Perder el tiempo

por Aldo Ternavasio
1. ¿Qué quiere decir perder el tiempo? La sola formulación de la pregunta ya parece una pérdida de tiempo. No pienso embarcarme en la laboriosa búsqueda de una respuesta útil, productiva. Aclarado esto, voy a pasar, como quien dice, a matar dos pájaros de un tiro: voy a perder el tiempo. A fin de cuentas, tal vez sea lo que se me da mejor.
Encontré un indicio importante que podría estar indicando que soy algún tipo de entidad artificial —chocolate por la noticia: quién no lo es—. Probé algunos textos míos en detectores de IA y me diagnosticaron un altísimo porcentaje, casi el 70% en un caso, de escritura automática. Si las instituciones universitarias los usan, estamos en serios problemas.
Leí que en algunas publicaciones académicas exigen que se aclare si se usó IA y con qué finalidad. Por ejemplo, fórmulas como: “este texto fue revisado y corregido con IA” o “las hipótesis de esta investigación fueron desarrolladas con asistencia de inteligencia artificial”. El ideal científico de transparencia asume así una función pastoral y se nos pide una confesión. No digo que el problema no sea espinoso. Pero hay algo problemático en todo esto. Está el problema epistemológico: ¿podemos confiar en ideas y proposiciones generadas con IA? Y está, un poco barrido bajo la alfombra epistemológica, el problema ontológico: ¿qué es la autoría? De este se desprenden varios problemas. Entre ellos, tal vez los más sensibles sean estos: ¿qué es la autoridad y quién puede detentarla?
2. El problema del uso de IA comienza a parecerse, en uno de sus tantos aspectos problemáticos, al del antidoping en los deportes. Digamos que si presento un artículo hecho con asistencia de IA obtengo una ventaja sobre quienes no la usaron. Puedo hacerlo más rápido y revisar muchas más fuentes, por lo que el texto resultante —si el trabajo se hizo seria y responsablemente— seguramente será “mejor” que si no hubiera usado IA. Y esto es un problema porque la producción de conocimiento, como todo en nuestras vidas neoliberales, está organizada como una gran competencia. De ahí que me parezca sintomático el ideal de transparencia expresado en la confesión: se usó IA.
3. Hace unos días se viralizó el caso de un concurso de cuentos en lengua inglesa. La revista Granta publicó los relatos ganadores del Commonwealth Short Story Prize y uno de ellos, The Serpent in the Grove, de Jamir Nazir, ganador de la región Caribe, fue denunciado por numerosos lectores y escritores como un texto presuntamente generado con IA. Según circularon en redes y en varios medios, algunos detectores lo marcaron como producido por inteligencia artificial. Después aparecieron sospechas sobre otros ganadores regionales. No está claro qué ocurrió. Y tal vez eso sea lo más interesante del caso: no está claro qué habría que demostrar, ni quién podría demostrarlo, ni con qué instrumentos.
Lo que tampoco quedaba claro era si las objeciones apuntaban a la “calidad” del cuento, a la legitimidad de la autoría o a ambas. Pero, sobre todo, lo que no está claro es qué quiere decir escribir con IA.
En el caso de los docentes universitarios, como es el mío, se supone que debemos ejercer nuestro poder de policía y detectar si una tarea encomendada a un alumno fue realizada por él o por una IA. Tenemos que validar un saber y poner a prueba la adquisición de algunas competencias: la capacidad de argumentar, la de expresar ideas, la voluntad de originalidad, la consistencia de las fuentes, etc. Claro que también podríamos evaluar la capacidad para usar IA. Las razones para no hacer lo último e insistir con lo primero comienzan a multiplicarse en cuanto echamos una mirada bajo la alfombra. Aparecen problemas potencialmente serios. Por ejemplo, la pérdida de capacidades cognitivas.
4. Algunos estudios sugieren que delegar tempranamente ciertas tareas cognitivas —¡pero la IA no piensa!— podría afectar el desarrollo de las facultades necesarias para realizar esas mismas tareas. No me parece descabellada la conclusión. Todos tenemos la experiencia de ir perdiendo ciertas capacidades cuando dejamos de usarlas y, por otro lado, es evidente que nuestras vidas están soportadas por infinidad de recursos tecnológicos que ni conocemos ni estamos en condiciones de comprender. Somos altamente dependientes de la tecnología. Así que una nueva dependencia no debería sorprendernos.
5. Sea lo que sea el ejercicio de la inteligencia, bien podría ser algo que ya no podemos hacer sin asistencia de la tecnología. La inteligencia, ¿no es la tecnología por defecto? Surge una pregunta evidente. ¿No viene siendo así desde hace tiempo? ¿Desde cuánto? ¿Y lo que estoy intentando decir no está ya, de alguna manera, modulado por mil experiencias con dispositivos técnicos?
Supongamos que lo que hago mientras escribo es pensar. ¿Lo estoy haciendo realmente solo? Se dice hasta el hartazgo que los grandes modelos de lenguaje sólo se limitan a calcular la probabilidad más alta para la próxima palabra. Si bien esto puede ser técnicamente exacto, creo que es intelectualmente errado. Por qué. No sé. O mejor dicho: porque no sé. Qué es lo que no sé. No sé cuál será la próxima palabra en mi argumento. Realmente no lo sé. Es decir, antes de que aparezca en mi flujo de conciencia la palabra “realmente”, no sabía que iba a usarla. Yo nunca sé lo que voy a decir hasta que lo sé. Y sé que lo sé porque encuentro lo que voy a decir. Cuando eso ocurre, pienso que sé lo que quiero decir. Pero da igual que lo piense primero y después lo diga o que, simplemente, como cuando charlamos o damos clase, vaya encontrando lo que “quiero decir”. Yo siempre encuentro lo que quiero decir, pero, por decirlo de alguna manera, nunca estoy ahí cuando algo pone la palabra que yo encuentro.
A ese algo que pone las palabras que yo encuentro bien podríamos llamarlo eso. En eso que pone las palabras que digo o escribo —estas, por ejemplo— claramente no estoy yo y, por otro lado, sin dudas soy yo el que las dice. He de hacerme cargo de lo que digo.
6. El principio jurídico que establece que no se puede alegar desconocimiento de la ley se aplica, antes que a cualquier otra cosa, a la responsabilidad por lo que hacemos y decimos. Para parafrasear la célebre sentencia de Sartre, somos lo que hacemos con lo que el lenguaje hace de nosotros. Y, de hecho, es un problema que compartimos con las máquinas.
7. Cada vez es más claro que las corporaciones que monopolizan los grandes modelos de lenguaje son responsables de lo que sus modelos dicen. Se me objetará que es la persona jurídica y no la IA la responsable. Y es verdad. Pero lo que parece igualmente verdadero es que diferenciar ontológicamente entre persona jurídica, infraestructura corporativa e IA ya no es tan sencillo. Una cosa es el razonamiento jurídico y otra el ontológico. El “eso” que ordena las palabras en nuestro pensamiento o en las máquinas quizás tenga mucho más en común de lo que nos gustaría. Y es notable que esto no parezca evidente porque, ¿cómo podría ser de otro modo? A fin de cuentas, la IA no es una entidad extraterrestre, no es un hongo que creció después de una lluvia de verano ni la mutación de una planta que floreció por primera vez. Somos nosotros, sin nosotros, ante nosotros. Es eso. Nada más y nada menos que eso.
Nada de esto tendría importancia —si es que la tiene— si no nos resultara tan problemático vivir con la mochila de tener que lidiar con que Yo es “eso”, con permiso de Rimbaud, y con que el corazón de lo humano no es algo humano.
8. Máquina, hongo, animal o vegetal, algo pone las palabras en nuestro camino. No ser nosotros es lo que nos hace nosotros. Así que si algo nos está haciendo más estúpidos es posible que no sea la IA. Si un alumno universitario, al menos hablo por las humanidades, resulta con cierta atrofia cognitiva por usar IA —y no estoy afirmando que eso ocurra necesariamente—, quizás esa atrofia no haya sido producida por la IA, sino por un mundo que ya venía organizando las condiciones para que pensar importara cada vez menos. La única razón para pensar menos y no más al usar IA es que vivimos en un mundo en el que no garpa pensar. Garpa la solución, el resultado, la competencia. No necesitamos la IA para darnos cuenta de que este mundo no sólo es horrible. Claramente, es inviable.
9. Por eso, creo que la única pregunta realmente ineludible a la que nos enfrenta la IA, la que tiene que ver con las atávicas luchas humanas, las que hacen que personas pacíficas tengan que matar o morir, es esta: qué sociedad permite que lo que es común a ella sea apropiado y convertido en propiedad privada, luego en capital, es decir, consagrado al lucro. Esa forma de vivir es lo que nos está aniquilando: reduciendo a nada.
Pero todo este intento de hacer algo con las palabras que eso ordena no puede no ser más que tiempo perdido. Las cosas son así. Vivimos bajo la violencia de esta paradoja: perder el tiempo es lo único que nos da algo de tiempo. El resto se lo llevan los dueños.
