La dinámica de lo calculado. Las dos canchas del fútbol tecnológico

Por Aldo Ternavasio

Al menos 170 millones de personas estuvieron al borde del infarto durante los aproximadamente 102 minutos que duró el enfrentamiento entre los seleccionados egipcio y argentino por los octavos de final del Mundial 2026. La principal causante del riesgo coronario fue, en buena medida, la tecnología. La tecnología, claro, pero también el corazón de ambos equipos. Aquí me ocuparé de la primera.

Que el deporte de alto rendimiento está cada vez más tecnificado es una verdad de Perogrullo. Pero conviene precisar los términos. Todo lo tecnológico es técnico, pero no todo lo técnico es tecnológico. El deporte no se vuelve técnico recién ahora: siempre lo fue. Hay un saber jugar —tácticas, estrategias, destrezas— y hay también equipamiento, reglas, superficies de juego, mediciones, instrumentos. Una pelota, incluso una de trapo, ya es una herramienta. Lo tecnológico, en cambio, nombra otra cosa: la captura de esa tecnicidad por sistemas complejos de cálculo, automatización, visualización, datos y capital. La hipermediación tecnológica del juego en el Mundial FIFA 2026 no llega a un terreno virgen: el fútbol ya está saturado de ciencia, cálculo y capitalismo desde hace décadas. A fin de cuentas, hablamos de algo que ya era técnico desde el comienzo, porque lo técnico es inherente a lo humano. Al menos, tal como lo entendemos ahora. La modernidad tiende a impregnar todo lo técnico con tecnología.

Lo que queda a la vista en este Mundial, si es que aún no estaba claro, es que el fútbol se juega en dos campos: el tangible y el intangible. Hay un partido de cuerpos y uno de datos, y ambos son dos caras de una misma realidad. La tecnología no elimina la ambivalencia del acontecimiento ni, por tanto, la decisión subjetiva. Pero esa subjetividad actúa dentro de límites objetivos impuestos por la propia tecnología. Aquí objetividad quiere decir métricas, cálculos científicos y procedimientos automatizados aplicados dentro de reglas arbitrarias y, como todo cálculo sobre lo real, con un margen de error. La tecnología desplaza ese margen —corre el arco, por decirlo de alguna manera—, pero no lo elimina.

Toda precisión es política. Siempre hay un margen que se puede discutir cuando la decisión se toma cerca de los límites del sistema. El partido de Colombia contra Portugal lo demostró: se anuló un gol colombiano porque un jugador estaba offside, literalmente, por la punta del dedo del pie. Se puede discutir si el VAR mejora o empeora el juego, pero no que, dentro de su propio margen de error, el jugador estaba en offside. Otras decisiones, en cambio, son menos concluyentes. La falta cobrada a un jugador egipcio al inicio de la jugada que habría terminado siendo el segundo gol africano pertenece a ese orden. Más tarde, la FIFA difundió un punto de vista inédito donde la infracción se veía con mayor claridad (ver imágen). Pero el ejemplo conserva su valor: muchas decisiones futbolísticas no son simples problemas de medición. Allí persiste no la ambigüedad sino la ambivalencia del hecho. Es la acción la que no es clara, no solo su representación técnica o su percepción. Todo fallo es político.

No me interesa entrar en la polémica sobre los intereses creados que pesan en el espectáculo deportivo ni sobre cómo jugó la tecnología en este partido. Después de ver cómo un equipo de fútbol, perdiendo 2 a 0 a los 79 minutos, hace tres goles como los que hizo la selección argentina, creo que se puede afirmar sin ser cínico que el propio partido le da al problema un marco futbolístico bastante clarificador. Dicho esto, paso a lo que sí me interesa.

El fútbol no representa lo que representa para millones de personas gracias a la tecnología. Al menos, no en el sentido que estoy abordando aquí. El vivo y directo, sostenido por una infraestructura satelital, submarina y digital, forma parte de la pasión por el juego. Pero esas tecnologías no parecen meterse dentro de la cancha, mientras que el VAR y el SAOT sí lo hacen. ¿Mejoran el fútbol? La discusión es infinita. A mi juicio, lo cambian. Modifican sus tiempos, introducen una dimensión tecnodeliberativa y alteran la unidad temporal del partido. Presente, pasado y, tal vez, futuro permanecen como insumos del juego que la tecnología activa o desactiva según nuevos criterios fijados por estas capacidades informáticas.

Pero no es lo único que modifican. También reformulan las condiciones económicas del espectáculo: la infraestructura necesaria, las formas de comercialización, los precios de las entradas, los contratos, las licencias y la tasa de ganancia de los capitales invertidos en el juego. Detrás del laberinto comercial que ya era el fútbol —contratos, pases, comisiones, esponsoreos— emerge otro laberinto tecnológico menos visible: patentes, licencias, hardware, software, datos. Allí también se juega el partido. Así, los cuerpos quedan cautivos de los cálculos. A la dinámica de lo impensado se le suma la de lo calculado. El verdadero botín de oro está en disputa. Y la fórmula no es casual. El fútbol tecnológico no produce solamente momentos épicos o grandes afectos colectivos. Produce datos. Datos del juego, de los jugadores, de los espectadores, de las apuestas, de los consumos, de los desplazamientos, de las formas de atención… Cada partido es también una máquina de extracción. Bajo la superficie visible del espectáculo se organiza una economía menos evidente, pero cada vez más decisiva: la economía de la predicción. Es, al mismo tiempo, una máquina de extraer riqueza produciendo incertidumbre y otra máquina que toma esa incertidumbre como insumo para extraer riqueza de la gestión del riesgo.

Qué se hace con los datos deportivos

El dato deportivo no vale solamente porque describe lo que ocurrió. Vale porque permite actuar sobre lo que todavía no ocurrió. Allí empieza la economía política de la predicción. Los datos del juego se desplazan de la cancha a una red de usos técnicos, médicos, comerciales y predictivos. Allí dejan de ser simples registros de lo ocurrido y se convierten en insumos para intervenir sobre lo que todavía puede ocurrir. El partido termina, pero sus datos siguen trabajando.

La historia no empieza con la IA. Antes de los modelos predictivos, los gemelos digitales y las cámaras de seguimiento, el deporte ya había conocido una primera gran disputa alrededor del dato. La película Moneyball lo mostró con claridad en el béisbol: un equipo pequeño, incapaz de competir contra los grandes presupuestos, encuentra en la estadística una manera de detectar valor donde el establishment deportivo solo veía defectos. Jugadores considerados raros, incompletos o poco elegantes podían volverse decisivos si se los medía con otros criterios.

Lo importante de esa historia no es la estadística en sí, sino la guerra por la percepción. El dato no solo describe mejor el juego: modifica qué se entiende por jugar bien. Separa la eficacia de la elegancia y el valor de la reputación. Por eso produce resistencia entre cazadores de talento, periodistas, agentes, gerentes y entrenadores formados en otro régimen de mirada. No estaba en discusión solamente una técnica de análisis, sino una autoridad: quién tiene derecho a decir cuánto vale un cuerpo deportivo. En el fútbol argentino, esa tensión encuentra una forma reconocible en la vieja oposición entre menotismo y bilardismo: jugar lo mejor posible o ganar sin que importe ninguna otra consideración. Pero también esa oposición puede ser capturada por el cálculo. La eficacia y la belleza, el resultado y la forma, pueden medirse, compararse y, eventualmente, combinarse.

Una vez que esa estrategia demuestra su eficacia, deja de ser una herramienta menor de los equipos pobres y pasa a ser absorbida por los grandes. La anomalía se convierte en método. La astucia del débil se vuelve infraestructura del fuerte. Allí aparece una lección central para pensar el fútbol tecnológico: toda innovación que permite encontrar valor oculto puede terminar reforzando el poder de quienes tienen más capacidad para capturarlo. Pero volvamos a los datos. ¿Qué se hacen con ellos?

En primer lugar, los datos sirven para arbitrar y visualizar el juego. Es el uso más evidente: líneas de offside, animaciones 3D, reconstrucciones de jugadas, repeticiones aumentadas, imágenes que ya no son simplemente imágenes sino visualizaciones técnicas de mediciones previas. Allí el dato aparece como garantía de justicia, aunque también como estética de precisión.

En segundo lugar, los datos sirven para entrenar. La IA convierte el partido en una superficie de lectura táctica y física: detecta regularidades, compara comportamientos, reconoce patrones colectivos y traduce el movimiento en hipótesis de intervención. Ya no se trata solo de mirar cómo juega un equipo, sino de modelar sus formas de presión, sus desplazamientos, sus zonas de desgaste y sus posibilidades de respuesta. El entrenamiento deja de apoyarse únicamente en la experiencia del cuerpo técnico y empieza a organizarse también alrededor de una inteligencia estadística que sugiere dónde ajustar, cuándo rotar, cuánto exigir y qué riesgo conviene evitar.

En tercer lugar, sirven para comprar, vender y tasar jugadores. El scouting contemporáneo ya no depende únicamente del ojo del entrenador o del representante. Los datos permiten comparar rendimientos, detectar promesas, proyectar potenciales, estimar riesgos y justificar inversiones. El futbolista conserva su cuerpo, pero pierde el monopolio sobre sus señales.

En cuarto lugar, sirven para producir relato. El dato no enfría necesariamente el espectáculo: también lo recalienta, lo multiplica y lo vuelve contenido. A partir de él se producen nuevas formas de narrar, visualizar y personalizar el juego.

En quinto lugar, sirven para apostar. Tal vez allí se vea con mayor claridad el carácter económico de esta infraestructura. Cada pase, cada córner, cada tarjeta, cada remate, cada cambio y cada minuto puede convertirse en insumo para cuotas, mercados en vivo, predicciones y microapuestas. El fútbol tecnológico no vende solamente el acontecimiento: vende también la posibilidad de apostar sobre su devenir. No es necesario recordar la injerencia que tienen en el deporte los tecnocapitales vinculados a las apuestas y sus funestas consecuencias sociales.

En sexto lugar, como se mencionó más arriba, sirven para vigilar la integridad del propio negocio. Los mismos datos que alimentan mercados de apuestas pueden usarse para detectar anomalías, patrones sospechosos, desvíos estadísticos o posibles arreglos. La infraestructura que intensifica el riesgo se presenta también como su solución técnica.

En séptimo lugar, sirven para cuidar cuerpos, o al menos para administrarlos. Los datos de carga física, fatiga, sueño, recuperación, aceleraciones, impactos o antecedentes médicos pueden alimentar modelos destinados a prevenir lesiones. Parece el uso más noble del cálculo: evitar que un jugador se rompa, regular esfuerzos, prolongar carreras. Pero también allí aparece la ambivalencia. Un cuerpo medido como rendimiento se vuelve también un cuerpo medido como riesgo. La lesión deja de ser solo un accidente posible y empieza a convertirse en una probabilidad administrable.

Por eso la IA cumple en este circuito una función decisiva. No es un suplemento menor ni una capa inteligente agregada desde afuera: es la maquinaria que clasifica, cruza, jerarquiza y proyecta los datos. Convierte trayectorias en patrones, patrones en probabilidades, probabilidades en decisiones y decisiones en negocio. El cuerpo corre una vez; su doble informacional sigue corriendo después, separado del jugador, fuera de la cancha, en una red de cálculos que ya no necesita del acontecimiento original para seguir produciendo valor.

El verdadero botín de oro no está en el dato bruto, sino en su capacidad de volverse infraestructura. Cualquier contingencia del juego puede transformarse en información y esta, monetizarse. El fútbol tecnológico ya no vende solamente el acontecimiento: vende también las condiciones técnicas para anticiparlo, modularlo y explotarlo.

El fútbol realmente existente es como la vida: patriarcal, xenófobo, avaro, codicioso, rentístico, explotador, extractivo. Nos ofrece una imagen compleja de lo que podemos esperar de las formas de vida tecnocapitalistas bajo el dominio de las oligarquías tecnológicas emergentes. También allí hierve lo plebeyo y, de tanto en tanto, alguien nos recuerda que la pelota no se mancha.

En ese punto, el VAR y el SAOT expandido —ver apéndice— importan menos como tecnologías arbitrales que como imágenes condensadas de una forma de vida. Nos muestran, con una claridad casi pedagógica —una pedagogía que es cualquier cosa menos liberadora—, que ya no habitamos un solo mundo. Vivimos al mismo tiempo en el mundo de los cuerpos y en el mundo de los datos.

El trabajador precario de plataformas y el genio deportivo parecen ocupar extremos opuestos de la vida tecnocapitalista: de un lado, la máxima desposesión; del otro, la máxima sofisticación técnica, económica y corporal. Sin embargo, ambos quedan inscritos en una misma reorganización de las relaciones entre capital, trabajo y cálculo. El pasado efectivo y los futuros posibles de los cuerpos quedan rodeados por un aura de información que el capital pretende leer con su propia clarividencia tecnológica.

El problema es que ese mundo aurático de datos ya no es secundario. No viene después de la vida para representarla, archivarla o explicarla. Interviene sobre ella. La rodea, la orienta, la puntúa, la ralentiza o la acelera. Produce condiciones de posibilidad. En el fútbol, el cuerpo juega dentro de una cancha visible, pero también dentro de una infraestructura invisible que calcula sus bordes. En la vida cotidiana ocurre algo parecido: nuestros cuerpos actúan en un espacio cada vez más atravesado por dobles informacionales, perfiles predictivos, rankings, historiales, patrones y modelos.

Esos dobles no son copias completas de nosotros. Son fragmentos operativos. Dividuales, según la cada vez más relevante formulación propuesta por Deleuze. Versiones parciales, dispersas y recombinables de nuestras conductas. No sabemos cuántas son, dónde están, quiénes las administran, quiénes las cruzan, quiénes las compran, quiénes las corrigen ni qué se decide a partir de ellas. La captura neurodigital no necesita conocernos en profundidad: le alcanza con producir suficientes regularidades para anticipar nuestros movimientos y organizar el campo en el que esos movimientos serán posibles.

De allí su poder más inquietante. No se limita a predecir lo que haremos: empieza a preparar el espacio para que hagamos aquello que predice. La predicción se vuelve performativa. Una profecía autocumplida sostenida por sistemas de recomendación, scoring, publicidad personalizada, vigilancia, precios dinámicos, segmentaciones, filtros y accesos diferenciales. Incluso cuando no encauza por completo la contingencia, baliza el espacio en el que la contingencia se produce. No elimina lo imprevisible, pero lo cerca. Y allí donde detecta lo liso, no lo suprime, genera un doble digital de él, pero ahora lleno de estrías.

Por eso el fútbol tecnológico no es una rareza del deporte contemporáneo. Es una imagen espectacular de una mutación más amplia. El partido de cuerpos y el partido de datos no ocurren solo en la cancha. Ocurren en la ciudad, en las plataformas, en el trabajo, en la educación, en la salud, en el consumo, en la política. Cada vez más, vivimos en la intersección de esos dos campos. En uno todavía pasan cosas. En el otro, esas cosas son convertidas en señales, probabilidades y decisiones: fábricas de lo posible que es necesario contrariar.

La pelota no se mancha; los datos, sí. La tarea popular de la política del siglo XXI consiste en descubrir cómo.

Apéndice técnico. Cuando el cuerpo se vuelve coordenada

La arquitectura de propiedad

Fuentes

• FIFA. “Semi-automated offside technology”. https://inside.fifa.com/innovation/world-cup-2022/semi-automated-offside-technology

• FIFA. “Faster offside decisions, more stable referee body cams and more analysis opportunities for teams: how innovation is elevating the FIFA World Cup 2026 experience”. https://inside.fifa.com/innovation/news/offside-decisions-referee-body-cams-innovation-world-cup-2026

• FIFA. “FIFA and Hawk-Eye Innovations establish joint venture to further develop football technologies”. https://inside.fifa.com/innovation/news/fifa-hawk-eye-innovations-joint-venture-football-technologies

• FIFA. “FIFA select Stats Perform as first official worldwide betting data and betting streaming rights distributor, including exclusive World Cup 2026 rights”. https://inside.fifa.com/tournament-organisation/commercial/media-releases/stats-perform-official-worldwide-betting-data-streaming-rights-distributor-world-cup

• WIRED. “Cameras, Sensors, and 3D Body Scans: All the Tech Helping Eliminate Blown Calls”. https://www.wired.com/story/world-cup-tech-helping-eliminate-bad-calls-var-sensors-3d-body-scans/

• Sony Corporation. “Sony Acquires KinaTrax, Inc. to Expand Its Sports Data Business into Player Performance”. https://www.sony.co.jp/en/news-release/202410/24-1016E/

• FIFPRO. “Charter of Player Data Rights launched for professional footballers”. https://www.fifpro.org/articles/2022/09/charter-of-player-data-rights-launched-for-professional-footballers

• Michael Lewis. Moneyball: The Art of Winning an Unfair Game. W. W. Norton, 2003.

• Bennett Miller, dir. Moneyball. Columbia Pictures, 2011.

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