DECEO, o sobre un jacobino devenir-perezoso

 

Primera parte de una breve introducción a una filosofía política silvestre.

 

por Aldo Ternavasio

 

Comienzo con el pie izquierdo. Se me podría objetar que un devenir no es algo que se elije. No es una app. En un devenir no es uno el que se transforma en otro. Ni viceversa. Ni ambos simultáneamente. Aunque se siente que esta última opción nos acerca un poco al punto. Un devenir es algo parecido. En cualquier caso, un devenir se presenta. Se lo puede impedir pero no se lo puede elegir. Aquí un primer rasgo político suyo.

Se presenta porque un devenir es una forma de deseo, no algo que se desea. Y más. Es su forma elemental. El deseo, tal como es producido por las máquinas que nos producen también a nosotros, es siempre deseo de algo (¡tienta llamarlo deceo!). En un devenir se presenta una suerte de autohackeo espontáneo de esas máquinas y el deseo escapa de su proletarización civilizatoria compulsiva. ¡El deseo mismo es máquina! Se emancipa de su subordinación al organismo industrial productivista. Adviene a su forma más elemental, producir por producir. Deseo de lo común, sin atributos.
Vemos por qué se siente cierta vecindad entre el arte y un devenir. Aunque este sentimiento nunca es ajeno a su recíproco: el arte pierde también la especificidad de la figura social con la que lo experimentamos a diario. Se torna también algo común, cualquier cosa. Producir por producir. Aquí, un segundo rasgo político de un devenir.

Devenir, es decir, el deseo hackeado por el propio deseo. El deseo fugado de las relaciones verticales entre sujetos y objetos desplegado como un mero medio ondulatorio que conforma entonces un plano horizontal. Chato. Allí, sujeto y objetos insisten pero como inmanencias inespecificas. Como si el mundo fuese tejido al crochet por el deseo con deseo. En Tucumán el mundo es deseo-randa. El deseo, en suma, como avatar distributivo de tensiones superficiales estadísticas. Traza un plano de inmanencia entre ellos –el par sujeto-objeto–, un plano contingente en el que todo sucede como si sujetos y objetos fuesen otros tantos atributos posibles de una sustancia deseo. El deseo fabrica patrones expansivos de ondulaciones sobre su superficie plana.

Esos patrones son extremadamente heterogéneos e intrincados. Si queremos simplificarlo hasta lo idílico, podemos ver en esos patrones el efecto de una piedra liza rebotando tangencialmente sobre sobre la superficie-deseo. El hacer ‘sapito’ de las intensidades puras. Pero como en toda imagen simple, hay esta condición: es justo una imagen y no una imagen justa. No hay piedra ni nadie lanzándola. Son proyecciones de la superficie inmanente del deseo sobre los estratos verticales y trascendentes de las estructuras. Proyectiles inmanentes. En Tucumán, naranjazos. Aquí un tercer rasgo político.

Suficiente para mantenernos ocupados un buen tiempo.

Si yo pudiera elegir un devenir… Es verdad que no puedo, pero no porque no lo elija sino porque al quererlo ya estoy tomado en él. Si yo pudiera elegir un devenir, lo mio sería devenir-perezoso. ¡Porque ya lo es! En un devenir-perezoso, yo entro en un devenir-animal pero no sin que el animal entre a un devenir…, ¿qué? Devenir lo único no humano de un humano: revolucionario. No hay para mí un devenir-perezoso sin un devenir-jacobino del perezoso. Entrar a un devenir-animal, con cualquier animal, no es posible sin un devenir-extinto del animal. Es lo que justifica que digamos que ambos somos especies. Un extinguirse de las clases en todos los niveles. Es lo mismo. Sin lugar para romanticismos.
Un devenir-papel del tigre para un devenir-tigre del papel. Del papel moneda. Un devenir-gato para la revolución no sin un devenir-ratón para el gato. Lo que nos deja en este punto. La revolución china como un devenir-capital del modo de producción asiático. Pero también, no sin un devenir-chino del modo de producción capitalista.
Ninguna forma (o quizás ningún Kata, como nos enseñaron los JJOO de Tokyo 2020 en 2021) de ningún milenario arte marcial chino se inspira en el perezoso. Tal vez el Tai Chi Chuan un poco: un perezoso, quizás, más algunos genes de Bruce Lee. En el mundo Shaolin se prefieren los tigres, los monos, las serpientes o las grullas. Incluso los ebrios. Devenir-perezoso para que el perezoso entre a un devenir-jacobino: que la guillotina caiga sin fatiga entre la cabeza-objeto y el cuerpo-sujeto de nuestro CEO planetario. Descabezar la corona ontologica del mando capitalista del mundo. Jun Fujita Hirose, en un reciente y hermoso libro* lo dice con exactitud, «imponer un límite absoluto al capitalismo». En su libro, Jun nos arroja al pensamiento político de Deleuze y Guattari desplegándolo con una precisión ninja y una hospitalidad insurreccional. Nuestra revolución pragmática comienza con una fe de erratas por los últimos 2 o 3 siglos. Donde decía ‘deseo’ debía decir ‘deceo’. Mientras reescribimos, el perezoso mastica al dragón vegetal y al tigre de papel que lleva en sus fauces.

 

(*) Jun Fujita Hirose (2021), ¿Cómo imponer un límite absoluto al capital? BsAs: Tinta Limón