Tecnologías insumisas. Apuntes para una crítica de la infraestructura neurodigital

por Aldo Ternavasio

Durante años nos acostumbramos a pensar las tecnologías digitales como herramientas. Un buscador para encontrar información, una red social para comunicarnos, una aplicación para pedir comida. La palabra “herramienta” tranquiliza porque conserva la ilusión de que el mundo técnico está frente a nosotros, disponible para nuestro uso.

Ese vocabulario, sin embargo, empieza a quedar corto. La inteligencia artificial realmente existente —la que se despliega en plataformas corporativas, centros de datos, sistemas de vigilancia y redes sociales— funciona cada vez menos como una herramienta aislada y cada vez más como una infraestructura. Y una infraestructura no se toma y se deja con facilidad: organiza el mundo en el que actuamos, define accesos, velocidades, permisos, dependencias. Establece bajo qué condiciones algo puede ser visto, dicho, clasificado o recordado.

Cuatro autoras para pensar el presente

Carissa Véliz, en su libro Privacidad es poder, parte de una idea simple y radical: la privacidad es poder. Muestra que la economía digital no solo extrae datos personales, sino que los convierte en materia prima de la vigilancia. Lo que leemos, compramos, tememos o deseamos puede transformarse en información comerciable, inferencia probable y capacidad de influencia. Para Véliz, la privacidad no protege secretos íntimos: protege un margen de indeterminación sin el cual la autonomía democrática es una ficción. Necesitamos privacidad para explorar ideas, formar opiniones propias y defendernos de abusos de poder. Su propuesta es clara y molesta: hay que poner fin al comercio de datos personales, porque un sistema basado en vulnerar derechos no se vuelve aceptable mediante retoques éticos.

Asma Mhalla amplía el cuadro. En un primer libro, Cyberpunk: la política de la guerra informática, anticipó la tesis que luego desarrollaría en Technopolitique: el poder tecnológico actual es bicéfalo. Por un lado, las Big Tech (Google, Meta, Amazon, Microsoft) concentran datos, modelos y capacidad de procesamiento. Por otro, los Estados se apoyan en ellas para sostener nuevas capacidades de vigilancia, influencia y defensa, al mismo tiempo que se vuelven dependientes. Mhalla llama “Big State” a ese Estado tecnosecuritario que combina autoridad política, liberalismo económico y ambición geopolítica. Juntos, Big Tech y Big State forman un Leviatán bicéfalo, público y privado, económico y militar. En la guerra contemporánea, dice Mhalla, el ciberespacio ya no es una nube inmaterial: tiene capas físicas, lógicas y cognitivas. Por eso sus fórmulas más provocadoras —“nuestros cerebros como campo de batalla”— no son metáforas: la guerra se desplaza hacia la atención, la confianza y la percepción de lo real.

Cecilia Rikap, en Teoría de la dependencia digital, introduce una dimensión decisiva para América Latina. Parte de una pregunta incómoda: ¿puede la IA, tal como está organizada hoy, ser un camino de desarrollo para los países periféricos, o más bien profundiza una nueva forma de subordinación? Su respuesta es la dependencia digital. No basta con tener programadores talentosos o centros de datos en el territorio. La IA de frontera requiere código, datos y procesadores, y esos tres elementos están atravesados por relaciones globales de propiedad. Rikap habla de monopolios intelectuales: empresas como Amazon, Microsoft o Google no solo venden servicios; organizan las condiciones bajo las cuales otras empresas, Estados y usuarios pueden innovar o simplemente existir en el entorno digital. Además, señala que parte del trabajo que produce la IA es realizado de manera no remunerada por quienes la consumen. Cada interacción con ChatGPT puede alimentar nuevas rondas de entrenamiento. La promesa de modernización digital es así una paradoja: cuanto más adoptamos una tecnología cerrada, más fortalecemos a quienes ya controlan sus condiciones de producción.

Margarita Padilla, en Inteligencia artificial: jugar o romper la baraja (disponible aquí), aporta una cuarta dimensión, más práctica. Programadora y activista del software libre, Padilla no propone una tesis cerrada sino un gesto: ante la IA se puede jugar con las cartas disponibles, disputar las reglas o romper la baraja. Recuerda que lo hacker no se reduce al estereotipo del programador solitario. Hay activistas, comunidades de cultura libre, militancias feministas, sindicales y ecológicas que también disputan la tecnología. Su tarea no es embellecer la máquina existente, sino pelear contra la concentración del poder y abrir condiciones para otras relaciones con las máquinas. Por eso su pregunta es siempre práctica: ¿qué podemos hacer hoy, con lo que tenemos, para desviar la tecnología de sus fines previstos?

Leídas en conjunto, estas cuatro voces trazan un mapa: Véliz muestra que los datos son poder democrático en disputa; Mhalla, que las tecnologías digitales reconfiguran la soberanía; Rikap, que esa transformación reorganiza la dependencia global; Padilla, que ninguna infraestructura es invencible si existen prácticas capaces de intervenirla. No es casual que sean mujeres: su irrupción en un campo dominado por varones es parte del mismo movimiento crítico.

El sociofacto

En el contexto delimitado por estas cuatro investigadoras se hace posible una pregunta algo intempestiva. Las tecnologías de la IA, ¿pueden ser pensadas de la misma manera que se ha pensado hasta aquí el entrelazamiento entre lo social y lo tecnológico? En parte, sí. Pero en parte, no. Algo nuevo emerge con la IA. Dinámicas propias de la vida humana ahora son también prerrogativas de algunos objetos técnicos. Cuando esto ocurre, y esto es solo una especulación exploratoria, emerge un nuevo actor. Tenemos, por un lado, los programas guiados por los intereses corporativos y/o estatales y, por otro, las formas de vida que modelan en tensiones variables esos programas que también son modulados por ellas. Así, por ejemplo, el control de trabajadores de home office es engañado con dispositivos que simulan actividad. Pero con la IA tenemos algo nuevo. Esta carrera armamentística configura, junto con otros factores imponderables, la relación entre tecnología y sociedad.

Ahora bien, el aprendizaje profundo cambia esa configuración porque introduce dinamismos sociales sin humanos. Cuando un algoritmo propone una recomendación, está haciendo algo más complejo que un cálculo estadístico. Está produciendo un comportamiento social artificial. ¿Por qué artificial? Por un solo motivo. Porque hay un nuevo actor que no es ni plenamente humano ni plenamente no humano: introduce una separación en lo social. Las corporaciones ajustan las respuestas de esos automatismos, nosotros ajustamos nuestras formas de usarlos, pero ellos producen efectos que introducen una causalidad que adquiere cierta autonomía respecto del polo corporativo y del polo usuario. Como diría Gustavo Cerati, Té para tres. Si esto tiene algún asidero, nos enfrentamos a una dificultad suplementaria. Considerar los efectos de este tercer actor implica reconocer que hay dinámicas que escapan a las lógicas corporativas y/o estatales y a lo que hasta ahora podíamos entender como lo social, sea como sea que lo entendamos. Hay automatismos sociales que no surgen simplemente de la tecnología ni directamente de la sociedad.

Para nombrar eso que no es más que una turbulencia en los intrincados flujos de signos, afectos y datos del mundo contemporáneo, bien podríamos contraer la palabra social y artefacto: sociofacto. Tal vez no sea más que un mínimo desvío, un clinamen digital. Pero creo que tiene cierta importancia. Porque en cierto sentido, es en la esfera del sociofacto donde una sociedad dominada por prácticas tecnológicamente mediadas puede buscar su dosis de libertad. La libertad para crear formas de vida cuyo valor no depende exclusivamente de su rol en el gran proceso de reproducción y expansión del capital.

El sociofacto, entonces, actúa como mediación anómala y silenciosa entre sociedad civil, mercado, Estado e infraestructura global. Allí donde antes buscábamos actores reconocibles, encontramos relaciones formalizadas por sistemas técnicos que devuelven la sociedad a sí misma bajo la forma de automatismos de predicción, ranking o recomendación. Allí donde hay una tendencia oracular, también allí, por eso mismo, podemos imprimir un desvío. Al menos, podemos intentarlo. La pregunta política, entonces, no es solamente qué hacen las máquinas con nosotros, sino qué empieza a pasar entre nosotros cuando nuestras relaciones son capturadas y administradas como futuros probables que sabemos que nos acechan.

Podemos llamar neurodigital a esta condición específica de nuestro tiempo: la base tecnológica sigue siendo digital (bits, ceros y unos), pero la irrupción de redes neuronales artificiales y espacios vectoriales de n dimensiones introduce formas no binarias de procesar, clasificar y predecir. Lo digital binario se vuelve neurodigital sin dejar de ser digital.

La insumisión como pregunta

Frente a ese poder bicéfalo, ¿qué podría ser insumiso? ¿Qué podría ser una tecnología insumisa? La pregunta me excede. Simplemente propongo un gesto: formular la pregunta de otra manera. La insumisión no sería una propiedad de ciertas tecnologías (el software libre, el servidor comunitario, la IA local), aunque esas prácticas importan. Sería, más bien, una dirección: aquello que en la relación entre humanos y máquinas escapa a la captura, creando espacios inapropiables. No porque se escondan, sino porque generan una vitalidad no transable, una causalidad que desborda la productividad programada tanto de la técnica como de las prácticas revolucionarias convencionales. Pero el precio tal vez sea asumir que el correlato del sociofacto es un antropofacto. No podemos afrontar el desafío del capitalismo neurodigital con la certeza de que sabemos qué somos y qué deberíamos hacer para seguir siéndolo.

Hay ejemplos frágiles, casi invisibles: un servidor Matrix alimentado con un panel solar en una comunidad rural, trabajadores de plataformas que usan el GPS contra la empresa, una cooperativa de datos en un barrio. No resuelven el problema de fondo, por supuesto. Pero insinúan que otra relación con las máquinas es posible. Esa insinuación —un germen sociofáctico— es quizás lo único que tenemos.

Tal vez ahí se juegue una parte decisiva de la política contemporánea: impedir que el mundo social quede reducido a aquello que las infraestructuras corporativas y estatales pueden registrar, anticipar y gobernar. Otro mundo no empieza solo cuando imaginamos nuevas tecnologías. Empieza cuando somos capaces de percibir que las actuales ya están fabricando, silenciosamente, determinadas posibilidades de vida y de mundo que podemos disputar.

No pretendo haber respondido qué es una tecnología insumisa. Solo he intentado mostrar por qué necesitamos hacer esa pregunta. La respuesta, si existe, no está en estas líneas. Está en prácticas que aún no sabemos nombrar del todo, pero que aquí y allá insinúan que otra relación con las máquinas es posible. Una insinuación puede parecer poco. No lo es. Las potencias latentes de lo nuevo siempre nos acompañan con total discreción.

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