferentes, sino a la sumatoria, que es lo verdaderamente importante en el mediano tiempo histórico humano (considerando la vida promedio de una persona como referencia) para saber si estamos adelante o atrás de la línea de largada.
Si tomamos las estadísticas macro (PBI, Coeficiente de Gini) o micro (precio del pan o de la carne comparada con el salario promedio), o los índices sociales de pobreza, indigencia y desempleo, coincidiremos en que no hay mucho para aplaudir. Y si nos metemos con el ambiente o con la confesión íntima del “sentimiento de desamparo” de muchísimos compatriotas, seguramente nos dará tristeza por tantas consignas gritadas y oportunidades desperdiciadas. Solo nos salva para la historia la enorme capacidad de lucha y resistencia manifestada en aquel momento por el pueblo.

¿Será hora de preguntarnos por qué no arrancamos?

La actual vicepresidenta habló de la disfuncionalidad de los funcionarios. “No funcionan” dijo. ¿Y por qué será que no funcionan? O ¿cómo deberían funcionar para que funcionen? O bien, ¿cómo y quiénes deberían evaluar el funcionamiento?
La primera pregunta parece más sencilla que la segunda, y bien podrían tantas universidades e institutos del conocimiento acercarnos alguna respuesta que nos tranquilice. ¿Será por ahí donde habrá que buscarlas? ¿Por otro lado tal vez? ¿Por dónde? ¿Cómo es que a un alumno de primaria se lo aplaza cuando no sabe y a un alto funcionario no?
Volvamos a pensar en la consigna “que se vayan todos”
– Siguen llegando los que luego se van porque no funcionan: Bien, que se vayan.
– Siguen estando los que se quedan funcionando mal: ¿qué hacemos?
– Siguen estando los que vienen sin cajas de herramientas (o con herramientas viejas) y sin conocimientos, y no pueden reparar nada: ¿quién los trajo? ¿para qué vinieron?
– Seguimos estando todos nosotros que subimos y bajamos de las tribunas puteando permanentemente en tono mudo porque ninguno de los DT parece escucharnos, y entonces no damos en la tecla sobre “qué hacer” más allá de votar cada dos o cuatro años.
– Como síntesis: la consigna “que se vayan todos” no funcionó.

Busquemos otra consigna

Intentemos una consigna por la positiva y sin personalizar. Tal vez: “cambiemos todo”.
Cambiemos todo pero de a poco, no todo a la vez, en un plazo medio de 50 años, proponiéndonos en principio cambiar una o dos cosas, estableciendo como punto de partida un piso de mínima igualdad, y luego cambiar desde abajo hacia arriba, desde los más pequeños en edad (educación) y desde los que menos tienen (economía).
Nos ocupemos (la palabra ocuparse es muy importante) como primer paso, en un mínimo piso de igualdad a través de un ingreso básico universal donde todos, especialmente los ocho millones de trabajadores informales, ya nazcan “con una herencia digna reparatoria”, para decirlo de alguna manera que nos haga reflexionar el por qué algunos nacen con herencias y otros desheredados.

Otra forma de educar para producir de otra forma

La nueva educación y la desconcentración en la producción de los insumos básicos para la vida cotidiana (alimentos, vestimenta, vivienda, salud, energía, recreación) serían los dos temas prioritarios a enfocar con perspectiva de mediano y largo plazo, vinculándolos de tal forma que la educación para la vida cotidiana tenga a la creación de “autonomía en el pensar y el hacer productivo” la base de apoyo para las otras asignaturas: “educar para reproducir y defender la vida con autonomía”. Si no cambiamos la educación desde la niñez los que vendrán cuando otros se vayan, tendrán otro rostro y otro nombre pero harán exactamente lo mismo, simplemente porque fueron educados para lo mismo: ser ricos y exitosos lo más rápido posible, compitiendo del modo más eficiente posible. Una nueva educación de la solidaridad y el cuidado es factible aprovechando lo que ocurre con la actual pandemia y las posibles por venir.
Sin desconcentrar la producción de alimentos no hay salida virtuosa posible. Ya tenemos demasiados ejemplos durante muchos años de que esa es la mejor manera de golpear a los gobiernos y a la sociedad. A partir de desconcentrar aumentando la cantidad de productores posiblemente vayamos mejorando las prácticas y las personas que, luego en las diferentes actividades y profesiones, se encargarán de la economía, la justicia, el dictado de leyes, el cuidado del medio ambiente, la salud, etc. Cansa por lo repetitivo y obvio decir que si diez empresas controlan la producción y comercialización de los insumos básicos también controlan la vida de todos.

Coraje, un condimento necesario

No es fácil, claro, y hace falta coraje, no tanto como el de San Martín o Perón, pero un poco más del que vemos a diario en nuestros representantes. Se necesitan más dirigentes “que quieran pasar a la historia”, que sueñen con una estatua que no sea removida cada cuatro años.
¿Será ese el camino? Nadie puede asegurar si este es el camino virtuoso. Seguramente hay otros, pero se trata de iniciar algo que sea diferente, transformador, no repetitivo, con otras lógicas o, como parece ya no recordamos, que haga efectiva la tan mentada actualización doctrinaria.
Y si algo se tiene que ir, que se vayan todas las viejas ideas y propuestas que fracasan permanentemente, que se vayan los reiterados intentos de esperar crecer y derramar, que se vaya el modelo educativo que no educa para un buen vivir, que se vaya la producción en pocas manos, que se vaya el Estado regulador y aparezca el Estado transformador.

 

*Ex Coordinador NOA del INTI. Escritor y periodista. Integrante del Instituto de Producción Popular.