Un mundo regulado para el ajuste y la acumulación

El doctor Mario Rapoport, profesor emérito de la Universidad de Buenos Aires y especialista en historia económica argentina, propone una reflexión sobre las condiciones políticas y económicas que confluyeron para poner a la Argentina hoy en sintonía con una situación global de austeridad para las mayorías y extrema concentración de la riqueza.

Por Adriana Gil

-En su campaña presidencial, Cambiemos les prometió a los votantes que Argentina “volvería al mundo”. En su opinión ¿a qué mundo hemos vuelto con la derecha en el gobierno?

A un mundo que está siendo manejado por un poder que se halla por encima de todos los poderes, el poder de los capitales y del sistema financiero que ha superado al productivo. Esos capitales están por encima de las naciones establecidas, en función de los grandes endeudamientos de los países, son como vampiros pero en vez de sangre succionan cuantiosos intereses.
Esto lleva a una situación donde, de hecho, la democracia deja de existir porque el voto directo del ciudadano no tiene la menor importancia. Lo que define todo es ese poder, que se visibiliza a través de instituciones como el FMI o el Banco Europeo, renacidas luego de la crisis de 2008 para salvar a bancos y corporaciones y hoy predican políticas de ajuste (baja de salarios, desempleo, aumento de tarifas, disminución de las jubilaciones, beneficios impositivos a las grandes empresas, toma de nuevas deudas por parte de los gobiernos, etc.) Con ello el financiamiento de su salvataje está asegurado. Ese es el mundo al que vuelve Cambiemos aceptando sus reglas. Esas organizaciones son manejadas por funcionarios internacionales, designados por las principales potencias o que representan directamente a las grandes corporaciones.
Décadas atrás habían quedado ciertos márgenes de libertad en el mundo, por la debilidad originada en los centros económicos mundiales debido a crisis sucesivas que culminaron en el 2008 y que fueron aprovechadas por algunos países latinoamericanos, como los que formaron el Mercosur y la Unasur. Esto permitió una suerte de contrapoder, rechazar el ALCA, disminuir los endeudamientos externos, realizar políticas de redistribución progresiva de ingresos, combatir la pobreza. Expresaba un mundo más multipolar gracias a la declinación de EE.UU. y de Europa, el ascenso de China y de los BRICS, etc.
Finalmente, aquellos poderes centrales se recuperaron y terminaron derribando a muchos de estos contrapoderes. Puede decirse que hubo una nueva caída del muro de Berlín, ahora con otros escenarios. Cayeron o se debilitaron procesos de integración creados por naciones en desarrollo y muchos de los gobiernos que los propulsaron.
Paradójicamente, la crisis económica y los procesos de globalización y desregulación afectaron también a los capitalismos hegemónicos, porque para abaratar costos las grandes corporaciones llevaron plantas enteras a la periferia, creando desempleo en los países centrales. La teoría de las ventajas comparativas se dio vuelta y ahora en éstos países se importan manufacturas baratas destruyendo a las industrias locales. En parte por eso, con un discurso proteccionista pero también discriminatorio contra los inmigrantes que, según él, les sacaban empleo a sus compatriotas, ganó Donald Trump en EE.UU. aunque la explicación de su triunfo es más compleja.
El Brexit constituye a su vez, una situación similar en Europa que viene arrastrándose desde mucho antes. La teoría de las ventajas comparativas de Ricardo asumió otras facetas, superando el simple intercambio entre productos manufacturados y materias primas.

-Una tendencia impactante en Europa para justificar el desmantelamiento del Estado de bienestar es enunciar que hay una franja de población que no puede seguir “viviendo por encima de sus posibilidades” ¿qué rol asume el Estado en este paradigma?

El desmantelamiento de ese Estado en Europa comenzó con Margaret Thatcher y fue consensuado por gobiernos socialdemócratas y por la Unión Europea; pero en muchos países los ciudadanos se resistieron y lograron conservar parte de esas instituciones, aún en pie. Igual se avasallaron, según los lugares, derechos adquiridos en la posguerra. Hubo cambios en el sistema previsional, en la educación, con respecto al movimiento sindical, pero nunca en los extremos que se plantean hoy en la Argentina. Los Estados mantienen funciones anteriores de protección a la población y además parten de niveles de vida superiores a los de nuestro país. De todos modos, la ilusión del “socialismo real” se esfumó, mostrando sus peores facetas y dejando un vacío. Mientras, los que están viviendo por encima de sus posibilidades son los más ricos que no pagan impuestos y tienen sus riquezas en los paraísos fiscales. Las desigualdades sociales en Europa y en el mundo, como lo muestra Piketty, son cada vez más notorias.

-El mundo desarrollado impulsa una incesante desregulación que favorece la concentración financiera y la profundización de la desigualdad ¿qué condiciones hacen posible esta embestida contra los derechos de los trabajadores?

Los procesos de desregulación comenzaron en los 70 con la crisis del dólar y del petróleo pero también como respuesta a los movimientos radicales europeos del 68-69, y a los que se produjeron en Estados Unidos por la igualdad de los derechos civiles y contra la guerra de Vietnam. En los 90 culminaron con el fin de la “guerra fría”: la caída del muro de Berlín y del desgastado imperio soviético. A esto siguió el surgimiento de ideologías neoliberales que reclamaban la destrucción de las conquistas conseguidas por los trabajadores en la posguerra y la completa apertura en la economía mundial para los movimientos de capital y comerciales. Se culpaba de las crisis y de la llamada decadencia de occidente a los trabajadores y sus organizaciones sindicales, a los estudiantes radicalizados, a los intelectuales de izquierda (muchos de los cuales se pasaron rápidamente de bando), a movimientos de liberación en distintas partes del mundo y al terrorismo internacional. Los paraísos fiscales, el lavado de dinero, el narcotráfico, el libre tráfico de armas llenaron las primeras planas. En lo político, los Berlusconi y compañía, escandalosos por donde se los mire, y los movimientos neofascistas ganaron espacios de poder. Las finanzas se impusieron sobre la producción y la especulación sobre el trabajo real. Pero también surgió la amenaza del gigante chino planteando nuevos desafíos.

-Con el macrismo, Argentina es ofrecida para un comercio sin restricciones con países centrales que mantienen un alto proteccionismo ¿cuáles son las consecuencias de este intercambio para el desarrollo del país?

El macrismo se vio favorecido en parte, con estos cambios del punto de vista político, pero no advirtió que su filosofía librecambista, agroexportadora y de vuelta al endeudamiento externo no se daba en las mismas circunstancias en las que anteriormente se expandía el proceso de globalización y apertura de los mercados, con una mejora en los precios de los productos agropecuarios como parte de procesos especulativos de inicios del siglo XXI. Ahora esas políticas se ven jaqueadas por la desglobalizaciòn y el proteccionismo, por la baja de esos precios y por la mayor escasez de capitales externos, que se mueven sólo en lugares considerados seguros desde el punto de vista político y económico, que no es el caso de Argentina. De modo que en lo comercial padecemos un déficit externo creciente que no puede cubrirse con ese clima inversor adverso y con tasas de interés internacionales más altas. El precio a pagar es muy caro y nos lleva a crisis inevitables como en 1981 y el 2001, pero también como lo que sucedió en 1890, en la Argentina finisecular del modelo agroexportador.

-En su opinión ¿cuáles son las tramas de poder que se rearman y articulan constantemente para impedirle a Argentina salir del subdesarrollo?

En Argentina son las mismas de siempre, las que generaron en el pasado todos los golpes contra gobiernos populares que efectuaban medidas de defensa de nuestra soberanía y redistribución de ingresos.
Con todo, hubo cosas que no se hicieron anteriormente y podían haber impulsado cambios significativos. Por ejemplo, establecer controles a los capitales extranjeros que venían al país para que una parte de sus ganancias fueran reinvertidas aquí, reformar la Ley de Entidades Financieras y transformar por completo el sistema impositivo. Hubo medidas importantes como la supresión de las AFJP, la creación del Ministerio de Ciencia y Tecnología, el apoyo a las Pymes, la movilidad de salarios y jubilaciones, etc., aunque vemos ahora que no bastaron.
En consecuencia, la ausencia de algunas medidas económicas fundamentales le permitieron a los sectores tradicionales reciclarse, luego de ganar fortunas durante esos períodos con la mejora de los términos del intercambio; y ahora, gracias en parte a la presión de los medios y a viejos rencores del pasado consiguieron la frutilla del postre, alcanzar el poder político y repetir las experiencias fracasadas de los 70 y los 90.
Tres factores se conjugaron para la llegada del macrismo al poder: el avasallante empuje de los principales medios de información al servicio del neoliberalismo; debilidades del gobierno anterior tocado por la crisis de 2008 y sin preparar bien su propia sucesión ni hacer una sincera valoración de sus logros y de sus errores; y los aires de cambios que maduraban en el mundo y en la región en busca de recomponer espacios hegemónicos por parte de EE.UU. y las grandes potencias.

-¿Cuáles considera que deberían ser las políticas productivas para avanzar hacia el crecimiento con inclusión?

El núcleo duro debe ser la producción para el mercado interno, porque el externo está en un principio cubierto por la competitividad de nuestra producción agropecuaria. Pero pensar que sólo podemos vivir de sus frutos es retroceder a fines del siglo XIX, como en 1895, con un país de 4 millones de habitantes y 22 millones de vacas. Aun antes de ello en la discusión por la Ley de Aduanas de 1876, Vicente Fidel López, que defendía el desarrollo de una industria nacional, se atrevió a anticipar que “cuando tuviéramos 40 millones de habitantes…” – y hoy ya los pasamos- “no se ha de poder tener desiertos (o campos) para 240 millones de ganados”. Ahora el sector agropecuario puede alimentar en el mundo a 600 millones de habitantes pero eso no basta para mantener a la población actual del país.
Nuestro desierto es ahora la falta de una industria que de trabajo y provea de manufacturas al mercado interno. Ese debe ser el núcleo duro, por un doble motivo: por el lado de la producción, estimulando a la industria nacional, y por el del consumo, por una mejora de la condiciones sociales de la población, ambas se alimentan mutuamente. El mercado interno tiene que mantenerse y expandirse, para permitir a mediano o largo plazo la exportación de productos industriales en nuevos nichos tecnológicos, que se alimenten a sí mismos con sus propias divisas. Hoy con la informática y las telecomunicaciones es mucho más fácil si el Estado apoya. Por caso Finlandia, que creó los celulares Nokia y consiguió un nicho de importación importante o Canadá con su industria del frio, con artículos deportivos y maquinarias para el invierno.
La contrapartida, y ya lo dijo también López “es que somos deudores,… El 85% de los valores que producimos se invierte en pagar los transportes, las comisiones, los fletes de la marina extranjera, el capital y la renta de las fabricas”. Vicente F. López no era un vidente sino un patriota y hoy se vuelve a hacer lo contrario de lo que él afirmaba.
Entonces el problema es doble, por un lado, la necesidad de capital local, propio, mantener y defender sectores nacionales nuevos que quieran desarrollarse; y por otro, agregar a los productos tradicionales valores que no tienen. Un fuerte sector agroindustrial compitiendo en los mercados internacionales.
Por el contrario, la apertura completa de las importaciones destruye la industria local y los empleos; las políticas de ajuste en la administración pública y en muchas empresas reproducen la pobreza y el hambre que ya acecha a gran parte de la población. Lo mismo la marcha atrás con los derechos humanos, las políticas represivas. Va a ser difícil dar vuelta todo esto, pero ya se hizo luego de la dictadura militar y se volverá a hacer.
Franklin D. Roosevelt, el presidente norteamericano más progresista de la historia, en las elecciones de 1940, que no sabía si ganaba o perdía, decía que había que ser consciente que todas las cosas realizadas bajo su presidencia podían desaparecer de un día para el otro si los que representaban a la vieja derecha volvían al gobierno, de allí que se ganó el mote de “traidor a su clase” (el mismo venía de una familia muy rica). Por eso, el problema era darle estabilidad a las cosas que se hacían para que no puedan en lo posible ser destruidas.
De forma tal que, cuando un gobierno popular llega al poder, tiene que hacer más a fondo las reformas necesarias para que no puedan ser borradas de un plumazo. Aunque esto no puede garantizarse absolutamente. Por ejemplo, una de las cosas que se hicieron bien, la ley de movilidad de las jubilaciones, ya fue objeto de cambios aunque con mucha resistencia por parte de la población.

-En América Latina, la mayoría de los gobiernos viraron recientemente hacia la derecha con políticas en sintonía con el auge del neoliberalismo mundial ¿Cuáles son las causas y los cambios socio-económicos que habilitaron este giro? ¿Cuáles son las posibilidades factibles de su perduración?

Creo que el ejemplo reciente de América Latina, y en particular de su Cono Sur ha sido muy interesante, porque lo tomaron varios gobiernos de la región y hay que estudiarlo más a fondo. Tenemos que reivindicar ese proceso que llevó del Mercosur a la Unasur, inédito en la historia y que quieren destruir, como en Brasil y en Argentina. Es lo que de alguna forma deseaban los libertadores y ellos fueron corridos o eliminados por las oligarquías locales. Me refiero al exilio de San Martín o a la muerte misma de Bolívar y al rol de las oligarquías locales en cada uno de los países. Entonces es una lucha continua.
Sobre todo ese tipo de cosas tenemos que reflexionar, luego de gobiernos progresistas puede esperarse la revancha de las derechas. No sólo aquí sino en el mundo. Son tiempos en que existe, como ahora en Argentina y Brasil, un nuevo predominio del neoliberalismo. Pero también en el poder mundial aparecieron las figuras de Trump, por un lado y de Putin por otro, que son proteccionistas y quieren levantar las economías locales porque se dan cuenta que perdiendo sus economías pierden también sus gobiernos. Aunque no hay que engañarse, representan también proyectos hegemónicos. Nos enfrentamos ahora con otro tipo de problemas de la coyuntura internacional que vuelven a pasar más por los Estados, lo que no desmiente el poder del capital y sus agencias que hemos mencionado. Se abre una época más compleja.

-Entre las potencias del neoliberalismo para imponer nuevos sentidos, haber instalado esto de la “perversión del populismo” fue muy efectivo ¿cómo analiza esta situación en Argentina y qué debería producirse en el antineoliberalismo para generar una confrontación que devele los graves retrocesos que produce la acumulación capitalista?

Los que pervierten el sentido del concepto populismo son los que, al no poder hablar ya de fascismo o de comunismo, necesitan otro vocablo para asustar a la gente dándole un sentido que queda librado a la imaginación de cada uno. Así ocurrió, como lo estudié en detalle, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando desde la derecha o desde la izquierda stalinista se utilizó la expresión nazi-peronismo que no tenía nada que ver con la realidad y se quiso jugar aquí internamente a la guerra como en Europa, mientras lo que estaba en juego era un mejor reparto de los ingresos.
Creo que el gran problema de la Argentina no ha sido el vacío del desierto, sino la gran riqueza de recursos naturales que tuvimos gratuitamente y de la que se apropiaron pocos. A principios del siglo pasado en el Congreso, un senador dijo que el mejor ministro de hacienda que teníamos era la naturaleza, claro, la naturaleza para esos sectores que la tenían como propiedad.
El otro problema que hoy se discute viene por la migración que llegó a la Argentina. No vino como la canadiense que se transformó en propietaria de tierras entregadas gratuitamente y empezó a trabajar y a armar una clase media rural y urbana más moderna e influenciada por el ejemplo industrial de EE.UU. En Argentina llegaron para hacerse “la América” en forma independiente, sin reparto de tierras y subordinada a la agroexportación. La gran mayoría trabajó intensamente para abrirse camino por si mismos pero el destino de muchos que lograron asentarse fue funcional al modelo existente. Se produjeron sobre todo profesionales: abogados, contadores, médicos y en menor medida ingenieros, arquitectos y otros, con trabajos en su mayoría vinculados al aparato agroexportador. En tanto, los comerciantes se dedicaban a vender productos del campo o manufacturas importadas y las pequeñas y medianas industrias nacionales fueron una minoría.
Con todo, gran parte del mercado interno se abasteció con sus productos. Las grandes industrias creadas mayormente por extranjeros o corporaciones internacionales también lo abastecieron pero no generaron un desarrollo tecnológico diferente del tradicional. El sector agropecuario, a su vez, no se interesó e invirtió escasamente en el desarrollo industrial.
El mayor ascenso de clases medias se produjo con gobiernos en los que el Estado impulsó en forma explícita políticas de desarrollo, con mejor distribución de los ingresos y un empuje a la industrialización, aunque esta última, basada en la sustitución de importaciones tropezó siempre con problemas en el sector externo y en la creación de nuevas tecnologías y productos.
Por otra parte, la elite tradicional siguió trasmitiendo permanentemente sus valores. Al revés que en los Estados Unidos o en Canadá donde el compre americano o canadiense existieron muy pronto, los intelectuales de las elites dijeron siempre que todo lo extranjero era mejor en bienes e ideas. Es la vieja cuestión de civilización o barbarie; aquí lo que existía era la barbarie y tenían que traer la civilización de Europa. Una civilización que les permitía creerse europeos aunque vivían de sus rentas provenientes del campo argentino. Sin asimilar las transformaciones económicas que permitieron el desarrollo de los países que hoy comandan la economía mundial.
Me parece que este es un problema esencial del país y de su mentalidad, y parte de la clase media fue cooptada por esta ideología. Los gobiernos populares no lograron cambiarla porque tampoco lo tenían claro o pensaban que convertir a los trabajadores en clase media les garantizaba un apoyo para siempre. Y no lograron siquiera conformar una verdadera burguesía nacional dedicada a la industria.
A nosotros nos interesa saber por qué ocurrió esto sin que muchos sectores reaccionaran. Hubo errores de esos gobiernos pero la inestabilidad crónica del país, el famoso péndulo económico e institucional, que trajo la dictadura militar más cruel que tuvo la Argentina, y que inquieta a numerosos sectores de la población, fue en verdad provocado por la oposición a toda política social y de industrialización que no entra en los marcos de la civilización que pretende la elite tradicional (aunque con algunos apellidos cambiados) y sus socios externos, las multinacionales y el capital financiero.
Su interés está siempre en lo que viene de afuera, de modo que en el plano internacional no les importa una mayor autonomía. Están acostumbrados por su pasado a no tenerla siempre que puedan obtener mayores rentabilidades vendiendo sus productos en los mercados mundiales y tomando deuda a cargo del Estado para financiarse. Desde su vieja dependencia con el imperio británico. Pero esto genera falta de crecimiento, mayores desigualdades, déficit fiscal, procesos inflacionarios y en última instancia, nuevas crisis. El país tiene recursos para recuperarse pero no las clases dirigentes que su población merece. Esperemos que finalmente aparezcan.