¿Alguien tiene un hogar al que volver? Nolan y su odisea

Por Aldo Ternavasio
Y finalmente, Homero habrá sido un hombre sabio. ¿No es eso lo que nos hace ver La Odisea de Christopher Nolan? Es lo que me digo cuando, después de tres horas, corro urgido hacia el baño del cine, como si la única Ítaca que los dioses reservaron para mí fuera un mingitorio. Tal vez fueron los años los que lo hicieron sabio, o quizás un improbable efecto secundario de la radiación recibida durante décadas como operario de la central nuclear de Springfield. Pienso en Homero Simpson —de cuya epopeya no conozco casi nada— y en cómo se encuentra con el otro Homero, el de los orígenes de un mundo que no es el nuestro, a pesar de ser el mundo en el que no nos queda otra que vivir.
Es como si La Odisea de Nolan fuera el poema épico escrito por un Homero Simpson mutante, que sabe, como su personaje, el vencedor de Troya, que éstos son tiempos en los que reinan los que se avivan. Pero también sabe que, a diferencia de éste, a él ya no lo anima ni la curiosidad incontenible ni un agudo sentido del beneficio sino, más bien, una sedimentada capacidad para eludir el esfuerzo cuando no es en provecho propio, cosa que ocurre con frecuencia. El truco no pasa por engañar, sino por lograr que los gatos realmente se conviertan en liebres. No es tan difícil como convertir un heroico aqueo en un cerdo, pero de todos modos es necesario todo el ingenio de un Odiseo para convencer a la hechicera de que posee la expertise para hacerlo. El Nolan-Odiseo deviene Circe (por cierto, representada por una estupenda Samantha Morton). Transforma a Circe en una suerte de máquina fílmica. Entonces, hora de cambiar a otra estrategia. Vamos por el plan B, a saber: disculpá, no sé dónde tenía la cabeza.
Perdí la cabeza. Disculpá. El presente que organiza la película, y el problema que el héroe debe resolver, es el del episodio de Calipso. Nolan condensa aquí en la misma figura a la ninfa hija de Atlas con los aletargados lotófagos y compone con ellos un Odiseo yonqui que, como un veterano de Vietnam con la heroína, se entrega al poder de las flores que Calipso le ofrece. Con ellas logra mantener a raya los flashbacks traumáticos de Troya que lo acosan. El precio es olvidar que quiere volver. La ventaja, olvidar que ya no tiene adónde hacerlo. No porque Ítaca haya desaparecido, ni porque Penélope y Telémaco hayan dejado de esperarlo. Ítaca sigue allí. Lo que Odiseo sabe —y lo que el loto le permite no saber— es que sus propios actos destruyeron el mundo en el que Ítaca podía todavía ser un hogar. Ha ganado la guerra al precio de arruinar el orden que hacía posible distinguir la casa del campo de batalla, al civilizado del bárbaro, un regreso añorado de una temida invasión. Puede volver geográficamente a Ítaca, sí, pero ya no puede regresar al lugar del que partió. Ésa es la paradoja que deberá resolver el Odiseo de Nolan y, acaso, la última gran prueba que el relato contemporáneo le impone: cómo regresar a un hogar que todavía existe después de haber destruido las condiciones que permitían habitarlo como un hogar. Su hogar. Es también el señuelo que nos arroja Nolan.
Hasta ahí, uno podría pensar, mientras medita frente al urinario del cine, que Nolan, cineasta de vastas epopeyas, nos viene a decir que la jodimos. O que la jodieron. Que ya no nos da la nafta para seguir fascinándonos con nuestros imaginarios orígenes y que el único canto a nosotros mismos que podemos financiar —con grandes esperanzas recaudatorias— es el de nuestra esplendorosa y ensangrentada fatiga terminal. O la de ellos, porque nunca nos queda claro si es o no también nuestra. Porque cuando Odiseo se da cuenta de que los bárbaros son sus propias historias que regresan pisándole los talones, comprende también que una vez más tiene que encontrar la cuadratura del círculo. El cuidado paliativo de Calipso esconde un plan B. O mejor dicho, es el plan B: disculpá, no sé dónde tenía la cabeza.
Tal vez su última astucia consista, precisamente, en aceptar el castigo de manera tal que nada esencial se pierda: el trono queda en manos de Telémaco y Penélope parte con él. Cumple con el destino, si se quiere, pero encuentra la manera de que el destino no decida su vida en lugar de él.
Y aquí tenemos a nuestro moderno Homero Simpson cineasta, que, como el de La Ilíada y La Odisea, también se gana la vida contando historias, salvo que en el palacio está Donald Trump en lugar de Telémaco. Porque la odisea de Nolan es cinematográfica. ¿Al hogar de qué imágenes podría volver hoy el cine? En este mundo reinan los que se avivan. Cuadratura del círculo: restaurar el prestigio del film, de filmar en el sentido estricto de la palabra; crear una película pigmentada de 70 mm de ancho por algo más de 17,5 kilómetros de largo, más o menos la distancia entre Tucumán y Tafí Viejo. Restaurar el esplendor de una imagen que, al mismo tiempo que nos recuerda —o nos invita a recordar— la gesta de la grandeza civilizatoria a la hora del crepúsculo y con final feliz, nos convierte a nosotros mismos en el motor de otro cine, el del scroll infinito de las redes que ponemos en movimiento con nuestro dedo de hacer fuck you.
Entonces, epopeya fílmica también. Hubo que diseñar y construir todo un arsenal logístico para insonorizar y mover esa cámara de casi 200 kilogramos, acaso un nuevo caballo de Troya hiperespectacular, para filmar tanto batallas y paisajes grandiosos como modestos y hasta anodinos planos y contraplanos. Para que la imagen más grande posible, el IMAX, tenga la textura de una realidad material que solo los cuerpos pueden entregar. Como su Odiseo, Nolan sale airoso de tamaña empresa autoimpuesta. Un Titanic que se estrella contra el iceberg pero rescata a la pareja y a su linaje. El círculo se encuentra con los cuatro ángulos rectos que lo componen.
A veces es difícil saber cuánto se nos da a cambio de todo lo que se nos quita. Es lo que un Homero Simpson, finalmente sabio —no lo niego—, ha aprendido.
Como decía otro poeta: queríamos probar todas las golosinas sin pasar nunca por la caja. Pero la caja está ahí y somos los próximos en la fila.
