Spinoza en la oscuridad de Milei

Afectos, derrota y resistencia: apuntes para pensar cómo enfrentar a la ultraderecha argentina desde Spinoza y la melancolía de izquierda.

Por Adriana Gil

No hay variables que nos resulten suficientes para explicar el ascenso de la ultraderecha en Argentina y en el mundo, y su persistencia.  En última instancia, se trata, de la dinámica y las transmutaciones de la dominación. El gobierno de Milei expresa una profunda e impactante transformación de los afectos políticos, de las formas de experimentar la frustración social y de los modos en que los individuos construyen sentido mientras son mediados subjetivamente por los experimentos neoliberales recurrentes y las crisis que producen. Es necesario comprender porque necesitamos encontrar los modos para enfrentar la amenaza del gobierno actual. Me interesaba traer una lectura de Spinoza no como caja de herramientas sino como un pensador que desde la propia oscuridad del barroco pudo pensar las ataduras afectivas que nos siguen sometiendo en las variantes actuales de la explotación. Las batallas se repiten porque la explotación que, hoy apenas se nombra, no cesa de golpear.

En este escenario, las reflexiones de la española Ariane Aviñó en su ponencia El efecto Spinoza: Sobre la servidumbre y las que el historiador Enzo Traverso desarrolla en sus infatigables escritos y charlas sobre la melancolía de izquierda ofrecen valiosas miradas para interpretar el presente.

Aunque proceden de tradiciones teóricas diferentes, ambas perspectivas convergen, con matices, en una pregunta fundamental: ¿por qué amplios sectores sociales adhieren a proyectos políticos que profundizan las condiciones que generan su malestar? Y, al mismo tiempo, ¿cómo es posible pensar y construir formas de resistencia cuando las viejas promesas emancipatorias parecen haberse convertido en una pieza vintage? Por encima de todo, son pensamientos que confluyen en que una acción política que pueda tener efectos, afinque ineludiblemente en la imaginación, la audacia y en una veta afectiva que la potencie.

Ariane Aviñó recupera el pensamiento de Baruch Spinoza para analizar las relaciones entre afectos, poder y dominación. Retoma las lecturas contemporáneas de Gilles Deleuze, Toni Negri y Frédéric Lordon sobre aquello ineludible en Spinoza que es la potencia de su pensamiento para comprender las dinámicas políticas del capitalismo actual.

Miseria planificada, tristeza generalizada

Lo que se señala siguiendo a estos autores es el carácter despotenciador del régimen de la tristeza generalizada, propio del sistema capitalista. Por eso, Aviñó subraya la crucial distinción spinoziana entre alegría y tristeza. Para Spinoza, la tristeza no es simplemente una emoción negativa, sino una pasión que explica de qué somos siervos pues reduce la potencia de actuar de los individuos. Unas condiciones de existencia, cada vez más impredecibles y angustiantes como las que el experimento de ultraderecha impone brutalmente, producen una catástrofe para la reproducción de la vida. Una tonalidad afectiva eminentemente triste convierte así a una sociedad en impotente: incapacita, debilita y limita las posibilidades de intervención sobre el mundo. Y cuando las afecciones tristes dominan, son a su vez, cauce de otras servidumbres, personales, políticas, éticas.  

No sabemos qué es

Siguiendo este hilo se puede cuestionar una idea muy difundida: la creencia de que los individuos son completamente libres para elegir sus deseos y sus proyectos; no cesa de retumbar aquello de “las ideas de la libertad” y el respeto al “proyecto de vida del prójimo”. Aviñó retoma aquí el célebre interrogante spinoziano acerca de “por qué las personas luchan por su propia servidumbre como si se tratara de su libertad”. La respuesta no remite a una supuesta irracionalidad popular ni a una “servidumbre voluntaria” entendida como elección consciente. Lo que va a decir Spinoza respecto a la servidumbre es que nunca es voluntaria sino consecuencia de pasiones tristes que son siempre mediadas por otras fuerzas más potentes. Lordon designa a este concepto central spinoziano como una heteronomía radical: los deseos están moldeados por estructuras sociales, económicas y culturales que orientan los afectos y condicionan las conductas. Por eso, y simplificando ramplonamente, es una servidumbre pasional que al multiplicarse en la sociedad o en una población, se expande en bucle.

La ultraderecha libertaria argentina ha construido un discurso de pensamiento individualista, subjetivista, en torno a la idea de voluntad libre, como control soberano de sí. ¿Es un discurso que ha calado de manera determinante en la mentalidad de un sector que numerosamente ha elegido a este gobierno? Por ahora no está claro. El discurso libertario se presenta como una reivindicación de la libertad individual frente al Estado, la burocracia y las regulaciones. Sin embargo, desde una perspectiva spinoziana esa narrativa canaliza deseos y frustraciones producidos por el propio sistema económico, de ajuste permanente y auto explotación. La promesa de liberación aparece entonces ligada a mecanismos que reproducen paradójicamente nuevas formas de subordinación. Lo ilusorio de la libertad es que desconocemos aquello que nos lleva a hacer lo que hacemos. Creer que somos libres por la única causa de que somos conscientes de nuestras acciones, pero ignorantes de las causas por las que somos determinados a realizarlas. Por la gracia libertaria el proyecto del prójimo se torna pura y abyecta supervivencia.

La reivindicación de la alegría

No obstante, y a riesgo de introducir una nota de contradicción, Aviñó señala que el capitalismo actual ya no opera exclusivamente mediante afectos tristes. A diferencia de etapas anteriores con formas disciplinarias más visibles, la gobernanza neoliberal busca incorporar a los individuos mediante afectos alegres transitivos. El consumo, el emprendimiento permanente, la flexibilidad laboral y la auto explotación son presentados como experiencias de realización personal. La dominación se vuelve más difícil de identificar porque adopta la forma de la satisfacción y la autonomía.

Esta observación ayuda a comprender uno de los rasgos distintivos de la ultra derecha: sigue cooptando no únicamente por el miedo o el resentimiento, sino también por la producción de entusiasmo. Milei comenzó a través de la denuncia contra “la casta” y continuó con una narrativa épica de éxito individual, rebeldía y superación personal. La grotesca “espontaneidad” parecía  producir un efecto de fascinación alienante.  No sabemos en qué medida eso sigue teniendo eficacia, pero muchos de sus seguidores experimentan esa adhesión como una forma de empoderamiento y no como una subordinación a un proyecto político cuyos intereses dejaron de ser opacos.

Todo, menos la tristeza

Frente al régimen generalizado de los afectos tristes, la alegría aumenta nuestra potencia vital y amplía nuestra capacidad de comprender y transformar la realidad. No obstante, la alegría en Spinoza no es la alegría facilista, superficial y ficticia, aquella impulsada por el coaching, del tipo autoimpuesto: sé feliz, sonríe y todo estará bien. Es por eso que Aviñó la llama “un problemático régimen de la alegría”: lo fácil es abandonarse a la tristeza porque es un afecto pasivo que nos sujeta, mientras que la alegría requiere un esfuerzo, una activación, un impulso. La potencia vital de los afectos alegres es la que puede conjurar la cultura de la tristeza y del odio y por cuyo medio, nos potenciamos. Nos potenciamos cuando somos capaces a su vez, de convertirnos en encuentros alegres con los demás. Aviñó, citando a Deleuze, señala la clave: Spinoza nunca se pregunta qué debemos, sino de qué somos capaces. En eso consiste la ética spinoziana.

Aunque exista la posibilidad de perder

Si Aviñó en su lectura de Spinoza aporta aspectos cruciales para comprender algunos mecanismos afectivos de la dominación, este movimiento imbrica con aquello que Enzo Traverso nos pone a pensar sobre las condiciones subjetivas de la resistencia. Su reflexión sobre la melancolía de izquierda parte de una constatación histórica: las grandes experiencias emancipatorias del siglo XX fueron derrotadas o quedaron profundamente cuestionadas. La caída del socialismo real, la crisis de los movimientos obreros tradicionales, las transformaciones en la configuración de los proletariados y la expansión global del neoliberalismo modificaron radicalmente el horizonte político.

Frente a este escenario, Traverso asume nombrar a la derrota, al tiempo que rechaza tanto la nostalgia paralizante como la adaptación resignada al presente. La melancolía de izquierda no implica quedarse atrapado en el pasado sino transformarla en fuente de conocimiento en lugar de solo resignación. Un conocimiento que active una nueva conciencia crítica, que constituya una forma de memoria crítica que permita reconocer las derrotas sin reconciliarse con ellas.

En este sentido, la melancolía funciona como resistencia: mantiene viva la conciencia de que el orden existente no es natural ni inevitable. Allí donde el neoliberalismo pretende presentarse como la única realidad posible («no hay alternativa»), la memoria de las luchas pasadas recuerda que la historia podría haber sido diferente y que también puede ser transformada en el futuro.

Traverso define esta actitud como una combinación inseparable de rabia y esperanza. Rabia frente a las injusticias del presente y frente a la destrucción de conquistas sociales históricas. Esperanza porque, aun en ausencia de proyectos alternativos claramente definidos, persiste la convicción de que otro mundo sigue siendo posible. Si hay algún imperativo, que sea el de devenir en una resistencia frente a todo aquello que envilece la vida; y que esa resistencia pueda nutrirse de afectos que la potencien en una unión colectiva.

La perspectiva que nos plantea Traverso y que se remonta a escritos de Daniel Ben Said, adquiere una importancia particular en la Argentina actual. El avance de la ultraderecha se produce en un contexto donde amplios sectores sociales experimentan decepción respecto de las fuerzas políticas tradicionales, incluidas muchas expresiones del progresismo y del campo popular. La crisis económica permanente, la precarización laboral y el debilitamiento de las expectativas de movilidad social han erosionado las referencias colectivas que durante décadas estructuraron la vida política.

No se capitula frente al enemigo

En esta coyuntura, los riesgos se magnifican. Por un lado, refugiarse en una nostalgia impotente por los tiempos pasados. Por otro, aceptar como inevitable el nuevo orden político y cultural, y dejarse arrastrar lentamente por la indolencia de una alegría facilista e inútil.  La propuesta de Traverso, como la que sugiere Aviñó, intenta escapar de ambas opciones. La memoria de las derrotas debe servir para alimentar la imaginación política y no para clausurarla.

Las reflexiones de Aviñó y Traverso convergen así en un punto fundamental. La disputa política contemporánea es sin dudas, una disputa por los afectos y los deseos. La ultraderecha ha demostrado una notable capacidad para canalizar frustraciones, producir identificaciones emocionales y construir sentidos de pertenencia. No alcanza con denunciar racionalmente sus contradicciones. Es necesario comprender las formas de deseo, esperanza y reconocimiento que movilizan a sus seguidores.

Libidinizar la acción política

Cualquier proyecto democrático y emancipador necesita reconstruir una política de los afectos capaz de incrementar la potencia colectiva de actuar. La alegría de la que habla Spinoza no es optimismo ingenuo ni felicidad superficial; es la capacidad de crear vínculos, comprender las causas de nuestra situación y ampliar nuestras posibilidades de intervención sobre el mundo. Y la melancolía de la que habla Traverso no es resignación, sino memoria activa de las luchas inconclusas, que todavía nos esperan.

Necesitamos nuevos aires, nuevas formas y acciones que nos devuelvan, como ocurrió con la manifestación intempestiva de los Gandalfs frente a la mansión de Peter Thiel, o el trapo de Malvinas agitado por nuestro seleccionado, un ejercicio imaginativo, festivo y potente de la resistencia. ¿O no se sintió como una inesperada irrupción de reparadora alegría? Quizás allí resida uno de los desafíos centrales del presente argentino. Necesitamos producir efectos políticos sobre la vida, que nos devuelva la alegría de generar algo que contrarreste, aun sin saber cuánto, la mítica correlación de fuerzas del poder. Frente a la ola ultraderechista que combina promesas de libertad individual con nuevas formas de subordinación, la tarea consiste en reconstruir horizontes colectivos que articulen crítica, esperanza y potencia transformadora. Comprender los afectos que sostienen el orden actual es, también, el primer paso para imaginar cómo transformarlo.

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