Can’t Machine. IA, un club de ajedrez en Almagro y los Backrooms de la Patagonia

A partir de Kant Machine, el nuevo libro de Yuk Hui sobre la IA, Aldo Ternavasio recorre el camino que va de Kant a Palantir y de los Backrooms a la Patagonia para pensar las máquinas que no pueden detenerse, convierten cada límite en infraestructura y hacen de la paz perpetua, el trabajo y el deseo formas microdespóticas de obediencia recursiva.
Por Aldo Ternavasio
Un sábado cualquiera de mayo, en un club de ajedrez de Almagro, un contador, un universitario y un puñado de chicos en edad escolar se encuentran con un nuevo participante encorvado sobre las mesitas de madera: Peter Thiel, cofundador de PayPal y de Palantir, tercero en el torneo esa tarde. Unas semanas antes se había instalado en una mansión de Barrio Parque y había pasado por la Casa Rosada para reunirse con Javier Milei. No parece una visita turística. Thiel observa de cerca el experimento libertario argentino mientras su nombre comienza a circular alrededor de la inteligencia, la energía, los datos y otras infraestructuras estratégicas.
Es tentador leerlo como una nueva versión de la extranjerización de siempre: el mismo cuento con otro nombre, renta algorítmica donde antes había renta agroganadera, después litio y ahora silicio. Pero hay una imagen que circula desde hace unos años por YouTube y que hace poco llegó al cine de la mano de A24: los Backrooms. Un espacio potencialmente infinito, sin geometría estable, que imita oficinas, pasillos y locales comerciales sin ser nunca ninguno en particular. Se amplía hacia adentro de sí mismo, como si la arquitectura continuara calculándose después de haber sido construida. En la mitología de la serie, una institución llamada Async lo descubre y toma una decisión muy poco original: explotarlo. Resolver con él una crisis real —superpoblación, falta de espacio— sin preguntarse antes qué clase de espacio está incorporando a su balance.
Un data center no es literalmente un backroom. Es su versión infraestructural: un espacio sin habitantes ni ventanas, ampliable según la escala requerida, construido para procesar flujos impersonales de sentido que nunca pasan por la conciencia de un sujeto. No aloja personas sino operaciones de álgebra tensorial capaces de devolver lenguaje, imágenes y decisiones sin que ninguna conciencia haya atravesado el proceso. Cuando la Patagonia es presentada como un sitio ideal por su frío, su energía, su agua y su disponibilidad territorial, deja de aparecer como lugar y comienza a describirse como un conjunto de condiciones técnicas. Antes de que la obra exista, el territorio es traducido a capacidad eléctrica, refrigeración, latencia, exenciones y estabilidad fiscal. El backroom no llegó todavía. Pero ya se está dibujando la puerta de entrada.
Kant Machine
¿Qué procesaría esa infraestructura? Conviene dar una vuelta filosófica, aunque ya no pueda ser tan corta. Yuk Hui publicó este año Kant Machine, un libro que intenta pensar la inteligencia artificial a partir de Kant. La propuesta no consiste en convertir al filósofo de Königsberg en precursor de ChatGPT ni en afirmar que una computadora piensa como un sujeto trascendental. Hui construye una máquina kantiana para escapar de dos reducciones persistentes: la inteligencia como simple aplicación deductiva de reglas —la IA como máquina cartesiana— y la inteligencia como acumulación de datos empíricos —la IA como máquina humeana, siempre según Hui—. Entre el racionalismo de una máquina que ya tendría todas sus reglas y el empirismo de una máquina que solo recibiría impresiones, aparece la recursividad: un sistema capaz de volver sobre sus propias operaciones, reorganizarlas y producir algo que no estaba contenido de antemano en un plano completo.
Esa recursividad también organiza la moral. El imperativo categórico es la fórmula con la que Kant intenta separar una decisión moral de cualquier interés particular: actuar sólo de un modo que pudiera valer como ley para cualquiera. Hui lo lee como un algoritmo recursivo, una operación que debe volver una y otra vez sobre cada máxima sin alcanzar nunca una condición definitiva de cierre. La adecuación plena de una voluntad finita a la ley moral nunca puede completarse. Por eso Kant postula la inmortalidad del alma: no para que alguien espere del otro lado el resultado del cálculo, sino para prolongar indefinidamente un progreso que ningún individuo podría consumar en el tiempo de una vida. La máquina moral no se detiene. Convierte la imposibilidad de concluir en obligación de continuar.
En la tercera parte del libro, Hui recupera ese rasgo para la política. La paz perpetua no sería un programa técnico del que pudiera deducirse una arquitectura institucional definitiva. Es una idea regulativa: no describe un estado ya realizable ni proporciona un algoritmo capaz de calcular la paz, pero orienta la acción, permite juzgar instituciones existentes y obliga a inventar otras. Su eficacia consiste precisamente en no cerrarse como solución. La política puede aprender recursivamente —sostiene Hui—, porque la idea de paz impide identificar cualquier orden dado con su cumplimiento final. El optimismo kantiano de Hui es sobrio: no promete que la historia vaya a terminar bien; sostiene que una idea imposible de realizar por completo todavía puede producir realidad política.
Ese movimiento tiene una fuerza indudable. En un presente saturado de soluciones técnicas, Hui recuerda que ninguna ingeniería institucional puede agotar la política. Pero también deja intacta una confianza que convendría interrogar: la buena voluntad de la máquina kantiana. La idea regulativa aparece como si pudiera ser formulada desde un juicio desinteresado, como si el deseo de paz pudiera separarse de los goces, las posiciones y las máquinas históricas que lo producen. ¿Y si esa separación fuera precisamente el problema?
Can’t Machine
Ahí la Kant Machine revela su otra cara: una Can’t Machine. No porque la máquina sea impotente, sino porque funciona alrededor de aquello que no puede completar. El problema empieza cuando la apertura deja de orientar una transformación y se convierte en el principio operativo de un sistema que necesita continuar para siempre. Una máquina sin condición de parada puede mantener abierto el porvenir. También puede hacer de la ausencia de cierre la forma misma del gobierno.
Nada obliga a suponer que Kant, como individuo, haya deseado secretamente la guerra para disfrutar de una paz siempre aplazada. La psicología del autor importa poco. Pero sí estamos obligados a preguntarnos qué máquina produce a Kant como lugar de enunciación de esa buena voluntad. Después de la crítica a la imagen dogmática del pensamiento que Deleuze lleva adelante en Diferencia y repetición, después de El Anti-Edipo y Mil mesetas, ya no alcanza con tratar una filosofía como la obra soberana de un sujeto que formula ideas y las ofrece al juicio universal. Hay que preguntar por los agenciamientos que hablan a través de él, por los flujos que cortan, por los cuerpos que distribuyen, por los deseos que invisten y por las instituciones que hacen posible que una máxima parezca desinteresada.
En ese sentido, la Kant Machine de Hui corre el riesgo de ser demasiado kantiana: construye una máquina con Kant, pero no termina de tratar al propio Kant como efecto de una máquina acéfala y recursiva. Una máquina que produce al filósofo, al sujeto moral y al horizonte de paz que necesita para seguir funcionando. La pregunta ya no es solamente qué quiso decir Kant, sino qué dispositivo obtiene consistencia cuando la paz se vuelve una finalidad infinitamente diferida.
La sospecha puede formularse de manera brutal: ¿y si la idea regulativa extrajera del conflicto permanente un goce suplementario? Cada guerra demostraría que todavía no hemos avanzado lo suficiente. Cada fracaso renovaría la necesidad del ideal. La catástrofe no refutaría el programa, lo realimentaría. “Hay que continuar” sería a la vez la conclusión moral y la orden de la máquina. La paz siempre por venir podría convertirse en la razón por la que el dispositivo nunca debe detenerse.
Lacan’t Machine
El juego de palabras conduce inevitablemente a otro: Lacan’t Machine. Qué se le va a hacer: coincide. Lacan escribió un texto famoso, Kant con Sade, donde muestra que Sade no es simplemente el contrario obsceno de Kant. La ley moral pura y el mandato sadiano comparten una forma inquietante. Cuando la ley se separa de todo bien empírico, de toda inclinación y de todo interés, queda una voz que manda por el solo hecho de mandar. El sujeto debe obedecer aunque la obediencia vaya contra su felicidad, su placer o su supervivencia. La ley desinteresada puede adquirir la frialdad de una orden de goce.
No significa que Kant fuera secretamente Sade. Significa que la pureza formal de la ley no garantiza su inocencia. La renuncia no apaga necesariamente la pulsión: puede intensificar la culpa y alimentar la crueldad del superyó. Cuanto más obedece el sujeto, más culpable se siente, y cuanto más sacrifica, más exigente se vuelve la ley. La buena voluntad puede entrar en un circuito en el que cada renuncia produce una obligación suplementaria de renunciar: ¡cosmopolitas, cosmotécnicos, un esfuerzo más!
No todo lo que Wanda es Nara
El sádico necesita instituciones; el masoquista, contratos. En Sade domina una razón demostrativa, impersonal y soberana. El razonamiento mismo es violencia. La víctima no debe ser convencida, porque su consentimiento carece de importancia. En Masoch, en cambio, la víctima busca al verdugo, lo persuade, lo educa y lo hace firmar. No encuentra simplemente una soberana preexistente: fabrica contractualmente la instancia que luego lo dominará. Cuanto mejor se establece la ley del contrato, más cruel se vuelve y más derechos retira a quien la promovió.
De la paz perpetua al régimen de guerra
Deleuze y Guattari permiten trasladar el problema del teatro perverso al campo social entero. En Mil mesetas describen una máquina de guerra que, después de la Segunda Guerra Mundial, deja de tener exclusivamente la guerra por objeto y toma a su cargo la paz, la política y el orden mundial. La guerra ya no aparece solamente como interrupción excepcional de la paz: las guerras locales, la disuasión, la carrera tecnológica, la seguridad y la administración del miedo pasan a formar parte de una paz global. David Lapoujade formula el giro con una precisión brutal: una tercera guerra mundial concebida como paz perpetua; un proyecto de paz perpetua de la propia máquina de guerra.
La diferencia con Kant no podría ser mayor. En Kant, la idea regulativa impide que el presente se cierre sobre sí mismo: ninguna tregua, ningún equilibrio militar, ningún orden entre potencias puede hacerse pasar por la paz. En Lapoujade, leyendo a Deleuze y Guattari, la máquina de guerra realiza una falsificación monstruosa de esa apertura. Tampoco ella termina nunca, pero porque incorpora cada amenaza, cada conflicto y cada resistencia a un régimen de seguridad que debe reforzarse continuamente. La paz perpetua deja de ser aquello que juzga al orden existente y se vuelve el nombre que ese orden se da a sí mismo para continuar la guerra por otros medios. No hay final porque siempre puede aparecer otro riesgo. No hay enemigo definitivo porque el enemigo es potencialmente cualquiera.
En su famosísimo discurso de despedida, pronunciado pocos días antes de dejar la presidencia, el general Eisenhower advirtió sobre la amenaza que la consolidación del complejo militar-industrial suponía para las libertades y los procesos democráticos. Lo que nos indica la Lacan’t Machine, leída con Deleuze y Guattari, es que también debemos preocuparnos por lo que Sánchez Cedillo permite llamar un complejo militar-industrial molecular, es decir, micropolítico. El régimen de guerra no se sostiene solamente mediante ejércitos, industrias, presupuestos y alianzas entre Estados. También necesita movilizar afectos, automatismos perceptivos, deseos de obediencia, fantasías de exterminio y pequeñas identificaciones cotidianas con el agresor. La producción de armas y la producción de subjetividad forman parte de un mismo complejo.
Raúl Sánchez Cedillo ofrece el nombre político de esta situación: régimen de guerra. La guerra no se limita al frente militar ni comienza con la invasión de Ucrania. Reorganiza finanzas, energía, fronteras, derecho, austeridad, ecología, plataformas y subjetividades. Es una lógica de gobierno que convierte la incertidumbre en movilización, el miedo en obediencia y la crisis en ocasión para nuevos regímenes de acumulación. La política y la guerra se vuelven indiscernibles.
El déspota artificial
La inteligencia artificial encaja con demasiada facilidad en esta segunda recursividad. No porque una IA haya conquistado el poder ni porque exista un algoritmo soberano escondido detrás del gobierno. El poder aparece distribuido en sistemas que clasifican, recomiendan, puntúan, predicen y excluyen. Cada perfil recibe su pequeño mundo administrado: contenido, publicidad, tarifa, veredicto crediticio, sospecha policial, prioridad médica o posibilidad de trabajo. No hay necesariamente alguien legislando arriba de todos a la vez. Y, sin embargo, la función soberana se ejerce millones de veces. Eso es un déspota artificial: no un robot coronado, sino una soberanía sin cuerpo que se actualiza en decisiones parciales y automáticas.
Volver a los Backrooms
La escena inicial cambia entonces de escala. Peter Thiel juega una partida de ajedrez en Almagro mientras la empresa que cofundó vende sistemas para que Estados, ejércitos y corporaciones jueguen partidas sin tablero visible. En el club hay reglas fijas, casillas finitas y un jaque mate que termina el juego. En la otra partida —la que se juega entre la Casa Rosada, el Congreso, las plataformas y una Patagonia todavía sin data centers pero ya convertida en promesa computacional— el tablero se genera a medida que se lo recorre. Como en Backrooms, cada salida abre otro pasillo.
Bibliografía mínima
Deleuze, Gilles. Diferencia y repetición. Buenos Aires: Amorrortu, 2002.
Deleuze, Gilles. Presentación de Sacher-Masoch: Lo frío y lo cruel. Buenos Aires: Amorrortu, 2001.
Deleuze, Gilles, y Félix Guattari. El Anti-Edipo: Capitalismo y esquizofrenia. Barcelona: Paidós, 1985.
Deleuze, Gilles, y Félix Guattari. Mil mesetas: Capitalismo y esquizofrenia. Valencia: Pre-Textos, 1988.
Hui, Yuk. Kant Machine. Londres: Bloomsbury Academic, 2026.
Lacan, Jacques. «Kant con Sade». En Escritos 2. Ciudad de México: Siglo XXI, 2009.
Lapoujade, David. Deleuze: Los movimientos aberrantes. Buenos Aires: Cactus, 2016.
Sacher-Masoch, Leopold von. La Venus de las pieles. México: Tusquets, 2014.
Sánchez Cedillo, Raúl. Esta guerra no termina en Ucrania. Iruñea-Pamplona: Katakrak, 2022.
