Por una algorítmica plebeya

por Aldo Ternavasio
Si yo le pregunto al mundo,
el mundo me ha de engañar
Atahualpa Yupanqui
Una oveja eléctrica me contó este sueño. Necesitamos respirar. Lo transcribo. La inteligencia artificial —dijo— quiere modelar el mundo; Leonardo Favio, leído por Gonzalo Aguilar, recuerda que al pueblo no se lo modela: se lo fabula o se lo pierde. No es una oposición ingenua entre técnica y mito. Es algo más preciso. Allí donde la lengua de la IA habla de modelos, predicción, clasificación y entornos operables, el cine de Favio deja ver que el pueblo nunca comparece del todo como dato transparente. Comparece como leyenda, como identificación afectiva, como invención sensible. Si se quiere, como esa anomalía en los modelos que los programadores llamaron alucinación. Y eso importa hoy, cuando el capitalismo algorítmico sueña con volverlo todo legible.
Una algorítmica plebeya no sería, entonces, una versión benévola de las mismas máquinas que hoy organizan la extracción, la captura y la modulación de todo lo que nos afecta. Tampoco una fuga romántica del mundo tecnológico. Ese afuera no existe. O existe, pero es peor aún. Vivimos ya en el interior de infraestructuras que registran cuerpos, rutinas, afectos, recorridos y residuos conductuales. La cuestión política no es salir de la máquina, sino disputar la superficie de inscripción sobre la que opera.
Ahí la noción de archivo se vuelve decisiva. No como depósito, sino como máquina social. Eso es lo que permite pensar Andrés Tello: el archivo no guarda simplemente el mundo, lo organiza, lo clasifica, lo vuelve sensible según determinadas jerarquías. La IA contemporánea prolonga esa lógica a una escala inédita. Ya no sólo archiva documentos: archiva gestos, voces, deseos, hábitos, formas de atención. Una algorítmica plebeya tendría que empezar por ahí: no por moralizar el algoritmo, sino por disputar la máquina social del archivo que lo sostiene. Tello invoca el contrapoder cáustico anarchivístico. Una arquitectura anarvillística, podríamos pensar. Pero esa disputa sería abstracta si no se la pensara sobre su suelo real. Y ese suelo, como muestran Ignacio Gago y Leandro Barttolotta en esa breve pero indispensable pieza de activismo pensante llamada Implosión, no es una comunidad robusta a la espera de herramientas emancipadoras. Es una sociedad implosionada: cansada, saturada, atravesada por amarres frágiles, por rejuntes sostenidos más por la necesidad y el espanto que por una trama identitaria prêt-à-porter. La precariedad no es sólo carencia. Es un modo de lazo, un desacelerador químico de lo social, una guerra difusa que reorganiza tiempos, afectos y umbrales de percepción. Por eso una política de la técnica no puede imaginar sujetos ya constituidos que luego “usen” las máquinas. Tiene que preguntarse qué máquinas pueden colaborar con las conjuras mínimas que hoy sostienen la vida, en lugar de volverlas inmediatamente visibles, calculables y agotables.
Una algorítmica plebeya sería, en este sentido, menos una política del acceso que una política de la escucha, de la cartografía y del reensamblaje. No una aceleración de la visibilidad, sino una técnica capaz de registrar sin devastar, de sostener sin capturar del todo, de componer sin destruir la opacidad de lo que toca. Si la algorítmica dominante traduce toda intensidad a dato operable, una algorítmica plebeya tendría que abrir zonas de demora, de común, de cooperación no inmediatamente subordinada al rendimiento. No servir mejor a la máquina de archivo, sino desajustarla desde adentro.
Lo plebeyo no nombra aquí una esencia del pueblo. Nombra una posición en el socius: la de quienes son inscritos por protocolos que no gobiernan, clasificados por métricas que no deciden, convertidos en fuente de datos, trabajo y atención sin apropiarse de las infraestructuras que hacen posible esa captura. Una algorítmica plebeya sería el intento de invertir parcialmente esa relación. No destruir toda máquina, sino volverla reapropiable. No soñar con una exterioridad pura, sino construir comunes en el interior mismo del archivo: infraestructuras públicas, saberes compartidos, tecnologías cooperativas, dispositivos sometidos a decisión colectiva. Frente al valor de cambio jerarquizado del capital tecnológico, restituir el valor de uso guarango de las potencias incorporales de las formas de vida infames.
Y aquí Favio vuelve a ser decisivo. Porque recuerda algo que la lengua técnica olvida con facilidad: el pueblo no es una población administrable ni una suma de perfiles. No se reduce a preferencias observables ni a patrones de conducta. El pueblo comparece también como mito venidero, como memoria sensible, como potencia de fabulación. Cuando eso desaparece, lo popular se degrada en target, usuario, población expuesta o material de entrenamiento. Lo popular no se divide sin cambiar de naturaleza. Una algorítmica plebeya tendría que guardar lugar para ese resto irreductible: para lo que no se deja modelar sin retornar a sus pasiones informe. Aguilar lo muestra muy bien cuando lee en Favio una relación con el pueblo que pasa menos por la verdad documental que por la fábula, la identificación y la invención de una imagen común.
Tal vez pueda decirse así, de la forma más simple: una algorítmica plebeya sería una política anarchivista de los sistemas algorítmicos sobre un suelo social implosionado. No una técnica redentora, ni una pedagogía de adaptación, ni una retirada impotente. Más bien una práctica de desajuste, reapropiación y reensamblaje de las máquinas que hoy organizan registros, afectos y mundos posibles. Un hacinarse vectorial modulado por Transformers®¹ villeros. Allí donde el capital algorítmico quiere un archivo integral de la vida, una algorítmica plebeya abriría zonas de opacidad, de conjura y de fabulación. Zonas en las que la técnica deje de ser exclusivamente un dispositivo de captura y pueda volverse, aunque sea parcialmente, soporte de cooperación y producción de mundo.
Es el sueño que la oveja eléctrica me contó.
- Tecnología desarrollada por Google en 2017 que permite a los modelos «prestar atención» a las partes importantes de un texto extenso y «memorizarlo». Fue la clave para el desarrollo de los grandes modelos de lenguaje como los de ChatGPT, Gemini, Claude, etc.
