La economía de la crueldad. Poder Judicial y Mass Media como «obras públicas»

La economía de la crueldad. Poder Judicial y Mass Media como «obras públicas»

por Aldo Ternavasio

 

A mi modesto y crispado entender, el affaire de los cuadernos debería llevarnos nuevamente a la misma conclusión de siempre. El financiamiento de la política sólo puede aparecer hoy como el principal problema de las democracias latinoamericanas porque se ha naturalizado el comportamiento del Poder Judicial, principal soldado del predador natural de la soberanía popular, el capital informacional (si se me permite tal expresión). Es decir, si se naturaliza el orden jurídico de facto instrumentado desde el poder judicial.

Financiar la política quiere decir dos cosas. Financiar aparatos territoriales y aparatos comunicacionales, ya sea para elecciones o para gestión. Tanto el territorio como los votantes dependen indirecta y directamente de la influencia de los media. Entonces, financiar la política es, principalmente, alimentar la voracidad de la corporación comunicacional. Las sociedades contemporáneas, en distintas medidas, seguro, son sus rehenes. Por eso, para multiplicar la tasa de transferencia de riquezas de pobres a ricos fue necesario derogar la Ley de Medios y aceptar la fusión Clarín y Telcom creando un monopolio mediático casi sin precedentes en el mundo libre. Los resultados están a la vista. Basta echar un vistazo a la economía argentina actual para advertir el alcance del obsceno y vil enriquecimiento de un puñado de personas (muchos de ellos son funcionarios de Cambiemos). Cualquier política «estatal» que se proponga llevar adelante reformas que afecten, aunque sea mínimamente, esta lógica de concentración de la riqueza y, por tanto, este orden de jerarquías sociales que asignan derechos y recursos (quiénes pueden estudiar, jubilarse, acceder a servicios médicos básicos, descansar, etc., etc.), deberá enfrentar al menos dos desafíos. Torcer el brazo el lobby del poder real (guerra de aparatos), lograr la legitimación pública de sus políticas (guerra de discursos). Obviamente, ambas se imbrican.

La organización territorial popular podrá desactivar los aparatos territoriales clientelares y/o profesionales (que en muchos casos son independientes respecto de los partidos políticos) sólo a fuerza de autoorganización. Cuesta creer que esta autoorganización pueda emerger y sostenerse espontáneamente cuando los agentes de ésta, no gozan de derechos y de situaciones materiales mínimamente aceptables. ¿Cómo crear una cultura de masas de la autoorganización política sin medios de comunicación? ¿Puede el activismo por sí mismo masificarse de tal forma que pueda contrariar las construcciones subjetivas impulsadas por los media y los aparatos partidarios? ¿Puede el Estado cumplir algún rol en esta construcción popular?

Incluso un aparato partidario reformista se ve obligado a afrontar la creación de una cultura de la militancia que contraefectúe, en desiguales medidas, las subjetivaciones tecnosemioticas de los medios. Es que si debe contraefectuarlas es porque no las enfrenta desde afuera. Hasta el más activo militante que grita Clarín miente, lo hace desde una subjetividad sobre la que el mismo grupo Clarín (y el capital informacional) tiene la capacidad de incidir. Digamos, por ejemplo, que si Clarín miente, Ñ, enseña a criticar esa mentira y, al hacerlo, enseña a hacer tolerable el mundo en el que Clarín miente. Así que o somos sujetos de la mentira (sujetos TN, por ejemplo), o somos sujetos de la ilusión crítica (sujetos Ñ, por caso). Caricaturizo la complejidad de la situación para abreviar.

De diferentes maneras, cualquier lucha se desarrolla en un terreno trazado por los media. Por ello, hablar del financiamiento de la política sin hablar del financiamiento de los medios es una candorosa expresión de buena consciencia. La así llamada «política», asociada o no al complejo mediático-financiero, siempre tiene que medirse con los matones de la mafia comunicacional. Ahora bien ¿son impotentes los Estados reformistas frente a las corporaciones mediáticas? No. Lo demuestra la derogada ley de medios argentina. Los Estados sí son impotentes frente un Poder Judicial coludido con el monopolio mediático. Éste, el Poder Judicial, es hoy el mascarón de proa de un dispositivo paraestatal que junto a los servicios de inteligencia se articula en torno a la corporación del (si se me permite esta otra expresión) capital informacional integrado. De ser así, el problema de fondo del financiamiento de la política se podrá plantear sólo cuándo el capital comunicacional pueda ser regulado. Y esto ocurrirá, como lo demuestra la experiencia argentina, sólo cuando el poder judicial y los servicios de inteligencia puedan ser democratizados.

La conclusión parece poco prometedora, pero, por otra parte, el movimiento de mujeres ha mostrado y ha movilizado una dimensión de lo político que se mantenía oculta y latente. Esto responde, creo, a varios factores cuyo análisis completo se me escapa. Ahora bien, ¿cómo emular la experiencia de las mujeres y ampliar el campo de batalla político? Nada es claro en este sentido. Pero a mi juicio, entre todos los factores que confluyeron en el acontecimiento mujer, junto a la tenaz militancia feminista es necesario pensar lo que el mismo Estado kirchnerista, queriéndolo o no, dejó también como herencia de una experiencia que bien o mal, terminó politizándolo prácticamente todo. Aquí hay algo verdaderamente impensado en la sociedad argentina. Porque desde la militancia K, se lo piensa de arriba hacia abajo, se lo mitifica (a veces hasta la distorsión) con el paradójico efecto de oscurecer la percepción de sus propios e impensados logros: aquello que en el kirchnerismo fue más que kirchnerismo. Pero desde las izquierdas pensantes y deseantes (de las otras, ni hablar) también hay un esfuerzo por apropiarse (esfuerzo que valoro y comparto) de la potencia creativa de la calle, del abajo, de la militancia autónoma. El problema es que para hacerlo necesitan desconectar el abajo del arriba para que el segundo, creen, no se apropie del primero. Y al hacerlo, terminan fortaleciendo la imagen de lo político a la que se oponen y privándose de la posibilidad de pensar la novedad de la experiencia K también como un proceso de abajo hacia arriba. El tema es complejo, pero creo que es importante preguntarse cómo la sociedad argentina se dio a sí misma cierto fervor progresista. El flujo horizontal y ascendente de voluntades que en 2011 produjo el 54%, a tan sólo tres años del «no positivo» es, creo, una de las contingencias políticas argentinas peor entendidas. Es importantísimo que podamos ver las resonancias Calle-Estado. Pocas veces ocurren y, por ello, tienen una enorme importancia histórica. Porque ocurren sólo cuando el azar de lo político-estatal encontró en las vidas comunes un laboratorio de producción de deseos de formas de vida más libres y justas. Ver el kirchnerismo de los K y prohibirse ver el kirchnerismo cualquiera de los cualquiera — que fue el kirchnerismo que hizo a los K—, es un enorme error político. No por los K (poco importan las personas), sino por el pueblo que aún falta pero que fulgurantemente se anunció figurándose en ellos.

Hoy, gran parte de las mujeres integrantes de ese pueblo cualquiera acompañando a gran parte de sus hijas, están dándole cuerpo a buena parte del movimiento de mujeres. Esto nada tiene que ver con los K, sino con lo que a partir de ellos fue más de ellos. El efecto desborda sus causas. Hay intensidades colectivas, comunes, que desbordan las subjetivaciones coyunturales y que circulan por la sociedad impulsando líneas de fuga por donde filtrar otra realidad.

Esto importa muchísimo. Es imposible encarar la política sin aprender la lección de las mujeres. O se intenta capturar esa energía (apostando a explotarla hasta el agotamiento) o se aprende de ella y se reinventa la práctica política estatal-partidaria. De lo contrario, se extenderá alrededor nuestro el señorío vacío e interminable del cinismo y de la repetición sin fin.

Dicho esto, quisiera volver al «escándalo» de la obra pública. La verdad de la cloaca de los «cuadernos» no es la verdad de la información que se supone que ellos contienen. Porque los detritus que fluyen en ella son producidos por la descomunal factoría de mierda que hoy tiene en jaque a las democracias latinoamericanas: la mega mafia integrada por el poder paraestatal (judicial, ejecutivo y en menor medida, legislativo) y el capital informacional. No se puede separar la mierda informativa de la verdad de la corrupción que aparece narrada por los servicios de inteligencia si no se separa la mierda informativa de la verdad detrás de los cuadernos. Sólo se puede separar la mierda en los cuadernos separando la mierda detrás de ellos. Simplemente no se puede hacer uno sin otro porque dado su origen, todo, «arrepentimientos» incluidos, debe ser considerado presuntamente falso hasta que se demuestre lo contrario. Al menos desde un punto de vista periodístico. No porque no existe la corrupción en la obra pública cartelizada que es sinónimo de corrupción. Sino porque la investiga una justicia abiertamente corrupta, que opera con un gobierno abiertamente corrupto, que desarrolla políticas palmariamente corruptas, conducido por un empresario emblema de la corrupción, en un país que acumula presos políticos, en una región en dónde todos los expresidentes que intentaron «regular» al capital informacional están presos o están al borde de estarlo. Por eso son penosos (y algunos despreciables) los periodistas que no se horrorizan por la ominosa maquinaria paraestatal (conducida por corruptos explícitos) que está montando esta escena.

Por lo que es necesario volver al problema del poder judicial, es decir, hoy por hoy, al problema del verdugo de lo democrático. Hasta que no se democratice el poder judicial no hay forma de enfrentar al capital informacional y, por tanto, es muy difícil restablecer resonancias más potentes entre los fervores libertarios de las calles y los ocasionales gobiernos populares. El poder judicial se está convirtiendo en las Fuerzas Armadas del capital global en la región. Estos procesos de tutelaje judicial de la política, como ocurrió en Italia, concluyeron en una fascistizacion de la sociedad, multiplicaron la corrupción y le entregaron la suma del poder ¿a quién? A Berlusconi, encumbrado padrino del capital informacional, capo paroxístico de la corrupción estatal, propietario del Inter, abusador compulsivo y heredero conspicuo de la más rancia tradición mafiosa. Sin medios limpios, es imposible una justicia limpia. Y así, la política siempre estará amañada. Los pueblos pueden mucho. Pero no pueden todo. Reformular la(s) política(s) y los media son tareas convergentes. Pero sin dudas, hay que comenzar por democratizar el Poder Judicial.

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