Ecos de un gol

Por Fernando Rovetta*

Eduardo Galeano sostiene que el fútbol es «la única religión que no tiene ateos», salvo algunos intelectuales que, como pasa con la religión, prefieren mantenerse escépticos. Yo no lo soy y, por ello, en esta ocasión me propongo desde mi tierra natal: a) analizar la singularidad de este deporte, b) sus antecedentes históricos, c) algunas reacciones ante el reciente triunfo de España en la Copa Mundial 2026 y d) arriesgar una hipótesis que las explique, mientras comento algunos otros resultados.

a) En una era en la que las identidades de personas y de pueblos son cuestiones disputadas, casi como las medievales, este deporte ofrece una referencia inalterable: «En la vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol». Esta tesis permite resolver el caso en la película “El secreto de sus ojos” (2009)

    Esto es así para los equipos de cada nación y provincia. En mi caso, desde niño soy del Boca y San Martín de Tucumán; luego del Barça, porque la segunda mitad de mi vida me llevó a España. Lo anecdótico viene a cuento de este último Mundial, y sobre todo de su final.

    Siguiendo con el ensayo «El fútbol a sol y sombra» (1995), y a juzgar por su repercusión mediática, este deporte trasciende fronteras y despierta una devoción universal, transformando estadios en templos, jugadores en dioses y consolidando una fe inquebrantable en sus seguidores. Estos últimos son parte del hecho deportivo: «Jugar sin hinchada es como bailar sin música»

    Pero la hinchada, para el caso de los mundiales adopta, junto a los méritos futbolísticos, criterios geopolíticos. Por lo que el triunfo agónico de Argentina contra Inglaterra en semifinal, fue celebrado como si de la final se tratara. Pero no sólo por argentinos que reivindicamos las Malvinas, sino también por muchos países que fueron colonias inglesas, como Bangladesh.

    b) El afán colonizador inglés por apropiarse de los recursos materiales de otros territorios también se extendió a los recursos culturales, como es el caso del propio fútbol. Se le atribuye haber creado el fútbol moderno a mediados del s. XIX. Sin embargo, la misma FIFA -fundada en París en 1904- debió admitir como antecedente más remoto documentado el Cuju en China (siglos III-II a.C.), un ejercicio militar que consistía en lanzar una pelota de cuero rellena de plumas a una red. Pero no consigna que en tierras guaraníes (actual territorio de Paraguay) ya se practicaba el manga ñembosarái, un juego de pelota con los pies, documentado por primera vez en 1639 por el sacerdote jesuita Antonio Ruíz de Montoya. Acaso por esa impronta histórica en estas latitudes se festejó que -en octavos de final y por penales- la selección de Paraguay eliminara a la poderosa Alemania, poseedora de 4 estrellas, como Italia. Ese legado puede, asimismo, explicar por qué tres países vecinos: Uruguay, Argentina y Brasil han ganado los mundiales 2, 3 y 5 veces respectivamente. Mientras que Francia y España lograron 2 estrellas cada una y la presunta creadora del fútbol logró solo 1.

    En breve digresión cabe apuntar que, en Londres, el 26/10/1863, representantes de diversos clubes y escuelas se reunieron en la Freemasons’ Tavern para crear la Football Association (FA). El objetivo era unificar las reglas, ya que cada institución promovía un juego diferente. Quienes preferían permitir el uso de las manos y el contacto físico extremo fundaron el rugby. Pero la FA estableció las bases del fútbol de asociación, prohibiendo a los jugadores tocar el balón con las manos (excepto al arquero). Y es esta diferencia la que destacaba el profesor de Antropología filosófica Hernán Zucchi (UNT) para enfatizar el carácter popular y obrero del fútbol, que reserva las manos como instrumento de trabajo, prohibiendo su uso para el deporte.

    c) Tras estos antecedentes y unas pinceladas del reciente Mundial `26, que tuvo como sede a México, Canadá y EEUU, con la participación de 64 países frente a los 14 de 1930, llegamos a la final: Argentina – España. Dos equipos que tenían pendiente jugar en Qatar la Finalísima el 27/03/2026 entre los campeones de 2024 de la Copa América y de la Euro Copa, pero que fue suspendida por la UEFA.

    Ambos campeones traían trayectorias opuestos en este Mundial. España fue de menos a más pues comenzó empatando con Cabo Verde en su primer partido (una selección que representa a un país de menos de medio millón de habitantes). Argentina, en cambio, llegó a la final habiendo ganado todos los encuentros (incluso contra Cabo Verde), aun cuando los dos anteriores los ganara finalizando el encuentro.

    En consonancia con mi posicionamiento inicial, puedo reconocer que, en vísperas de ese último partido de esta Copa, en Radio La Mega 102,3 de Simoca, me preguntaron por quién iba. Respondí: “si gana Argentina lo celebraré, aunque no tanto como cuando le ganamos a Inglaterra”. Pero después de los 90 minutos reglamentarios del partido les dije a mis hermanas: si ganamos, no lo celebraré, España jugó mejor. Luego subí a mi estado de WhatsApp: “Agradezcamos que nos ganaron por la mínima diferencia. Pudo ser una goleada”.

    Efectivamente, el partido tuvo clara ventaja española con un juego técnico muy preciso en los 774 pases y en el control del balón un 68% del tiempo. Por el contrario, salvo por su arquero que retuvo 11 de los 12 tiros al arco, los jugadores argentinos evidenciaban dificultades para avanzar con 357 pases, generando solo 2 ocasiones de peligro.

    Daba la impresión de que no querían ganar, o que jugaban con desgana. Dos indicios: el tiro libre del primer tiempo no lo ejecutó Messi, como sí lo hizo en todos los partidos anteriores, y cuando tiró los 4 tiros de esquina (frente a los 9 españoles) no lo hizo hacia el área chica -que permitió el gol de triunfo contra Inglaterra- sino al área grande. Un periódico deportivo lo calificó como “el peor partido de la historia de la Scaloneta”. Optaron por un juego bronco que les supuso la expulsión de un jugador y otras cuatro tarjetas amarillas. Lo que todavía resultó menos consonante con el espíritu deportivo fue la reacción -con empujones- al terminar el encuentro.  Recurriendo una vez más a Galeano diré que: “en los estadios suplico una linda jugadita por amor de Dios. Y cuando el buen fútbol ocurre, agradezco el milagro». Reconozco que esta vez el milagro lo hizo el seleccionado masculino de fútbol español; así como el femenino ganó el Mundial en 2023, venciendo a Inglaterra.

    No obstante, en un análisis desde otro plano, quiero añadir que las declaraciones de líderes políticos (y de algunos periodistas que les son afines) me terminó convenciendo de que en esta final hubo un ganador y un perdedor vicarios: al ganar España ganó Palestina; al perder Argentina perdió Israel.

    No resulta difícil identificar a España con Palestina. Su gobierno, junto al de Irlanda y Eslovenia, no solo reconoció la existencia del Estado de Palestina, sino que propuso a la Unión Europea sanciones a Israel por su exterminio del pueblo palestino y la usurpación de su territorio. El pueblo español, por su parte, logró frenar la vuelta ciclista en Madrid el 13/09/25, donde unos corredores israelíes pretendían legitimar un genocidio evidente. Para quien dude del mismo, remito a los informes de Francesca Albanese o el reciente artículo de Francesca Fornari en el blog de Rafael Poch de Feliu: https://rafaelpoch.com/2026/07/19/la-miseria-de-nuestro-periodismo-en-el-genocidio/#more-2656

    Sin embargo, cabe aclarar: Argentina no es sionista, tampoco su selección. Lo es su presidente y unos cuantos allegados que pretenden entregar las tierras de la Patagonia a Israel, cambiando la ley de propiedad privada, o entregar el agua a Mekorot, empresa pública israelí que ya realizó contrato con 16 provincias argentinas para privatizar el servicio. Por su parte, el gobierno británico en 2017 instaló en Malvinas misiles israelíes “probados en combate” y otorgó contrato a la empresa israelí Navitas que pretende extraer petróleo en el mar continental argentino en 2028. En sintonía, el gobierno de Milei gestiona un consulado honorario israelí en Ushuaia para su creciente migración.

    A estos antecedentes cabe sumar que Netanyahu ha recibido una camiseta oficial de la selección de manos del embajador argentino en Jerusalem y que envió mensajes de apoyo a los futbolistas, lo mismo que Gideon Sa’ar, Itamar Ben-Gvir, Bezalel Smotrich, ministros de Relaciones Exteriores, de Seguridad Nacional y de Finanzas, respectivamente. Puede interpretarse, por tanto, que los sionistas apostaban por el triunfo argentino.

    d) Luego, considerando que dos de dichos ministros tienen pedido de captura por el Tribunal Penal Internacional y que su moral es al menos dudosa, no sería raro que hubieran ofrecido importantes recompensas a quienes dieran el triunfo a Argentina.

    Tal hipótesis surge de constatar que el sionismo pretende colonizar Argentina y los ministros de Israel, granjearse la simpatía de su pueblo. En esa línea, no faltó desde Cataluña una soflama sionista. Pilar Raola, experta en insultar, desplegó toda su ira contra quienes celebraron el triunfo español, como, por ejemplo, Yanis Varoufakis. Este economista griego había celebrado que ganara “el multiculturalismo saludable, que logró sobrevivir a la feroz comercialización y los trucos empresariales”; trucos que ya fueron  denostados en las crónicas de Galeano.

    La hipótesis de que el sionismo haya pretendido “estimular” el triunfo argentino tiene antecedentes. En las dos últimas versiones de Eurovisión, la participación de Israel intentó lograr el primer puesto con medidas espurias, provocando que varios países europeos se retiraran de esa competición musical. El sionismo está desesperado por legitimar el genocidio en Gaza, las masacres en el Líbano o la guerra contra Irán a la que indujo a EEUU. Pero su apuesta se topó contra un equipo que sabe jugar al fútbol y otro que, aunque sabe, jugó mal para rebelarse ante un presunto chantaje.

    Si esta hipótesis tiene algo de verosímil o plausible, la renuncia del capitán y de la selección argentina a la cuarta estrella puede recordarnos otra renuncia histórica, aunque de otro orden. Y, aunque quizá resulte desproporcionada la comparación, cabe recordar que entre el 26 y 27 de julio de 1822 en Guayaquil, San Martín delegó en Bolívar que continuara la gesta libertadora.

    Si algo similar hubiera ocurrido, como ese tipo de negociados van acompañados de amenazas, difícilmente pueda ser denunciado. Ante esa doble presión la decisión de no obedecer al sionismo judío (Israel) ni al sionismo cristiano (EEUU) habría tenido un mérito inmenso.

    En 2003 el trío de las Azores, Bush, Blair y Aznar decidieron bombardear Irak por presuntas armas de destrucción masiva. En 2026, Trump y Netanyahu bombardean Irán con excusa similar, con los aplausos de Milei, que se presenta como el más sionista. Estos tres, que alentaban el triunfo de Argentina, habrían pretendido legitimar sus salvajadas con el oro, que será brillante pero no tiene vida. El fútbol sí la tiene, y para conservarla pudo ser necesario dar un paso atrás. La dignidad -decía Kant- es propia de las personas y pueblos que no tienen precio.

    *Especialista en Derechos Humanos. Filosofía del Derecho, Universidad de Castilla-La Mancha. UNT.

    fernando.rovetta@uclm.es

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