Ir hacia algo. (El pueblo que falta)

Por Adriana Gil

“De modo que quitando de Roma la causa de los tumultos, se quitaba también la de su engrandecimiento”.

 Maquiavelo

“La revolución consiste en amar a un hombre que no existe aún, es decir amar ese hombre que está por llegar, a ese hombre, que estamos esperando”.

Albert Camus

Una de las características que el neoliberalismo pone en juego cíclicamente con feroz cinismo es aquella que refiere a las temporalidades: el presente nunca nos pertenece, el futuro está siempre demasiado desplazado, inalcanzable. El proyecto histórico del capital sumerge a las subjetividades en planos donde nunca se termina de pagar (la deuda siempre se renueva) y el mérito no alcanza, nunca alcanza para merecer la promesa de felicidad. Nuestras esferas de realidad más básicas, aquellas que hacen a una vida digna, asumen en el presente, ajuste salvaje mediante como el actual, las formas abyectas de lo postergado, de la carestía cada vez más agobiante. Pero a la vez, el impacto propinado es de tan acelerada brutalidad que el presente que estamos atravesando los argentinos nos da miedo, pero el futuro, pánico.

Si, como señala Bifo Berardi, el futuro es una categoría cultural de suerte que múltiples instancias intervienen, el mileísmo no hace más que saturar nuestro imaginario con promesas que no tardan en convertirse en oscuras y violentas amenazas. En ese ¿horizonte? se avizoran nuestras cada vez más degradadas condiciones de existencia.   

De esto da cuenta el discurso neoliberal libertario que para su retorcida gubernamentalidad encuentra en Thatcher una fuente inagotable de inspiración: “La economía es el método, el objetivo es el alma”. Nada nuevo, solo la inédita velocidad de destrucción. El dispositivo opera en la lógica de una doble acumulación: por un lado, un sistema de violenta extracción de valor se asegura un flujo monetario incesante, pero a diferencia de esas abstracciones inasibles del capital, aquello que se extrae proviene de la normalización de una micropolítica de la barbarie que detrás de los números del déficit cero arroja a seres vivos al sufrimiento, la enfermedad y la muerte.

¿Usted cree que la gente entiende? 

Milei afirma que la aceptación del autosacrificio significa que la “gente entiende”, “la ve”; él ha dicho la verdad del ajuste y eso es lo importante. Lo cierto es que a una enorme mayoría ha empezado a correrle un frío por la espalda al ver cuan inalcanzables se vuelven las cosas más básicas, las que contenían con más o menos preocupaciones, la subsistencia de la vida familiar. Quienes no aceptan esto, son los que “no entienden” en opinión del gobierno.

Aquí surge un punto crucial de lo que va este articulo: una cada vez más extensa mayoría no se resigna a ser gobernada bajo estas condiciones. No está dispuesta al sometimiento de unas políticas que sólo pueden asegurarle la mortificación constante y el empeoramiento de su calidad de vida. El cacerolazo nocturno inmediatamente después de la noticia del DNU fue un levantamiento espontáneo, desorganizado, pero fue un grito para decir ¡No! Así, no queremos que nos gobiernen. Esa chispa atropellada fue, sin embargo, una llamarada de esperanza para millones de personas, una comunión en la que reconocernos resistentes, un impulso a esa potencia interior que rechaza la previsibilidad de la historia y del poder.

Ese acto contestatario de diciembre se puede decir que abrió un horizonte de posibilidades todavía informes, fluctuantes, todavía sin dirección, pero que ha despertado un deseo que se fortalece especialmente en su potencia colectiva; aquello que me ensombrece y me agobia no me voltea porque puedo sostenerme en un entusiasmo y una fuerza compartidos.

En un hermosísimo libro de Georges Didi Huberman, Desear desobedecer. Lo que nos levanta, reseñado por Fernando Castro Florez, el autor comienza preguntándose qué es lo que nos levanta, y va a decir que lo que nos lleva al levantamiento, a la rebelión, a la sublevación, al gesto de contestación es, por un lado, “la fuerza de nuestras memorias cuando arden con las de nuestros deseos y que lo específico del acto político contestatario es su extraordinaria conciencia crítica”. Poder decir No en el derecho a protestar supone un acto crítico que no es intempestivo, ni inconsciente, mucho menos infantil o alocado. Un acto crítico que debe ser deseado. Es la emergencia de un ejercicio de libertad y de defensa en contra de las injusticias y de la tiranía. Son cada vez más los que se están preguntando en este tiempo cómo resistir y qué hacer frente a un poder que intenta subordinar corriendo cada vez más los límites democráticos.

La refundación pretendida es entonces arrinconar el derecho a la protesta y resignificarla en el imaginario como un elemento de subversión del orden y la paz social. La cita con la que inicia este texto proviene de un pequeño libro que Maquiavelo escribió en su estudio de la grandeza de Roma, Discursos sobre la primera década de Tito Livio; señala que Roma fue lo que fue justamente por la capacidad del pueblo de hacer revueltas y tumultos y así oponerse a la opresión. Lejos de asociar el conflicto a la degradación democrática y republicana, es la potencia popular de la contestación, del levantamiento, de la sublevación la que puede enderezar, por su propio conocimiento político, el curso hacia leyes más justas.

Muchos nos preguntamos cómo resistir en una atmósfera crecientemente sofocante; la memoria de las calles nos trae esperanza, y a esa historia de luchas, innumerables, triunfantes o fracasadas es a lo que nos aferramos. Didi Huberman en una bella frase afirma que la esperanza no tiene el poder de finalizar, pero tiene el poder de ir hacia algo. Algo cuya composición tal vez aun desconozcamos, cuya fuerza creadora todavía no podamos dimensionar.

¿Existe algo que podamos hacer?

A Félix Guattari (a Deleuze también) le preguntaron en Brasil por qué viajaba tanto, que qué buscaba y respondió con la frase de Paul Klee: “Ando buscando el pueblo que falta, sí, el pueblo que falta, porque se podría hacer la revolución, pero no hay pueblo que la haga. Lo que voy buscando es un pueblo desterritorializado, capaz de iniciar un proceso de transformación cognitiva, sensorial, sexual, política y por eso voy a Brasil, a Palestina (…) En este momento, ese pueblo no puede ser ni el proletariado ni el mito de la autonomía nada de esto puede responder a la llamada. (…)  Pero sí creo que existe un pueblo múltiple, un pueblo de mutantes, un pueblo de potencialidades que se encarnan en hechos sociales, literarios, artísticos, musicales. Me suelen acusar de exagerado, de idiota, de estúpidamente optimista, de no ver la miseria de los pueblos, la estupidez de la gente, bueno, podríamos verla, pero también veo otra cosa. Pienso que estamos en un periodo de productividad, de proliferación, de creación de revoluciones que llevarán a la emergencia de un pueblo que todavía no existe.”  

Nos preguntamos, estamos a la espera, de señales, de manifestaciones políticas, de una orientación a posibles salidas; aquello en lo que deseamos reconocernos, sin embargo, es inagotable porque lo político es parte ineludible de nuestra propia potencia. Existen innumerables acciones que no nos son ajenas, la imaginación es fuente de nuevas composiciones colectivas, comunitarias, solidarias que reconfortan y animan.

Para lo que aun falte, para lo que esté por llegar, habrá que buscar micro acontecimientos de resistencia, de contestación que abran el horizonte, que nos permitan defender una existencia sustentable y digna, aunque por ahora no sea nada más o nada menos, que un pensamiento común y esperanzador.

Foto: Guadalupe Lombardo/ Bernardino Avila. Imágenes de la protesta contra la Ley Omnibus frente al Congreso, diciembre 2023.

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