La IA cambiará el mundo. Nos toca cambiar la comprensión que tenemos de él

por Aldo Ternavasio

La economía es el instrumento; el objetivo es transformar el corazón y el alma.

Margaret Thatcher

En abril de 2026, Palantir publicó un manifiesto de 22 puntos basado en The Technological Republic, el libro de Alex Karp y Nicholas Zamiska. Karp no es un comentarista más del delirio tecnopolítico contemporáneo. Es el CEO de Palantir, una de las empresas de vigilancia, análisis de datos e inteligencia artificial más poderosas del planeta, contratista habitual de Estados, agencias de inteligencia, fuerzas armadas y organismos de seguridad. El texto es escalofriante. En parte, porque condensa un proyecto tecnopolítico que ya lleva más de dos décadas de planificación y ejecución. En parte, también, porque funciona como estrategia de posicionamiento corporativo en el nuevo paisaje geopolítico de la IA.

Como una degradada, pero peligrosísima caricatura del manicomializado marqués de Sade, Karp lanza en su panfleto un llamado a sus pares a tomar las armas. Y, sobre todo, a tomar el poder que ya tienen: CEOs de Silicon Valley, un esfuerzo más… Me disculpo con Sade por la injusta comparación. Lo que dice Karp, en última instancia, es que no se puede hacer una revolución conservadora exitosa con una moral democrática liberal. Si la IA será la infraestructura de la próxima forma de poder, entonces no alcanza con desarrollar modelos, vender software, capturar datos o automatizar decisiones. Hay que producir también una nueva sensibilidad, una nueva ética de la obediencia, una nueva épica de la fuerza y el combate.

Esto impone una agenda urgente. El activismo, el periodismo, la crítica cultural y el pensamiento político necesitan desmontar el discurso del capital tecnológico, sus fetichismos, sus promesas de eficiencia, sus metáforas livianas y sus estrategias de poder. Para esto, necesitan mostrar su base material: agua, energía, minerales, cables, servidores, trabajo, territorio, contratos públicos, Estados capturados, guerras y fronteras acomodadas a sus necesidades. Pero esa misma agenda, agrego por mi parte, nos obliga a desarrollar una respuesta solo en apariencia contradictoria: no todo se juega en el terreno infraestructural.

Conviene recordar a Thatcher y parafrasearla. La infraestructura tecnológica es el instrumento; el objetivo es transformar el corazón y el alma. O, dicho de otro modo, la IA no cambiará solamente el mundo. Nos cambiará también a nosotros y a las ideas que necesitamos para comprenderlo, habitarlo y transformarlo. En este terreno, el problema deja de ser la infraestructura material y pasa a ser, también, la conceptual. Y el sentido es un problema, como lo sostuvo Gilles Deleuze, es un problema incorporal. Pero voy demasiado rápido.
Uno de lqs consecuencias más llamativas de la blitzkrieg desplegada por las grandes tecnológicas es que la necesaria deconstrucción de sus tácticas corporativas muchas veces se repliega sobre ideas de lo humano que supuestamente ya habían sido deconstruidas. Frente a la IA realmente existente —militarizada, extractiva, concentrada, sesgada— reaparece con facilidad un buen sentido humanista que cree saber de antemano qué es una persona, qué es una máquina, qué es pensar, qué es crear, qué es decidir, qué es el mundo real. El problema es cómo enfrentar el urgente problema práctico sin retornar a las ideas que están en la base del desarrollo tecnológico que confrontamos y que, por su parte, suponíamos que ya habíamos desactivado.Por eso, la crítica de la IA no puede limitarse a decir que la nube no existe. Tiene que decirlo, por supuesto. No es una nube: es infraestructura. Pero también tiene que preguntarse qué otra nube empieza allí donde la infraestructura ya fue reconocida. Una nube no empresarial, no situada, no material. Mas bien, una atmósfera incorporal que no reemplaza al mundo, pero modifica las potencias, las sospechas, las decisiones y las ideas con las que intentamos movernos en él. Sin vacilaciones: un espacio liminal.
 

1. No es una nube, no hay dudas

Entonces, comenzamos así: no es una nube, es infraestructura material. Uno de los mayores esfuerzos críticos y comunicacionales contemporáneos pasa por contraefectuar tanto el discurso de las grandes tecnológicas como nuestra propia experiencia con las plataformas y aplicaciones diversas que utilizamos cotidianamente. Lo que parece un intercambio inmaterial de signos, imágenes y sonidos no solo no es inmaterial, sino que tiene costos ambientales brutales: agua, energía, tierra, minerales y diferentes plásticos y sustancias derivadas del petróleo. Las cifras son descomunales. Solo mencionaré una. Según estimaciones recientes de la United Nations University, para 2030 el consumo de agua asociado a la IA podría equivaler a las necesidades básicas anuales de 1.300 millones de personas en África subsahariana. Y es solo la punta del iceberg. También se proyecta que el consumo eléctrico global de los centros de datos podría duplicarse hacia 2030 y alcanzar alrededor de 945 TWh anuales. La cadena de valor de la IA y del conjunto tecnológico que la hace funcionar requiere tantos y tan variados recursos que Estados Unidos necesitó relanzar su política imperial de apropiación de materias primas estratégicas y, de todas maneras, sigue dependiendo de China para sostener su complejo militar-industrial operativo. Así que claramente, parece una nube, pero no lo es. Nada de lo que diga más adelante pretende relativizar este hecho.

Los problemas que plantea la IA —y no solo ella— forman un círculo vicioso que no cesa de expandirse. Si la infraestructura neurodigital, es decir, las redes neuronales artificiales construidas sobre la base de máquinas informáticas digitales, tiene el impacto ambiental y requiere los recursos que requiere, el Estado recupera su valor estratégico para el capital. Por eso, no sorprende que la nueva ofensiva imperial tome su impulso también de una nueva cooptación corporativa de los Estados. El sentido de esa cooptación varía según el lugar que ocupan los países en el sistema internacional, pero en todos los casos, salvo el de China, la estrategia corporativa es apropiarse de las infraestructuras públicas y desarrollar las tecnologías y los recursos que la administración estatal requiere en todos sus ámbitos. Desde la burocracia tributaria hasta la defensa, todas las redes, los cables de fibra óptica, los satélites, los servidores donde se almacena y procesa la información de los ciudadanos, el software, las patentes requeridas: todos esos recursos están controlados, o tienden a estarlo, por un puñado de empresas.

El problema no deja de crecer. Y es mucho más grande de lo que parece, porque no se trata de una tecnología que convive con otras. La expansión de la IA es, tendencialmente, también una colonización. Como nos recuerda Flavia Costa, se trata de una meta tecnología. La IA es la tecnología que hace funcionar, controla, interviene en el diseño, planificación e implementación de todas las otras. Así, tanto el problema de la soberanía como el de la democracia se subordinan cada vez con más fuerza a la discrecionalidad de quienes detentan el control de esta infraestructura. Esto no ocurre sin resistencias populares. Incipientes, es verdad, pero ya visibles.

Dicho esto, quisiera cambiar abruptamente de terreno y plantear que los desafíos del capitalismo neurodigital —como prefiero llamarlo— recién comienzan con las cuestiones materiales y prácticas. La cuestión de los datos, su extracción y procesamiento, supone un grado de colonización de la vida por parte del proceso de valoración del capital que adquiere dimensiones y naturalezas inéditas. Lo ético, lo político y lo económico se entrelazan tan estrechamente con la tecnología de la vida cotidiana que es cada vez más difícil trazar fronteras claras entre lo público y lo privado, lo individual y lo colectivo, el ocio y el trabajo, la producción y la reproducción, el Estado y la sociedad civil. Y en el centro de ese entrelazamiento se encuentra la nueva y poderosa oligarquía tecnológica. La inteligencia artificial aparece en este panorama como la propiedad estratégica que organiza toda la trama de poder que se ubica en la cumbre de la gubernamentalidad contemporánea.

Ahora sí el cambio de terreno anunciado. Comprendida la dimensión de los desafíos que enfrentamos, es necesaria una vuelta de tuerca más. Tal vez la IA no es una nube, sino algo aún menos palpable. O mejor: tal vez es una nube de otro tipo. La cultura en su sentido más amplio, la sociabilidad en los términos más generales posibles, las prácticas más pequeñas de las formas de vida en el capitalismo de plataformas están impregnadas de una suerte de éter que lo cambia todo sin modificar nada. Al menos, no en apariencia, porque modifica profundamente las relaciones entre personas, cosas y ecosistemas. Ese éter no es homogéneo: se agruma aquí, se licúa allá, se fluidifica en algunas zonas, se estanca en otras, tiene sus dinámicas propias, a veces turbulentas, a veces laminares. Ese éter —lo digo metafóricamente, claro— es el flujo de las inteligencias y todas las constelaciones de automatismos que éstas movilizan y animan. Inteligencias artificiales y, si tal cosa existe, no artificiales.

Aquí, inevitablemente, la imagen cambia. Los cuerpos, las instituciones, los individuos, las subjetividades, pero también los reinos y las especies, lo orgánico y lo inorgánico, todo se torna vaporoso y se llena de convulsiones flamígeras. Donde solo encontrábamos la vieja y buena experiencia humana, de repente aparece otra cosa indecidible. Donde antes solo había máquinas, ahora hay algo como nosotros pero sin nosotros. Algo. No todo. Lo suficientemente poco como para que todo parezca seguir igual, pero lo mínimo necesario para que nada sea del todo lo mismo. Así, por un lado, entendemos, o comenzamos a hacerlo, todos los problemas materiales que involucran políticas, instituciones, datos, “recursos” naturales y cuerpos. Pues bien, esa materialidad también involucra una dimensión incorporal. Esa es la verdadera novedad de la IA.

2. Sí es una nube, no hay dudas

El desastre se ocupa de todo dejando todo igual

Maurice Blanchot

¿Dónde está la inteligencia de la inteligencia artificial generativa? Ciertamente, no en las máquinas. La inteligencia no es una propiedad interior de unas máquinas, sino lo que ellas pueden hacer cuando entran en relación con otras máquinas, con el mundo o con nosotros. Sin potencia de cálculo no habría IA, pero la IA no es el cálculo, sino cómo una máquina puede ser afectada y afectar. No todas las maneras de afectar y ser afectadas son inteligentes, ni mucho menos. No obstante, nunca sabemos lo que pueden los cuerpos. Así que hay maneras específicas de hacerlo. Por ejemplo, las que reconocemos en el lenguaje humano. No en la lengua sino en el habla, que siempre es algo que se produce en un aquí y ahora: el famoso cartel de almacén, hoy no se fía, mañana sí. Mañana nunca es hoy. Hay, entonces, o que pagar, o robar o ir a conseguir “efectivo”. Hablar, a diferencia de estudiar la lengua, es entrar en relaciones de fuerza. Hablar siempre es calcular fuerzas: esto me lleva por aquí, ¿quiero o no quiero? ¿A dónde me lleva lo que quiero…? La fuerza de la necesidad —por ejemplo—, que me lleva al almacén, la fuerza del cash flow del almacén, la fuerza de manotear algo y salir corriendo, la fuerza del tiempo que me veo forzado a cambiar por dinero.
Hoy no se fía, mañana sí. De acuerdo. Pero sé que no hay mañana, no porque el Sol no vaya a salir, sino porque al salir será hoy, y todavía no será mañana. Siempre es hoy, querida Alicia en el país de las maravillas. Eso es hablar. Ya sea que lo lea o que me lo digan, si hoy no se fía, las palabras establecen un estado del mundo. Los cuerpos siguen igual, pero lo que pueden esos cuerpos ha cambiado. Hablar es siempre producir cambios. No en los cuerpos, sino en su superficie. Hacer que acontezca un cambio de potencias, un cambio en lo que los cuerpos pueden. Mucho, poquito o casi nada, pero nunca nada. La inteligencia es la capacidad, siempre cambiante, de hacer algo con ese cambio de potencia, de detener la acción y buscar otro curso, otra potencia aún latente. Buscar no equivale a encontrar, pero ya es algo. Al menos, la acción se detuvo. Si solo hay un curso de acción posible, no es necesario decidir nada. Decidir entre actuar y no actuar sería la inteligencia mínima, porque hasta para eso es necesario poder interrumpir la acción antes de actuar o no actuar.

A partir de ahí, las cosas se pueden complicar todo lo que se quiera, pero con este set mínimo de ideas ya se puede decir dos o tres cosas sobre la IA. Repasemos el ser. Distinguimos entre cuerpos y potencias —lo que pueden hacer y dejar de hacer—, entre acción y reacción, y entre el estado de los cuerpos y lo que se les atribuye. A esto, más o menos, Deleuze le llama sentido. La inteligencia, al menos la que asociamos al lenguaje, inteligencia artificial o no, es la capacidad de dejarse afectar por esos incorporales que, sin cambiar los cuerpos, cambian lo que ellos pueden; la capacidad de no actuar y explorar potencias o cursos de acción latentes. Los mecanismos de la inteligencia pueden ser lo intrincados que se quiera, pero su lugar siempre está en la superficie de las cosas. Es liminal o no es, puesto que es en la superficie de los cuerpos donde estos se mezclan o separan, se afectan o dejan de hacerlo. Incluso hasta en una presunta autoafectación, un cuerpo tiene que plegarse sobre sí mismo para que aparezca una superficie de contacto: una auto-interfaz.

Si esto es así, la pregunta por la inteligencia artificial generativa no debería empezar por lo que ocurre dentro del modelo, sino por la superficie que el modelo abre. ¿Qué cambia cuando aparece una máquina capaz de responder, continuar, corregir, traducir, resumir, imaginar, mentir, obedecer, desviarse, sugerir? No cambia necesariamente el estado material de los cuerpos, al menos no de inmediato. Cambia lo que esos cuerpos pueden. Un estudiante puede entregar un texto que no escribió del todo. Un docente puede sospechar de cualquier texto. Un escritor puede continuar una frase que estaba detenida. Una institución puede automatizar una decisión. Un usuario puede conversar con una máquina como si hubiera alguien allí. Nada de eso ocurre “dentro” de la IA. Ocurre en la superficie de contacto que la IA instala.
 
A partir de ahí, ya no alcanza con hablar de usuarios, plataformas y modelos. Hace falta otra imaginación. Una imaginación materialista, sí, pero capaz de pensar también lo incorporal: esos cambios mínimos, atmosféricos, casi imperceptibles, por los cuales seguimos viviendo en el mismo mundo y, sin embargo, ya no podemos pensarlo con las mismas ideas.

Los cuerpos flamígeros, nebulosos de la IA y sus flujos incorporales de acontecimientos de sentido, las máquinas liminales, ese otro mundo de signos germinales, de tendencias semánticas, de pensamientos atmosféricos, vetas luminosas de vida inorgánica surcando la noche boreal de los datos, esa zona que no engendra una sociedad nueva, ni nuevos seres tecnológicos, ni nuevas subjetividades y, sin embargo, hace que la materia oscura del universo de la tradición cultural de la modernidad occidental filtre la superficie de los cuerpos y los conecte en nuevas constelaciones. Esas constelaciones forman nuestros rostros, no hay dudas. El problema es que ya no sabemos si todavía podemos reconocernos en ellos. No son, necesariamente, malas noticias.

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