Derechos humanos y de los pueblos como utopía

Por Fernando Rovetta Klyver*

Hemos pasado de una era de cambios a un cambio de era. No sólo en lo ecológico, sino también en lo político y económico. Conviene pensar la complejidad de este escenario de crisis que, además de peligroso, puede albergar -aunque escasas- razones de esperanza. Describiremos tres síntomas del diagnóstico anterior y luego intentaremos analizar sus orígenes en los modelos históricos de derechos humanos. Un mecanismo de defensa del psiquismo humano es la negación; ahí están los negacionistas del cambio climático, que también niegan el genocidio actual y la dignidad de los más empobrecidos, ya sean personas o países. Preocupa que cada vez sean más, más en número, en soberbia y en deterioro de su condición humana. Prueba de ello es que hayan emergido líderes, como los que reúne Trump para su Plan de Paz para Gaza, cuyo prontuario sólo puede pretender atenuarse por debilidad mental.

El cambio de era geológica, que entre otros Paul Crutzen llamó “andropoceno”, alude a que el modo de producción y consumo humanos han llegado a generar cambios en la tierra y en la cadena trófica de otras especies, como los micro-plásticos en los mares. Ya planteamos -en otra oportunidad- que sería más correcto hablar de “androceno”, dado el especial protagonismo masculino o patriarcal en este modo de dominio despótico de la naturaleza. Pero ese cambio, que afecta a nuestro clima y nuestra ingesta, también ha llegado a deteriorar nuestro modo de convivencia basada en reglas. A 80 años de la Carta de la ONU, asistimos a una Nakba (catástrofe) global, según Karmi Bolton. No sólo se niega el derecho internacional, para cambiar el gobierno de otro país, convirtiendo en espectáculo el bombardeo y los secuestros, como ocurre en Gaza hace dos años; también se desconoce el derecho interno. La fiscal general de EEUU, Pam Bondi, se niega a publicar detalles del caso Epstein que probarían que Trump es un pederasta. En notorio contraste, en el caso español, al Fiscal general se lo destituye por haber presuntamente filtrado una información que ya habían publicado periodistas.

La situación actual es caracterizada por Yanis Varoufakis como un tecno-feudalismo neoliberal y por Edgar Morin como una sociedad sumisa, que se niega -otra vez el síntoma- a ejercer el principio kantiano de la Ilustración que consiste en “pensar por uno mismo”. En la era de la inteligencia artificial es más cómodo confiar en algoritmos que resumen lo que piensa la mayoría. Es decir, estaríamos regresando a una etapa premoderna, o entrando a una distopía como la de Orwell: 1984. Si bien los derechos humanos, en tanto que reivindicaciones éticas, tienen antecedentes antiguos y medievales, su dimensión jurídico-política la adquieren al comienzo de la modernidad y se refuerzan en 1945. La emergencia de los Estado-Nación y los Derechos de sus Ciudadanos, todo ello está en crisis ante el poder económico de empresas, bancos y millonarios con activos superiores a los presupuestos de muchos Estados depauperados.

¿Hubo algún “defecto de fábrica” en este proyecto moderno? Richard Morse en “El espejo de Próspero” sostiene que, en la historia moderna de Occidente no hubo uno, sino dos modelos jurídico-políticos: el angloamericano y el iberoamericano. Éste se pergeñó en el Siglo de Oro español con teólogos como Vitoria y Suárez, mientras que aquel lo sucedió con filósofos como Hobbes, creador del Leviatán, y Locke, defensor de la propiedad privada sin límites. Con estas premisas el modelo angloamericano “prosperó” globalmente desde el SXVII hasta generar las actuales aporías. Por ello, sugería Morse en 1972 que nos volvamos para ver -en el espejo retrovisor- al modelo iberoamericano que quedó atrás. Sostenemos que la principal diferencia de estos modelos o paradigmas están en sus fundamentos éticos y en su relación con el derecho. El fundamento del modelo angloamericano es el “individualismo posesivo” (Mac Pherson), mientras que el del iberoamericano es el “personal(gent)ismo comunicativo”. La diferencia es doble: el sujeto del derecho y el derecho propuesto como modelo. El individuo, aislado, es el titular de derechos angloamericanos. Por el contrario, la persona que participa de comunidades, como los pueblos (gentes) son las titulares de derechos iberoamericanos, incluso el ecosistema, según la Constitución de Ecuador. También difieren en el derecho propuesto como paradigmático: la propiedad o la comunicación, porque mientras que apropiarse es una relación que podemos ejercer con las cosas, comunicarse es un modo de relación entre personas o pueblos. Si quisiéramos apropiarnos de personas o pueblos los denigraríamos, mientras que si nos comunicamos con animales o plantas les otorgamos mayor rango ontológico.

La tercera diferencia entre los modelos anglo y lo iberoamericano se da en su vínculo con el derecho, tanto interno como internacional. Vitoria fue el creador del derecho internacional al reinterpretar el derecho de gentes: ius inter homines (Gayo) por ius inter gentes. Este derecho pretendía poner límites a los colonizadores de América, reconociendo el derecho de los pueblos originarios. Suárez fue el principal impulsor de la soberanía popular, que a través de T. Hoocker se plasma en la primera constitución moderna, la del Estado de Connecticut. Por su parte, Hobbes propuso un Estado-Leviatán dotado de una potestas soluta, un poder ilimitado que aglutinara los tres poderes estatales más el eclesial, poniéndose por encima de las normas que él mismo creara. A su vez, Locke defendió la propiedad privada que no se limitara a lo necesario (como habría propuesto Vitoria), sino que se expandiera en virtud de la versatilidad del dinero. Con estos antecedentes, que convierten al derecho en siervo del poder económico, las empresas actuales invierten donde hay menos normas que protejan a los trabajadores o al ecosistema, y algunos bancos invierten en armamentismo, como el Santander, el BBVA y la Caixa, según los Informes 66 (2024) y 71 (2025) del Centro Delàs sobre “La banca armada”.

En síntesis, el modelo angloamericano de los derechos humanos -desde el SXVII- no contempla el derecho de los pueblos, legitima la colonización; no cuestiona al capitalismo, lo legitima al extremo de sostener que “no hay alternativas” (Thatcher), y así reduce el ecosistema a mero subsistema económico que provee materia prima. Si bien la confrontación entre modelos proviene de una tesis doctoral, la ofrecemos aquí como herramienta teórica para ponderar los alcances de esta crisis global. Si Morse los refería solo a Occidente, cabría ver si pueden aplicarse mutatis mutandi a escala planetaria, y proponer una hipótesis sobre cada uno de ellos. El modelo angloamericano, con su afán expansionista a cualquier precio y una apuesta incontrolada por el armamentismo y la violencia, parece inspirado más en lo hebreo que en lo cristiano, en el Antiguo Testamento que en el Nuevo. Esto podría explicar la simbiosis entre los gobiernos de Trump y Netanyahu, masacrando a palestinos o expulsando a inmigrantes como expresión del sionismo-neoliberal, soñando con un resort turístico que en estos días se promociona en FITur-Madrid.

Según Morse el modelo iberoamericano solo tuvo vigencia en el Siglo de Oro, pero sospechamos que mantuvo su pregnancia en las Cortes de Cádiz o incluso cuando, terminadas las gestas independentistas, Bolívar propuso a la Corona española una relación entre iguales. Con mayor claridad fue recuperado con la Carta de la ONU, cuyo preámbulo (redactado -entre otros- por J. Maritain) habla de “nosotros los pueblos”. No obstante, la misma Carta, pretendiendo garantizar el “principio de igualdad soberana de sus miembros” (art.2.1), atenta contra él -generando asimetría- al crear el Consejo de Seguridad, integrado por cinco miembros permanentes y con derecho a veto (art.23). Pero, entre estos, si los dos angloamericanos pretenden imponerse por su poderío militar, encuentran un adversario en el terreno económico, cuya hegemonía están perdiendo. Prueba de ello es que, tras denunciar en el Consejo (05/01/26) que “EEUU ha vulnerado gravemente los principios de igualdad soberana y no injerencia…” al atacar Venezuela, China ha otorgado a Cuba un paquete financiero de 68 millones de euros y una ayuda alimentaria de 60.000 tn. de arroz. No serán regímenes democráticos, pero sus pueblos tienen derecho a alimentarse para poder evolucionar.

Asistimos a una metamorfosis agónica de la soberanía angloamericana y sionista que pasa del Estado al Mercado y regresa devaluando las democracias y naturalizando las guerras y el genocidio. Para esta simbiosis de poderes económico-político todo tiene precio, también Groenlandia o una Patagonia devastadas por los incendios. ¿Estaremos a tiempo de salvar al sistema de Naciones Unidas y el Derecho internacional? ¿Podrán los pueblos -de los que participamos- defender su soberanía? Para ello parece conveniente comenzar ejerciendo nuestra capacidad de pensar críticamente y de expresarnos con una libertad que no niegue la igualdad, ni la fraternidad entre personas y pueblos.

En menos de dos meses conmemoraremos el 50 aniversario del golpe de Videla y el genocidio que perpetró. En el pasado invierno propusimos debatir sobre el actual genocidio en Gaza. La Cátedra DDHH de la Facultad de Filosofía UNT se negó a ello por el veto de una de sus integrantes. Por ello, realizamos dos Jornadas de Información y debate sobre La cuestión Palestina (06/08 -23/09/25) y propusimos la creación de una Cátedra de Derecho de los Pueblos, con los profesores de la UNT: David Comedi, Gilda Isaac, Aldo Ternavasio y Adriana Younes. Confiamos que este artículo, como algunos anteriores publicados en Link, contribuyan a su materialización.

*Especialista en Derechos Humanos. Filosofía del Derecho, Universidad de Castilla-La Mancha. UNT.

Imagen: Forbes.

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