Memoria, política y macrismo

Opinión

Memoria, política y macrismo.
La anemia y la anomia.

El gobierno de Mauricio Macri es la expresión de una clase social elitista. La vieja oligarquía que nunca perdió poder, mutó a empresarios agro-ganaderos, exportadores asociados a los CEOs de las multinacionales más emblemáticas del mundo. Esa ceocracia es la representación local del poder transnacional. Lo sintomático es que llegaron al gobierno vía voto popular.

Por Conrado Yasenza*

La sangre y la memoria

El país que ha derramado su sangre no se recupera con facilidad de la crónica pérdida de densidad histórica. Si se prefiere, la sangre que alimenta la vida se diluye en cada curva de la memoria. La anemia histórica es esa dificultad que nuestro país tiene para sedimentar una memoria que no sea un malentendido, un anacronismo, o la catástrofe producida por un mal ajeno, extraño, que viene de regiones extranjeras y lo ocupa todo. La idea de lo insoportable merodea en esa dificultad. La propia historia se vuelve insoportable, es esa sangre perenne pero anémica. El poder sabe de la potencia liberadora de la memoria, por eso la aísla de su dolor y peligrosidad, intenta dejarla atrás. Le quita dimensiones, o la dimensiona como ese malentendido doloroso, colmado de muerte. La evocación de esa sombra intenta explicarnos el dolor para dejarlo atrás, irresuelto, anémico. Ese es el poder de su evocación: La fragilidad de un tiempo que ha quedado en el olvido.

Sin embargo, ese olvido acosa. Vuelve. Entra en la historia como una memoria política y sale como otra. Osvaldo Soriano, a través del corpus de sus novelas iniciales, representó la salida del peronismo violento (La conversación con Horacio González iluminó esta idea) La militancia, la lucha de clases, la vía armada, el Perón del eterno retorno, culmina en una figura oscura y anodina como la de Ítalo Luder, y el mito en torno al cajón de Herminio (¿estaba muy equivocado en la idea de una UCR agonizante?) El olvido es un imposible que debe ser envuelto en algún recodo. La violencia, la muerte y el dolor, serán empaquetados para poder soportar el cansancio de esa sangre traicionada.

El menemato recogió el guante del fracaso radical y entró en la historia con patillas, la sombra de Facundo y el sueño de la revolución productiva. El poder, esa aristocracia fallida hecha con el coágulo de otras sangres ultrajadas, posó su pata sobre la debilidad de una identidad tan intensa como maleable, y el peronismo de la patria recuperada fugó hacia adelante por la vía del anacronismo. Otra vez, la memoria política del dolor y el daño encausado por la teleología de lo soportable. El camino de la emancipación se parece tanto a aquel sendero que se bifurca pero que siempre se orienta hacia el credo del ordenamiento social, es decir, la religión del poder.

La anomia fue la respuesta en el desasosiego. La deconstrucción inevitable de una modernidad de grandes relatos. El olvido, de nuevo. Presencia ausente, esquiva, como la sombra de un tigre en camino al redil. El estallido y el fragmento produjeron un relato novedoso y mínimo. La unidad mínima del relato. La omnipresencia de la partícula, de la individualidad elemental. El terreno ideal, la arena esencial para el capitalismo en su versión antropofágica: La globalización como una entidad totalizadora. Los unos consumiendo a los otros, y todos consumidos por la negación del otro. La anomia, entonces, como forma organizacional basada en la desmemoria. Otro fantasma acechando, creciendo: El odio de clase, el odio inter-clases.

Sólo los desamparados, los odiados, los reprimidos, los desaparecidos, los militantes decididos a llenar de memoria el inconsciente, los asesinados-resucitados y vueltos a asesinar, los rebeldes en esperanza (lejos ya del utopismo de Moro) organizaron la primera resistencia al neoliberalismo

Salto hacia el presente

“Raros tiempos de felicidad estos, en los que se puede pensar lo que se quiere y decir lo que se piensa”. Una cita plasmada para siempre en la gaceta que no sintió angustia por liberarse del dominio colonial/imperial español. Una frase traída desde aquel complejo boletín oficial que narró con prosa inflamada la primera victoria rebelde, en Suipacha, hacia los políticamente densos y complejos años del Kirchnerismo. Una aproximación heterodoxa al materialismo histórico, inacabada, peronista en su concepción de recuperación del rol del Estado en la vida social y económica del país. La intención de imprimir, desde la anómala irrupción kirchnerista, una concepción de la vida material y del proceso social y político que no fraguó (ni estuvo en sus intenciones) en momento revolucionario pero que sí retomó cierta idea de ese ser social que determina su conciencia. El riguroso politólogo recriminará la idea de acercamiento al materialismo histórico. Está bien; el keynesianismo capitalista será también cuestionado.

La realidad en sentido fuerte indica que los años kirchneristas religaron la dirección territorial de la memoria, ese paisaje que torna en historia al ordenar el universo simbólico y sensorial para darle sentido actual a la experiencia colectiva de la sociedad. Esa es la pesada herencia que el kirchnerismo ha dejado. Compleja, torva, inconclusa. Herencia que refuta las memorias accidentales o anacrónicas. Herencia que interpela, molesta, incomoda. Derechos recuperados y ampliados. Lenguaje que reinició una conversación social talada. La lengua de la tensión y el conflicto como dinamizador de la conciencia colectiva. Grieta vista desde el poder de la bosta y la estancia. Una insoportable anomalía peronista que le devolvió la plaza a las patas en la fuente. Lengua diversa y en conflicto aún latente. Ni una menos, con vida nos queremos junto a la obturación del acceso al aborto gratuito y seguro. Paritarias y mesa de diálogo social para evitar el estallido en momentos en que las crisis económica arreciaba. De Bergoglio y la ruptura de la mesa del diálogo inaugurado en tiempos de Duhalde, al Papa Peronista que oficia de conciliador en casi todos los conflictos locales. El núcleo de decisiones duras del kirchnerismo aceptó el poder de una teología con más de 2000 años de historia. Comprendió lo que Mauricio Macri desconoció por ignorancia y superficialidad: El Papa no es sólo un Jefe de Estado, y el episcopado local existe. Con él se negocia.

Del tiempo recobrado al tiempo a perder

El gobierno de Mauricio Macri es la expresión de una clase social. Hay que ser claros, es un gobierno de clase, profundamente elitista. La vieja oligarquía que nunca perdió poder, es la clase que mutó a empresarios agro-ganaderos, exportadores asociados a los CEOs de las multinacionales más emblemáticas del mundo. Esa ceocracia es la representación local del poder transnacional. Lo sintomático es que llegaron al gobierno vía voto popular. El presidente es uno de ellos, es una parte de esa sangre. Es el linaje patricio unido a la inmigración europea del siglo XX. Es Blanco Villegas en mezcla con Macri, el inmigrante italiano devenido empresario.

El voto popular, entretenido con la corrupción K y la inseguridad del pibe chorro, depositó esa sangre en el poder. Digresión, y no tanto: El macrismo cultural, como dice Horacio González, propone la salida del peronismo vía corrupción kirchenrista, representada en la película El ciudadano ilustre.

Esa sangre es vampírica. Necesita de la anemia del pueblo para poder desarrollarse, para dar continuidad histórica a ese sedimento rojo y oscuro. El mal, investido de nuevos bríos desde el hierro popular, ha construido una teleologización de la memoria que sostiene que los males que sufre el país ya no vienen de afuera, o no completamente, sino que tienen residencia local, y un nombre que conjuga la suma absoluta de la maldad: El Kirchnerismo.

Amparados en la construcción del nuevo Monstruo, el poder de clase, el poder elitista que gobierna el país desde el odio y el rencor, produjo en 10 meses un cambio feroz en la redistribución de ingresos que aumentó la rentabilidad de los empresarios en detrimento de los sectores asalariados, y puso nuevamente en vigencia el paradigma fatal del endeudamiento en dólares. La lógica capitalista de inversión y consumo desplegada por el kirchenrismo, fue barrida y suplantada por el régimen ceocrático por la fórmula inversión o consumo.

Este es el presente que nos agobia. El de esa clase para la cual la memoria popular es insoportable. Es también, esa memoria consumiendo el slogan que licúa el torrente nutricio de la vida social y colectiva, para dar paso al odio de clase que ve en el otro un posible enemigo/asesino. Es, como lo expresa Esteban Rodríguez Alzueta, el presente de la vecinocracia, sustitución vía marketing del concepto de ciudadano, comunidad o pueblo. Un vecino es un consumidor asustado por el acecho de quienes fueron consumidos por el capitalismo.

Estamos en el interregno de la anomia. La maleza es cortada por los antiguos moradores del jardín. Son los jardineros del poder quienes desean que esa memoria política no se transforme en conciencia colectiva. Son los jardineros que desmalezan y esperan su turno para ser consagrados por el poder del capital: Un sistema profundamente desigual que ni siquiera iguala en la muerte.

*Periodista. Docente en UNDAV. Director de la revista digital La Tecla Eñe.

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