El lenguaje es un virus del espacio exterior. IA e ingeniería biogenerativa

Por Aldo Ternavasio
Descubrí esta frase en mi adolescencia por un disco y luego una película que marcaron profundamente mis decisiones existenciales inmediatamente posteriores. Fue a causa de una canción de Laurie Anderson que se llama Language Is a Virus. Se encuentra en Home of the Brave (1986), una película realizada por la gran artista norteamericana sobre la base de su monumental performance musical United States (1983). No obstante, me llegó primero la banda sonora de la película que, extrañamente, tuvo edición nacional en vinilo con el mismo nombre. El disco mismo era como el vector que nos contagió el virus de un lenguaje exterior: no se parecía a nada que no fuera la misma Laurie Anderson.
Si no recuerdo mal, Language Is a Virus abría el lado B del LP y citaba a William Burroughs, una figura también fascinante, rodeada de un halo de oscuridad que, en cierto sentido, está en las antípodas de Anderson. Pero todo esto viene a cuento de una información que se conoció hace unos días sobre —como no podía ser de otra manera— otro logro relacionado con la inteligencia artificial. Un logro que, si no es profundamente inquietante, al menos debería resultarnos todo lo movilizador que una verdadera crítica de las formas de vida contemporáneas necesita para ponerse en marcha.
Hace unos días, la revista Science (ver) publicó la versión revisada por pares de una investigación realizada por científicos de Stanford y el Arc Institute cuyos primeros resultados se habían dado a conocer el año pasado. Utilizando Evo, una familia de modelos de lenguaje entrenados con secuencias genéticas, produjeron miles de posibles variantes de un pequeño bacteriófago llamado ΦX174. De esos diseños seleccionaron un grupo mucho menor, consiguieron sintetizar 285 genomas y los sometieron a una prueba bastante elemental: comprobar si eran capaces de hacer aquello que hace un virus. Dieciséis lo consiguieron.
Conviene precisar qué significa esto antes de imaginar cualquier cosa. Los bacteriófagos son virus que infectan bacterias. No estamos frente a una inteligencia artificial que haya inventado por sí sola un organismo complejo ni, mucho menos, ante una máquina capaz de fabricar materialmente aquello que genera. Entre la secuencia producida por el modelo y el virus hay investigadores, sintetizadores de ADN, cultivos bacterianos, laboratorios y una enorme cantidad de trabajo. Nada de esto vuelve menos extraño lo ocurrido.
Evo pertenece a una familia reciente de modelos de lenguaje genómico. Allí donde un modelo como ChatGPT aprende regularidades entre secuencias lingüísticas, Evo aprende regularidades entre secuencias de nucleótidos. A, C, G y T constituyen buena parte de su alfabeto. Podríamos decir, recurriendo a una expresión ya célebre, que se trata de un loro genetista estocástico. La descripción no sería falsa. Pero nuevamente habría que preguntarse qué queda oculto cuando suponemos que haber descrito el mecanismo equivale a haber explicado aquello que puede hacer.
Los genomas utilizados para entrenar a Evo no son una colección cualquiera de secuencias. Cada uno de ellos es también la huella provisoria de una historia material. Mutaciones, recombinaciones, encuentros entre organismos, restricciones químicas, ambientes, catástrofes y procesos de selección fueron componiendo durante millones de años las formas que llegaron hasta nosotros. El modelo no necesita saber qué es una proteína, un organismo o la selección natural para que algo de esa historia permanezca inscripto en las relaciones estadísticas que aprende. Ciertamente, no aprende la evolución. Aprende de sus restos o, mejor dicho, de las correlaciones entre esos restos. Correlaciones que, una vez aprendidas, pueden volverse generativas.
A partir de esas regularidades, Evo produce nuevas secuencias. La enorme mayoría no supera las pruebas posteriores. Algunas, sin embargo, pueden ser sintetizadas e introducidas en condiciones en las que comienzan a comportarse como virus: infectan bacterias y se reproducen. En ese momento la secuencia abandona el espacio de las probabilidades y debe negociar con la materia. O funciona o no funciona. Dieciséis funcionaron.
Tal vez convenga llamar a esto, al menos provisoriamente, selección natural artificial. No porque la selección natural haya sido sustituida por una máquina, sino porque entre dos momentos de esa selección se ha introducido una nueva instancia capaz de producir variaciones. La historia evolutiva genera los organismos cuyos genomas entrenan al modelo; el modelo genera otras combinaciones; la materia vuelve a decidir cuáles pueden continuar.
La ingeniería genética alteró hace mucho este circuito. Pero la inteligencia generativa introduce una diferencia importante: el ingeniero ya no necesita imaginar previamente cada una de las formas que después intentará realizar. Puede construir una máquina capaz de explorar un espacio de posibilidades configurado por millones de regularidades que ningún individuo podría dominar.
La agencia comienza entonces a repartirse de otra manera. No tendría demasiado sentido afirmar que Evo “inventó” esos virus. Tampoco parece suficiente decir que fueron simplemente diseñados por los científicos que realizaron el experimento. Entre unos y otros intervienen millones de genomas, una historia evolutiva, arquitecturas computacionales, decisiones experimentales, sintetizadores de ADN, bacterias y condiciones bioquímicas que finalmente permiten o impiden que una determinada secuencia continúe.
Quizá por eso, junto a la expresión inteligencia generativa, comienza a resultar imaginable otra: ingeniería biogenerativa. No para anunciar una nueva disciplina, sino para señalar un desplazamiento. La ingeniería genética interviene sobre lo viviente. Una ingeniería biogenerativa podría, además, aprender de las formas producidas por la historia de la vida para devolver ese aprendizaje bajo la forma de nuevas variaciones.
No sabemos todavía qué alcance tendrá este procedimiento. Puede encontrarse con límites que hoy no vemos o abrir líneas de desarrollo difíciles de anticipar. Sería igualmente ingenuo suponer que conocemos de antemano sus beneficios o sus peligros. Lo único que parece posible afirmar por ahora es más modesto: una nueva serie causal acaba de incorporarse a aquella antigua relación entre azar y necesidad mediante la cual solemos pensar los procesos vitales.

Y es aquí donde aquella vieja frase vuelve transformada.
Burroughs no utilizaba la palabra virus solamente para decir que el lenguaje se propaga. La palabra era para él algo capaz de instalarse en el cuerpo, reproducirse, modificarlo y escapar a la voluntad de quien habla. Laurie Anderson tomó esa intuición y la convirtió en música, voz procesada, tecnología y cuerpo. En Language Is a Virus, además, el lenguaje aparece como aquello que siempre puede desviarse de una intención: ser entendido de otra manera, confundirse con una performance, convertirse en ruido, grabación o instrucción.
Cuarenta años después, esa vieja metáfora adquirió una literalidad inesperada. Un modelo de lenguaje puede aprender regularidades de secuencias genéticas y producir nuevas combinaciones que, una vez sintetizadas, son sometidas a la prueba de la materia.
El lenguaje es un virus del espacio exterior, decía Burroughs. Su literatura nos presenta un oscuro viaje hacia la exterioridad del lenguaje y hacia la paranoia de un delirante tecnocontrol. Laurie Anderson cambió de registro. Hizo una canción con la frase de Burroughs para inocularle a la tecnología el virus del arte. De esa manera creó una película y un disco llenos de agudas ironías destinadas a iluminar esas regiones de la tecnología que nunca dejan de ser demasiado humanas.
Exactamente cuarenta años después, una máquina aprendió un lenguaje hecho de cuatro letras y escribió con ellas las instrucciones genéticas de nuevos virus. Si es cierto que el lenguaje es un virus del espacio exterior, tal vez no sea menos cierto que un virus es el lenguaje del espacio exterior. Un lenguaje que, al parecer, no podemos dejar de hablar sin siquiera saber que lo hacemos.
A fin de cuentas, la frase de Burroughs tal vez constate una sola cosa: la inteligencia es una enfermedad autoinmune que no deja de inventar sus propios tratamientos. Necesitamos pensar políticas capaces de lidiar con esa condición.
