Transformar la cocina en una fábrica. Propuesta socio-educativa.

Por Juan Serra* 

“La educación no cambia al mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo”. Paulo Freire
De eso se trata. De buscar los caminos educativos que pueden cambiar a las personas.

 

 

 

Diagnóstico 1

Compartimos el diagnóstico de que la Modernidad Occidental Capitalista es depredadora de la Naturaleza, de lo vivo, de lo no vivo y, sobre todo, de la especie humana.
Que las acciones de los humanos han pasado a ser el principal factor destructor de La Madre Tierra, y solo los humanos pueden cambiar el curso de la historia. Podrán hacerlo si apuestan a otro Modo de Vida, a otro horizonte de futuro, a otra forma de buscar la felicidad.
Desde hace décadas los Pueblos y los Gobiernos proponen y ensayan medidas para mejorar la calidad de vida de más gente y para detener la destrucción del Planeta pero no se han obtenido buenos resultados. En algunos casos, todo lo contrario.
Propuestas como la del Estado Benefactor, la obtención de más derechos, el aumento de la producción-ingreso-consumo, las mejoras tecnológicas y de comunicación, las nuevas formas de gobierno o mejoras en la Democracia, la extensión y el mayor acceso a la educación pública o privada, la concreción de alianzas y acuerdos regionales, etc., no han resultado sostenibles en el tiempo y, en muchos casos, no lograron desentrañar ni hacer visibles las verdaderas causas que impiden avanzar en una sociedad con trabajo digno para todos y una mayor responsabilidad en el cuidado del medio ambiente. Más allá de las buenas intenciones y propuestas, es claro que algo está faltando hacer. Pasan los años y se repite un círculo vicioso difícil de penetrar porque aquellos que llegan a la gestión pública con capacidades de decisión quedan atrapados en una burocracia cómoda, lejana de los problemas cotidianos, insensible y, por lo tanto, sin propuestas transformadoras.

Diagnóstico 2

Ponemos en duda que el cambio hacia una nueva forma de pensar e imaginar otro futuro dependa de un buen discurso, un ejercicio intelectual, un intercambio de ideas, o una propuesta bien intencionada desde arriba hacia abajo. Incluso los gobiernos populares, que abrieron ventanas de posibilidades que saludamos y apoyamos, no lo lograron. Se mejoran los modelos de ayuda y asistencia, se proponen y llevan adelante normas de control para paliar los daños o evitar una mayor concentración económica, pero la subjetividad de las mayorías permanece intacta: en su imaginario siguen aspirando a ser ricos, a ser los triunfadores del modelo de sociedad que los oprime. Y la educación en todos sus niveles tiende a fortalecer ese paradigma, con el agravante de que los sectores más empobrecidos ya no le encuentran ningún beneficio a la educación, al contrario, la ven como una obligación que molesta y cuesta.
Seguimos atascados, al decir de Paulo Freire, en “la educación bancaria”, donde se deposita en los educandos, sin distingo de clase social, los valores que consolidan un modo de vida injusto y competitivo. Nos cuesta acertar en el diagnóstico crítico y en la propuesta transformadora de cómo y para qué educar.

Dar vuelta la cabeza. Pensar desde otro lado y de otra manera

Está claro que para que otro mundo sea posible debe haber otra forma de pensar al mundo. Y para pensar de otra forma tenemos que hacer de otra forma, relacionarnos con la producción y el consumo de otra forma, donde el fin sea proteger y reproducir la vida en general y la vida de cada uno en particular, y no la competencia-eficiencia-productividad-progreso al margen y en detrimento de la vida misma. Más bien creemos que el cambio depende de una actitud, una voluntad y un hacer en el presente cotidiano que pueda ir construyendo otro sujeto con otra racionalidad. Este “nuevo hacer cotidiano” debe ser “otro modo de hacer”, distinto al actual, que pueda ir modificando nuestro modo de sentir, de actuar, de pensar y de soñar. Un hacer que vaya “modelando un sujeto para otro modo de vida”
¿Qué se requiere entonces? ¿Qué es lo que falta? ¿Cómo retomamos las enseñanzas y reflexiones de Paula Freire para adecuarlas a la realidad de hoy? ¿Cómo hacer de la Pedagogía una tecnología actualizada para que los oprimidos dejen de serlo? ¿Cómo se piensa y elabora esa tecnología? ¿Desde dónde? ¿Desde qué lugar? ¿Con qué maestros? ¿Con qué programa? ¿Cómo debería ser “el aula” donde se pueda contrarrestar con espíritu crítico las enseñanzas casi religiosas del mercado y los medios hegemónicos de comunicación? ¿Cómo disfrutar de pequeñas utopías hechas realidad al final del día? ¿Cómo podemos re significar “las tareas para la casa”, dando un sentido más amplio y acogedor a la casa, una vinculación práctica a las tareas, la posibilidad de compartir niños y abuelos, y una desmitificación de que hay tareas que solo pueden hacer las mujeres?

La Pedagogía del Hacer

Proponemos “la pedagogía del hacer”. Del “saber hacer”. Una Pedagogía que trabaje sobre la micro-política cotidiana de la familia o la comunidad. Una Pedagogía donde el aula sea la cocina y el objetivo principal convertirla en una fábrica que transforme al sujeto mientras transforma/fabrica/produce una parte importante de los insumos básicos necesarios para la vida cotidiana. No se trata de una única pedagogía, sino de una entre otras que puedan abordar el educar y el hacer al mismo tiempo.

La cocina como fábrica

La cocina como fábrica abre las puertas para transformar la casa en una escuela y el barrio en un parque de producción popular.
Al fin y al cabo gran parte de las grandes fábricas son grandes cocinas. La mayoría de los procesos como lavado, selección, cocción, evaporación, mezcla, triturado, filtrado, extracción, molido, deshidratado, etc. solo cambian de escala entre una cocina y una fábrica. Es más, la tecnología de electrodomésticos y todo tipo de pequeñas y medianas máquinas que ofrece el mercado hace imperceptible la barrera en cuanto a posibilidades de realizar procesos de transformación. Y no solo en lo que se refiere a la transformación y producción de alimentos, sino también a productos de limpieza, productos medicinales, productos de cuidado, aditivos, desinfectantes, pinturas y otra enorme variedad de insumos que complementan actividades productivas diversas que la producción capitalista concentrada fue transformando en complejos y misteriosos procesos.
La cocina como fábrica permite educar en el propio territorio, sin tanta burocracia ni traslados innecesarios. Posibilita tomar consciencia que es posible pasar de la micro política de la resistencia a la micro política de la transformación corriendo el velo que encierran los productos ofrecidos por la sociedad de consumo.

Politizar la cocina y el hogar

No deberíamos estar muy equivocados si decimos que el primer acto político de la especie humana fue juntarse para ver cómo se alimentaban, para ver cómo conseguir alimentos y seguir viviendo.
Politizar la cocina con el hacer, usando nuestro cuerpo, nuestros sentidos y nuestra mente, ayuda a recuperar y revalorizar la fuerza de trabajo propia al servicio de la vida familiar y comunitaria.
No se trata de aplicar un Manual, sino transitar un camino de construcción colectiva con la participación de todas las edades y todos los géneros. Una hoja de ruta para detener el horizonte de futuro que nos muestran los dueños del mundo, donde todo debe estar robotizado: los robots mecánicos produciendo, los robots de la big data y el algoritmo financiero haciendo dinero del dinero, y los robots humanos consumiendo lo necesario y lo innecesario.
La cocina como fábrica puede hacer visible y sensible, en el propio cuerpo, que es posible dar vuelta la inhumana idea de que el robot mecánico sabe hacer de todo y el humano robotizado ya no sabe, no puede, no debe y no quiere hacer nada.
Todas las asignaturas, todas las historias, todas las geografías, todas las anécdotas, todos los saberes de todos los lugares y todos los tiempos pueden ponerse en juego durante el hacer en la cocina-fábrica. El fuego, la energía, el hervor, el aroma, el sabor, el color nos abren la posibilidad de los más fantásticos relatos convertidos en realidad. Las características físicas y químicas de la materia que están en juego pueden combinarse con la biología, la antropología, la filosofía, etc. También podemos adentrarnos en el espíritu de las cosas, el hacer con amor y pasión, el reconocer que el capitalismo también se reproduce a través de lo que comemos y de cómo hacemos lo que comemos: el modo de vida entra por la boca, se difunde por todo el cuerpo y va derecho al cerebro.

 

Recuperar la capacidad de relacionar

Es cuestión entonces de recuperar la capacidad de relacionar las cosas concretas y tangibles y dar rienda suelta a la curiosidad, la imaginación y la creación. Volver a unir lo que la modernidad ha desunido: el conocimiento con el saber hacer, el individuo con la Comunidad y todos juntos con la Naturaleza. Recuperar el equilibrio de lo complementario para acoplar lo que se ha desacoplado. Demostrar en la práctica concreta que no es posible seguir considerando al conocimiento fracturado en disciplinas aisladas o especializaciones con pretensión de totalidad. El corazón, el cerebro y los intestinos, precisamente donde se procesa lo que comemos, constituyen un solo sistema vital. Volver a conectarnos con las cosas, la familia, la casa, el barrio, el universo.

Dignificar la rebeldía

También se trata de dignificar la rebeldía.
El uso de nuestra fuerza de trabajo para el hacer cotidiano nos vuelve dignos y rebeldes. Rebeldes por el solo hecho de querer una mejor vida, y dignos porque pasamos del decir al hacer. La dignidad está en el hacer responsable que deja atrás la queja y el discurso.
La cocina como fábrica le da sentido de utilidad cotidiana a la “rebeldía digna”.
Y la rebeldía digna es capaz de construir poder popular, paso imprescindible para lograr una sociedad de iguales. Construir autonomía en el hacer, pasar poder desde los hacedores de siempre a la cocina y a la casa propia, poner en cuestión qué es el poder y cómo es que se lo gana o se lo pierde, volverlo cercano, tangible, posible, acumulable. Disfrutar de la poderosa emoción de sentirse creador de lo que ayer parecía imposible, lejano, opresor.
Al “dejar de hacer” el cerebro humano entra en un estado de atrofia donde se pierde auto estima, autonomía, solidaridad, creatividad, disciplina, capacidad de asociación, de reflexión, de compartir con otros, de educar y transmitir conocimientos y saberes, etc. Se atrofia el cerebro y el cuerpo, y ambos van armando un sistema de vida vulnerable donde ya no saben defenderse de las amenazas externas, sean imperios humanos o imperios de virus como el Covi-19. Se degrada lo precisamente humano que costó millones de años construir. Como nos dice Paulo Freire: “se pierde la esperanza”.

Desatar el nudo de lo complejo

Con un huevo y una taza de aceite podemos hacer en quince minutos una rica y saludable mayonesa. Sin embargo compramos algo que se le parece, que contiene catorce productos entre aditivos y conservantes, que viaja 1200 km de distancia en un recipiente plástico derivado del petróleo, que ha pasado por varias manos, rutas, ciudades, océanos en algunos casos, etc., etc. Con un pan de jabón blanco podemos hacer jabón líquido para lavarropas, jabón de tocador, champú y detergente; y todo en media hora. Podemos extraer los componentes activos de las plantas medicinales y transformarlos en insumos para el cuidado de la salud. Podemos hacer todo tipo de harinas, aditivos, infusiones, cosméticos, pinturas, desinfectantes, etc. Y así con muchos productos de uso cotidiano. ¿Cómo es que algo tan simple se convirtió en algo tan complejo, misterioso y costoso? ¿Cómo es que compramos o consumimos tanto lío? ¿No será posible desentrañar esos misterios y recuperar la simplicidad? ¿De dónde salieron y quienes inventaron tantos relatos vendidos como palabra santa? ¿Cómo es que todo los que nos ofrece el Universo, lo que nos ofrece La Pacha, los saberes de tantos hermanos y hermanas de todo el mundo han sido secuestrados por unos cuantos? ¿No será tiempo de buscar la Pedagogía del “también yo puedo” porque nada es de nadie y todo es de todos?
Sabemos que las oportunidades se multiplican a medida que se toman, por eso bien vale el intento de dar vuelta la cabeza, mirar y hacer desde otro lado, y convocar a todas las Instituciones del conocimiento, Sistema Educativo, Universidades, Conicet, INTI, INTA, Agricultura Familiar, MIncyt, etc., para desarrollar tecnologías específicas que fortalezcan la cocina como fábrica y la casa como Escuela.

Una tecnología a ras del piso

Pensar y hacer en esa dirección es una oportunidad para incorporarnos a un “diálogo tecnológico solidario” con otros saberes de los llamados “no científicos” y poder focalizarnos en los más humildes, en forma directa en sus propios hábitats.
Decimos focalizarnos en forma directa porque los actuales programas del sistema científico técnico apuntan más a lo macro que a lo micro-cotidiano. Apuntan a que el desarrollo tecnológico actué como derrame generando trabajo y oportunidades que muy pocas veces llegan a los “oprimidos”. Y no se trata de dejar de hacer lo que se está haciendo, sino hacer, además, “otra cosa”, porque el tan criticado concepto de “derrame” está encubierto cuando se produce ciencia y transferencia de tecnologías a las empresas para que luego ellas “derramen generando trabajo”.
Se trata de intentar, en algún lugar donde trabajan los equipos de las ciencias blandas y de las ciencias duras, preguntarnos cómo hacer para poner “la ciencia a ras del piso”. Cómo aprovechar los valiosos recursos humanos y tecnológicos para que la pobreza no siga siendo una variable independiente del desarrollo y el crecimiento económico.
La cocina como fábrica puede complementar el “derrame” del capital y la voluntad de los capitalistas que deciden donde, como y cuando invertir. La cocina puede ser el “empuje” necesario desde abajo hacia arriba tironeado por la fuerza de trabajo popular.
La mínima organización necesaria para producir en la cocina abre una ventana para otras estructuras organizativas comunitarias que rompan la relación individuo Estado que obtura la aparición de instituciones organizativas de intermediación, participación y desarrollo de liderazgos. De alguna manera el Estado Paternalista colabora en el deterioro de la empatía, la responsabilidad, el compromiso y la valorización de la fuerza de trabajo propia. Más aún, en esta etapa neoliberal-moderna usa a los pobres sin trabajo como puente-pasa mano para transferir recursos hacia los grupos concentrados de poder.
Por último, que mejor lugar para aplicar normas básicas de protección ambiental a partir del punto cero donde se producen los residuos domiciliarios, inculcando desde un principio que la producción es un sistema que incluye el uso y disposición final de los residuos.

Lo simple no deja de ser importante

Transformar la cocina en fábrica no propone abandonar las diferentes estrategias de lucha y resistencia que se llevan adelante para que cada vez más gente viva mejor, propone incorporar una forma novedosa, una forma “otra”, donde la disputa al Mercado todopoderoso y la revalorización del sujeto pueda plantearse de manera sutil, pensante, posible, práctica, conversando entre pares mientras se hace, y con resultados concretos y necesarios para la vida cotidiana, que pueden ser valorizados como triunfos en medio de tantos combates desiguales.
Un ejército de cocinas-fábricas puede cambiar el sentido violento de los enfrentamientos y apostar a un pacifismo práctico, vivencial, capaz de tematizar, pensar y elaborar nuevas estrategias a partir de lo que previamente se ha experimentado.
Sobre todo se trata de una propuesta simple para resolver de otra manera el tema de las necesidades, donde cuente la voluntad propia y no solo las leyes impuestas desde afuera.
Y para que volvamos a considerar que lo simple no es despreciable ni de menor valía.

*Ex Coordinador NOA del INTI. Escritor y periodista. Integrante del Instituto de Producción Popular.

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