Fidel pueblo

EDITORIAL

Por Adriana Gil

“Para pronunciar el nosotros, para completar la unidad,
habrá que contar con el otro, las luces y la oscuridad.”

Silvio Rodríguez

“Mi comandante”, “Nuestro padre”, “Eterno comandante”, así se suceden, interminables en las redes sociales, las dolientes, afectuosas formas con las que el pueblo cubano elige nombrar al histórico líder revolucionario y darle el último adiós. En esa pequeña isla, Fidel es pueblo y el pueblo es Fidel. “Si hoy soy un Ingeniero Químico, graduado de la CUJAE y especialista del Centro de Inmunología Molecular, que nadie tenga dudas, se lo debo en primer lugar a Fidel” se lee en el posteo de Alejandro Peñalver en el sitio online de Cubadebate. La escena de millones de cubanos llorando en las calles es tal vez, la más nítida y conmovedora expresión de un pueblo agradecido. Con sus luces y sus sombras, sus contradicciones y sus logros, Fidel, en su gesta revolucionaria, resignificó la dignidad de la nación y del pueblo cubano. Cuba le agradece a Fidel esa dignidad recuperada y sostenida, no sin dolor, no sin privaciones, no sin sacrificios ni sin dilemas: haberse mantenido de pie y enfrentado al mayor poder planetario del siglo XX.
Fidel ha sido ese líder que ha acompañado a un pueblo con una historia dolorosa de explotación y pobreza y jamás lo desamparó. Su cosmovisión lo puso en el camino de asegurar derechos esenciales para la condición humana: no permitir que nadie pasara hambre, que nadie pasara sus días viviendo en las calles, que todos tuvieran atención de salud, que todos aprendieran a leer y escribir, que el que quisiera tuviera acceso a la universidad. Lo hizo aun a pesar de un bloqueo criminal que buscaba causar dolor y que condicionó las vidas de generaciones enteras. De las naciones que apabullan con la defensa de las libertades civiles ¿cuántas podrían alardear de ser garantes de derechos humanos básicos? No son pocos los países del occidente blanco y civilizado, con Estados Unidos a la cabeza, que tienen a la mitad de su población viviendo en la pobreza, con gente durmiendo en las calles y comiendo de basurales, mientras refinan un sistema policial de represión que garantiza la muerte de los pobres, los negros y los excluidos. La concepción de libertad construida por el imaginario neoliberal que impera –la palabra sigue pertinente- en el orden mundial actual es la vieja noción de Hayek: la libertad que cuenta es aquella en la que “cada cual es libre de morirse de hambre”. Pues bien, en Cuba, la pequeña isla, se ha construido otro ideal: la libertad es sostenida por un profundo sentido de comunidad, cada cual es libre para fundirse en el cuidado recíproco del otro, en el no desamparo del otro, sea de adentro o de afuera. Los cubanos, llorando hombro con hombro en el recuerdo de su líder, son el testimonio de esa comunión agradecida.
Tal vez sea ese el mayor legado de Fidel y el que, aun con las incertezas del futuro, será transmitido por las venideras generaciones de isleños, como lo atestiguan las palabras conmovidas de un padre hablando de su hijo: “Tuve la dicha de que mi hijo, joven estudiante universitario, pudo acudir a la Plaza de la Revolución y ver a Fidel, como me escribió en un corto pero emotivo correo electrónico, en el que me decía: “Papá, fui a la Plaza y vi a Fidel, y firmé el libro de compromiso, por ti y por mí…”

Hasta la victoria, siempre.

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