Cuidado con desear revelaciones porque podrías obtenerlas

por Aldo Ternavasio

Voy a hacer dos revelaciones y ningún spoiler. Aquí va la primera: en El día de la revelación, la última película de Spielberg, no hay ninguna revelación. Y ahora la segunda: en ningún mundo posible esto debería ser una revelación. No necesito hacer ninguna referencia a la trama para decir lo que quiero decir. No obstante, creo que tampoco tendría importancia. Cualquier persona de más de 12 o 13 años puede considerar su propia vida un spoiler de El día de la revelación. Ya sabe todo de la película. Ya conoce todos sus giros y sus pretendidos secretos. Pero claro, es Spielberg y siempre, o casi siempre, nos deja algo para dar una vuelta de tuerca.

Yo diría que esta es su verdadera película sobre el cine. Hay extraterrestres, lo sabemos, pero más que en cualquier otra de sus películas aquí se habla del cine. Y la conclusión es la misma. No hay revelación, no importan las vueltas que le demos. La película puede emocionar y entretener o no. Eso es medio azaroso. No tiene demasiada importancia. A mí, por momentos, me entretuvo y me emocionó. No mucho. Pero sí algo. Quizás lo que más me impresionó es hasta qué punto los pómulos de Emily Blunt llaman a lo extraterrestre. No lo había notado.

Por supuesto, la lectura alegórica siempre ofrece oportunidades. Hay todo un campo de referencias que se podrían relacionar con la IA. Algo o alguien, o ambos, sabe de nosotros más que nosotros. Algo en ese saber erosiona el suelo mágico donde alguna vez se apoyó el cine. Este cine, por supuesto. Hay otros. Este, el cine que todavía necesita que creamos que hay algo que se esconde detrás de la puerta, tal como nos explicó alguna vez Serge Daney con una claridad que ya no es de este mundo. Podríamos ensayar esa lectura y me parece que no estaría muy desencaminada. Pero realmente no sé si vale la pena. Porque sería, de alguna retorcida manera, una forma de seguir creyendo que ese suelo ilusorio sigue allí. Y lo que la película grita a los cuatro vientos sin querer hacerlo es que ese suelo ya no está ahí. Y cada vez que cree encontrarlo, se desvanece en cuanto queremos hacer pie en él.

La misma película hace un diagnóstico, pero sin haberlo buscado. En este mundo, al borde de la tercera guerra mundial, en el que las corporaciones son, en el mejor de los casos, un Estado paralelo, y en la mayoría, un señorío feudal, ya no hay lugar para la ilusión spielbergiana por excelencia: aún hay razones para creer en este mundo. Un extraterrestre ya no puede obrar como la epifanía de la creencia. La nostalgia de la parejita, del nene de celeste y la nena de rosa, tampoco. Simplemente, ese juego se acabó. La historia de este cine, que aún entretendrá y emocionará —sin dudas—, ya es parte de la historia de la fisiología neuronal. No del cine. Si el cine aún tiene una relación con la historia, con la suya y con las otras, no es este cine.

Como lo diagnosticó Deleuze, hace unos 80 años que el cine no tiene razones para creer en este mundo. Y eso es —no uso el pretérito perfecto por gusto— el cine moderno. Creer en un mundo en el que no tenemos razones para creer. Fue lo que quedó después de la Segunda Guerra Mundial. Un espíritu bienintencionado podría haber dicho: después del fascismo. Pero, justamente, si Deleuze y Guattari tienen alguna importancia hoy, es porque mostraron que el fascismo no se fue y que el fascismo molar, como lo llamaron, fue relevado por otro molecular, propio del capitalismo liberal y sus nada liberales derivas.

Si el neoliberalismo dejó un margen para seguir creyendo, si no en la magia del capitalismo, sí en la del cine, ese margen se ha evaporado en un universo capitalista sin exterior aparente, en el que hasta los extraterrestres ya se nos presentan como trabajadores precarios de una maquinaria de merchandising cósmico consagrado a la acumulación de capital. El cinismo es el tono dominante de las culturas terrícolas. Jean Baudrillard, que algo sabía de cinismo, nos preguntaba qué íbamos a hacer ahora que la orgía había terminado. La orgía del consumo. Pero la imagen de la orgía ya no es otra cosa que una opción más en los mil géneros pornos que ofrecen sitios gratuitos como Pornhub. La idea de un después de la orgía ya no tiene ninguna relevancia.

Tal vez por eso pequeñas películas como Backrooms triunfen donde Spielberg fracasa. Es por el intervalo, por lo liminal, que las imágenes aún pueden inquietarnos. Ni terrícolas ni extraterrestres, cuasi terrícolas, cuasi lugares abandonados en cuasi mundos. Backrooms hace algo que ningún Spielberg puede hacer. Les enseña a los adolescentes que una imagen tiene una potencia —y un peligro— que las historias no pueden reponer, porque son imágenes de un mundo sobre el que ya no quedan razones para creer. El cine de nuestra época comienza con esa constatación. Las carcajadas o el llanto, la alegría, el pánico o la banalidad comienzan allí. Lo demás son imposturas. No todas las generaciones están dispuestas a hacerse cargo de ella.

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