El que piensa (se) pierde. Resistencia e IA

Por Aldo Ternavasio
Hemos encontrado fragmentos, pero todavía no la totalidad. Aún nos falta esa fuerza final, porque no hay un pueblo que nos sostenga. Pero buscamos un pueblo. Empezamos allí, en la Bauhaus; empezamos con una comunidad a la que cada uno de nosotros entregó lo que podía dar. Más que eso no podemos hacer.
Paul Klee
No hay obra de arte que no haga un llamado a un pueblo que no existe todavía.
Gilles Deleuze
En los últimos años comenzaron a multiplicarse estudios sobre los efectos del uso de inteligencia artificial generativa en la escritura, la creatividad y el aprendizaje. Algunas investigaciones señalan que la IA mejora con facilidad la superficie visible de los textos: los vuelve más claros, más ordenados, más correctos, incluso más agradables de leer. Un estudio de Anil Doshi y Oliver Hauser, por ejemplo, mostró que los relatos escritos con asistencia de IA podían ser evaluados como más creativos y mejor escritos, especialmente en el caso de participantes que partían de menores niveles de creatividad. Pero el mismo estudio señalaba el reverso del fenómeno: cuando muchos escriben asistidos por sistemas semejantes, los textos tienden a parecerse más entre sí. La IA aumenta la eficacia expresiva individual, pero puede reducir la diversidad colectiva de lo producido.
Otros trabajos ponen el acento en los costos cognitivos de esta asistencia. Un estudio de Microsoft Research y Carnegie Mellon sobre trabajadores del conocimiento sostiene que el uso de IA generativa no elimina el pensamiento crítico, pero sí modifica su lugar: muchas veces reduce el esfuerzo dedicado a formular, organizar o resolver una tarea, y desplaza la actividad hacia la supervisión, la verificación o la corrección del resultado. En la misma línea, el muy discutido estudio conocido como Your Brain on ChatGPT sugirió que quienes escribían ensayos con asistencia de ChatGPT mostraban menor involucramiento cognitivo, menor recuerdo de lo escrito y menor sensación de autoría que quienes escribían sin herramientas o con ayuda de buscadores. El estudio debe leerse con prudencia, porque sus resultados son preliminares y han recibido objeciones metodológicas, pero aun así ofrece una imagen elocuente del problema: la IA no sólo modifica el producto de la escritura, también puede modificar la relación del sujeto con el proceso que lleva a escribir.
En conjunto, estos estudios parecen advertir sobre una transformación ambigua. La IA puede mejorar la redacción, acelerar la producción de textos, facilitar la organización de argumentos, sugerir alternativas, corregir errores y hacer más accesible una práctica que para muchos estudiantes resulta difícil o intimidante. Pero esos mismos beneficios pueden volverse problemáticos cuando la asistencia sustituye el rodeo, la demora, el error, la búsqueda propia y la apropiación singular de una idea.
Hay algo por lo menos paradójico. Lo que se percibe —a mi juicio, con toda razón— como un problema generado por la introducción de la IA en la formación universitaria y en la producción de conocimiento no deja de ser, en muchos sentidos, lo que se presenta(ba) como un paradigma de “eficiencia” y de seriedad científica en general: claridad de lo que se comunica, transparencia de la forma en la que se lo hace, minimización de los márgenes para desvíos subjetivos, utilización de fuentes reconocibles, repetibilidad de procesos, experimentos y razonamientos, entre otras prácticas consideradas saludablemente científicas. Desde luego, en el centro de esa salud está la utilidad de lo producido, su potencial comercial y su capacidad de producir patentes.
Es fácil discernir estos rasgos en las zonas del saber más directamente relacionadas con el mercado, las ciencias llamadas duras y la tecnología. No obstante, si nos detenemos un instante en el funcionamiento universitario en su conjunto, encontraremos lógicas idénticas. La formulación, evaluación y ejecución de proyectos de investigación responden inequívocamente a esa lógica productivista y cuantitativa.
No pretendo simplificar el problema. Todo esto tiene su racionalidad y sería muy contraproducente romantizar las prácticas educativas y la producción de conocimiento. Pero, justamente, ahí está el punto que debemos tener claro. Si hay cierta racionalidad en la manera en que funcionan estas instituciones, es porque ya hemos aceptado un conjunto de formas de vida que dependen de ellas.
Dicho esto, sintetizo lo que quiero proponer. La IA funciona como la materialización objetiva de lo que ya es nuestra relación hegemónica —no sé de qué otra manera decirlo— con la inteligencia. Es notable que algo que podría parecer evidente no sea, sin embargo, lo que nuestra percepción de la IA termina verificando: que, lejos de pensar por nosotros, nos facilita un margen para poder pensar más. Llevar más lejos una intuición, partir de una mejor identificación de los presupuestos implícitos de nuestras ideas, desplegarlas todas las veces que sean necesarias favoreciendo el ensayo y error, la exploración de callejones sin salida…
La IA favorece, al menos conjeturalmente, todas estas posibilidades. Y parece ser —y lo digo así porque no estoy seguro de que lo sea— que el uso realmente existente de la IA produce lo contrario. Bueno. La conclusión creo que se impone. En el mundo en el que vivimos, es decir, en esta suerte de mercado hiperexpandido que va desde la extracción de minerales estratégicos hasta el sexo por plataformas, nada de lo que describí como potenciales de la IA garpa.
La lentitud, los tiempos no gestionables, la singularidad de la experiencia vivida simplemente son, en la práctica, estrategias perdedoras que, de una forma u otra, son marginalizadas por nuestras formas de vida también realmente existentes. Y si hay un emblema muy elocuente de esta encrucijada, creo, bien podría ser la obra de Byung-Chul Han o, mejor dicho, su recepción, que hizo de todo lo que contraefectúa las formas de vida neoliberal un exitoso producto neoliberal. Sabiduría ancestral de escala, como se dice mercados de escala.
Lo que quiero decir con esto no es que la IA esté exenta de problemas. De hecho, si retrocedemos un paso y vemos el contexto de la IA, es imposible no ver un futuro inmediato funesto. De todas las cosas que hay para decir de este futuro inmediato funesto, tal vez la menos importante sea la que estoy por decir. La menos importante, es verdad, pero tal vez por eso, muy elocuente. En parte, que nos encaminemos hacia un futuro inmediato funesto está íntimamente relacionado con nuestra incapacidad de pensar un valor de uso de la inteligencia que escape a los servilismos voluntarios que parece generar la IA.
Puede que yo sobredimensione aspectos elusivos de la inteligencia que me parecen políticamente imprescindibles porque, en última instancia, provengo de las artes visuales tecnológicas y más recientemente de la poesía y no de las ciencias sociales. Gilles Deleuze repitió hasta el hartazgo, casi como una invocación, la frase de Paul Klee, admirado también por Benjamin: el pueblo que falta. En los textos de Deleuze esa frase adquiere un espesor que no podemos reponer sólo con ella. No, al menos, de manera filosófica o científica. No hay obra de arte que no haga un llamado a un pueblo que no existe todavía, dice Deleuze, en una famosa charla para estudiantes de cine. Y luego agrega que “sólo el acto de resistencia resiste a la muerte, sea bajo la forma de obra de arte, sea bajo la forma de una lucha de los hombres. Y ¿qué relación hay entre la lucha de los hombres y la obra de arte? La relación más estrecha y para mí la más misteriosa.” Misteriosa o no, algo es cierto: el pueblo que falta es hoy el pueblo que haría otra cosa con la tecnología. Es notable que este problema esté tan fuera de la agenda crítica. Continurá…
Estudios mencionados
Anil R. Doshi y Oliver P. Hauser, “Generative AI enhances individual creativity but reduces the collective diversity of novel content”, Science Advances, 2024: https://www.science.org/doi/10.1126/sciadv.adn5290
Hao-Ping Lee, Advait Sarkar, Lev Tankelevitch, Ian Drosos, Sean Rintel, Richard Banks y Nicholas Wilson, “The Impact of Generative AI on Critical Thinking: Self-Reported Reductions in Cognitive Effort and Confidence Effects From a Survey of Knowledge Workers”, Microsoft Research / Carnegie Mellon, 2025: https://www.microsoft.com/en-us/research/publication/the-impact-of-generative-ai-on-critical-thinking-self-reported-reductions-in-cognitive-effort-and-confidence-effects-from-a-survey-of-knowledge-workers/
Nataliya Kosmyna et al., “Your Brain on ChatGPT: Accumulation of Cognitive Debt when Using an AI Assistant for Essay Writing Task”, 2025: https://arxiv.org/abs/2506.08872
La charla de Deleuze está aquí: https://lobosuelto.com/que-es-el-acto-de-creacion-gilles-deleuze/
