Ensueño blanco sobre vigilia blanca. Cecilia Luján en Lateral

Ensueño blanco sobre vigilia blanca. Cecilia Luján en Lateral

Por Aldo Ternavasio

El nombre «Suprematismo piquetero» asume un riesgo doble: el de la banalidad y el de la estupidez. Banalizar el arma de última instancia de quiénes ya lo perdieron todo y, al mismo tiempo, extraviar las ideas, sin duda militantes, de Kazimir Malévich. Pero creo que sólo corriendo ese riesgo podremos serle fieles a ambos. Y, sobre todo, a la obra de Cecilia Luján. Porque, a fin de cuenta, ¿cuánta adversidad debe soportar una vida como la de, por ejemplo, Cecilia (aquí, en Tucumán, ahora, en 2018), para ser fiel a una sensibilidad artística que no se resigna a asumir el designio de despojo con el que este mundo nos amenaza a (casi) todos?

Los piquetes se hacen con cosas cualquiera, cosas que obstruyen. El arte se hace con “la supremacía de la sensibilidad pura”. Pero este siglo ya no es el de Malévich ni el de Lenin, sino el del Guggenheim de Gehry y el de los piquetes de 2001. El guante que nos arroja nuestro tiempo está vuelto hacia afuera. Un Malévich a la vanguardia de la percepción clamaba arriesgadamente en su manifiesto de hace casi 100 años, que “los problemas del arte, los del estómago y los del sentido común están muy alejados unos de otros”. Ahora, por el contrario, estamos obligados a ver arte viendo en él solamente distancias insalvables. Son ellas, justamente, si queremos ser fieles al arte y al piquete, lo que debemos dejar de ver. Pero debemos hacerlo sin caer en la tentación de renunciar a uno u otro. Se trata de saber qué nos golpea cuando dejamos de ver. Si pudiésemos hacerlo, podríamos saber qué es lo que no vemos en obras como la de Cecilia o en emprendimientos como los de Lateral: que quizás el arte, el hambre y el sentido (de lo) común, con la misma sensibilidad, luchan hoy contra el mismo enemigo. El problema es que ya no se nos permite dejar de ver. Sólo se nos permite dejar de saber.

Por eso, no podemos politizar el arte sin correr aquel doble riesgo, el de la banalización y el de la estupidez, que siempre es el riesgo de conectar lo evidentemente separado: la perentoriedad del piquete, la “supremacía de la sensibilidad”. Entonces, nuestro desafío no pasa, antes que nada, por lograr ver. Sino por lograr ver después de que nos haya golpeado algo que no vemos. Pero ¿lograr ver qué? Lograr ver que sabemos que no vemos lo que nos golpea. Y como sólo tenemos este aquí, este ahora y este nosotros, nos guste o no, el arte no será nada —ni será nuestro—, si no corremos ese riesgo. Porque para nosotros no existe otro arte que no sea un arte impropio. Para todo lo demás…, existe el Guggenheim de Bilbao. Pero lejos de allí, aquí y ahora, algo de ese algo que desconocemos, nos confronta. Tanto en el sentido de la belleza que la obra de Cecilia resguarda en las formas hechas de cosas cualquiera, como en la invitación a ocupar un lugar lateral que tenazmente se resiste a normalizarse.

Repetir a Malevich implica asumir que a la época no se la confronta produciendo simplemente imágenes artísticas, sino también, y gracias a ellas, pensando furtivamente ideas de arte. Y furtivamente quiere decir haciendo piquete. Entonces, habrá que hacer piquetes, cortar miradas, sabotear ideas para poder ver que sabemos que no vemos. Aunque sean piquetes infinitesimales, cortes incruentos o sabotajes inciertos. Porque hasta el más mínimo piquete que nuestra imaginación pueda concebir, hasta un inocuo piquete blanco sobre un invencible fondo blanco, seguirá siendo un piquete mientras enfrente el mandato de la soledad con la solidaridad propia de las cosas y los lugares comunes. Aun si no lo podemos ver. Aun si no lo podemos saber.

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